Elogio de lo imperfecto

por MaríaVázquez

Perfacio, -i, -ere, perfeci, perfactum: Verbo latino que significa “terminar de hacer”. Y del que de su forma de participio deriva nuestra palabra “perfecto” o, lo que es lo mismo, “totalmente acabado”.

La perfección, atendiendo a su etimología pero también al significado que se le ha aplicado a lo largo del tiempo, indica que nada puede ser añadido a lo que se ha hecho porque desequilibraría el conjunto. El arte ha buscado en la perfección su razón de ser, el objetivo final de su trabajo y de ese modo se ha convertido en la base de la ordenación académica de las Bellas Artes: encontrar la forma perfecta, la proporción perfecta, la línea perfecta, la perspectiva perfecta, la técnica perfecta para poder realizar la obra perfecta…

¿Y qué pasaría una vez alcanzada esa perfección? ¿La repetición ad infinitum de las normas aplicadas? ¿Un modelo que se repite de forma monótona puede considerarse perfecto? Por fortuna, la Historia del Arte está llena de ejemplos de cómo la supuesta perfección alcanzada en un determinado período viene sucedida de otros en los que se exploran nuevos caminos expresivos que den sentido a la obra de arte y a su relación con el artísta y el espectador. Al periodo clásico griego siguió el helenístico, en donde la contención y mesura anterior dio paso a la expresividad y al eclecticismo:

El Renacimiento, entendido como periodo artístico, supuso la cima de esa perfección que habían estado buscando los artistas desde el periodo clásico y que se había disipado completamente tras la caída de Imperio Romano. Y dentro del Renacimiento, la figura de Rafael Sanzio supuso la culminación de esa búsqueda. Rafael significa para el arte académico el límite que ya no se puede traspasar sin caer en el amaneramiento o en la deformación:

De hecho, el periodo inmediatamente posterior al Alto Renacimiento se denomina Manierismo, indicando así la tendencia al exceso (que llegará a su máximo nivel en el Barroco) que le caracteriza, como puede verse en las obras de Pontormo, con sus colores brillantes, o en la de El Greco (alumno que fue de otro gran pintor manierista, el Parmigianino), en donde la deformación cobra gran protagonismo:

Durante el periodo barroco hubo una serie de artistas que investigaron acerca de la representación de la realidad para hacerla menos perfecta pero más ajustada. Velázquez, Rembrandt o Franz Hals utilizaron la técnica del boceto (es decir, con pinceladas sueltas y cortas, sin un acabado definido) para intentar transmitir la sensación de inmediatez a través del color y de la luz:

Una de las consecuencias de este acabado “imperfecto” es la inmediata atracción que siente la vista por las imágenes hechas de este modo. La razón es muy sencilla: nuestro cerebro tiende a completar elementos que aparecen fragmentarios en un imagen hasta representar mentalmente un objeto conocido. Es lo que se denomina “principio de clausura” o de “completación de la figura”. Así, cuando vemos algo incompleto, nuestro cerebro rellena las posibles lagunas y nuestra atención se centra más en el objeto.

De esto último podría deducirse que la imperfección es bella, que nos atrae, que nos produce una cercanía mayor que la perfección fría e inalcanzable. ¿Será por eso que Ingres siempre resulta mucho más fascinante que su maestro David?:

El espectacular dominio que Ingres tenía de la técnica no le impidió representar sus figuras con una anatomía absolutamente deformada que, sin embargo, resulta tremendamente cercana y real.

La imperfección, si es que puede llamarse así, nos resulta más cercana por su dinamismo. Aquello completamente terminado, aquello “perfecto” resulta perceptivamente inamovible e inmutable. Un cuadro de Ingres o uno de cualquiera de los pintores impresionistas (que retomaron la técnica del boceto ya ensayada en el Barroco para intentar reflejar la luz en un instante) nos presenta una realidad mutable y nueva con cada visión. Somos nosotros los que completamos el volante del vestido, la hoja del árbol, el rayo de sol sobre la tierra del camino. El siglo XIX fue la puerta a todas esas investigaciones de vanguardia que permitieron que el arte evolucionara de manera vertiginosa en pocos años.

Dijo Salvador Dalí en una ocasión: “Jamás temas a la perfección. Nunca la alcanzarás”. Los artistas del siglo XIX se liberaron del miedo a no alcanzar lo perfecto haciendo elogio de su prima pobre, la imperfección. Fue una apuesta arriesgada que encontró el rechazo de muchos sectores, sobre todo académicos. Pero ellos, como nosotros, sabían lo que conmueven los primeros pasos de un niño y el impulso que surge en nosotros de ayudarle a caminar. Del mismo modo, el espectador se inclina sobre la obra para intentar comprenderla y completarla, rehacerla mentalmente hasta que adopta una forma identificable y entonces, admirarla.

La voz más perfecta no es la que mejor transmite el mensaje. ¿Cuál es el mejor “te quiero”? ¿Aquel que llega sin problemas perfectamente modulado a la última fila del patio de butacas? ¿O acaso es el que se quiebra con la emoción cuando es susurrado al oído?

Cada quien que escoja el suyo.