El Ojo En El Cielo

Blog de arte. Reflexiones sobre arte, diseño y comunicación.PREMIO SETDART AL MEJOR BLOG DE ARTE 2019

Etiqueta: Galicia

Un día cualquiera

Éste vaise i aquél vaise,
e todos, todos se van.
Galicia, sin homes quedas
que te poidan traballar.
Tes, en cambio, orfos e orfas
e campos de soledad,
e nais que non teñen fillos
e fillos que non tén pais.
E tes corazóns que sufren 
longas ausencias mortás,
viudas de vivos e mortos
que ninguén consolará.

Rosalía de Castro (1837-1885) – ¡Pra a Habana!

Galicia es emigración. A principios del siglo XX era un país cuya economía estaba basada en la agricultura, la ganadería y la pesca, alejado de los centros de producción, con media docena de ciudades y miles de aldeas, aislado por una ausencia sangrante de comunicaciones. La Galicia atlántica tenía cierta apertura al mundo a través de sus puertos, pero la del interior, la de las planicies sumergidas en niebla y hielo y la de las montañas frías y solitarias, solo podía mirarse a si misma, abrazar su pobreza y soñar que había algo más allá de aquella tierra y aquella hambre. Y ambas, la Galicia de la costa y la del interior, tuvieron que salir de sí mismas para intentar sobrevivir. Las familias quedaron rotas por la ausencia de uno de sus miembros, por lo general el padre, que salía para Cuba, México, Argentina, Uruguay, Nueva York, Nueva Jersey (a finales del siglo XIX y principios del XX) o a Francia, Suiza, Alemania, Holanda o Inglaterra (desde 1950 aproximadamente). Las cartas eran el único medio de saber unos de otros. Con ellas partían las noticias desde el pueblo y llegaban los regalos de aquellos que se habían ido a buscar una vida mejor.

Soutelo de Montes es una aldea del interior de Galicia que aún hoy en día no llega a los 500 habitantes. Muchos de sus habitantes tuvieron que salir de allí para buscar un futuro mejor sobre todo en los duros años de la postguerra. Una de esas personas que salió de allí fue un joven, casi un niño, de 16 años, que se llamaba Virgilio Vieitez. El padre de Virgilio, al que él nunca llegó a conocer, también había emigrado a Estados Unidos y después había probado suerte en Francia y las opciones del joven se presentaban similares si quería salir de la pobreza. Tuvo suerte porque encontró trabajo en las obras del nuevo aeropuerto de Santiago de Compostela. Era el año 1946.

Virgilio Vietiez (1930-2008) aprendió el oficio de peón de la construcción. Dos años después de haber dejado su pueblo se trasladó rumbo al Pirineo aragonés para seguir trabajando en la construcción del teleférico de Panticosa. Allí su vida cambió de un modo que no se imaginaría. Dejó de ser peón de construcción y se hizo mecánico. Y se fue a la boyante Cataluña a probar suerte. Y la suerte le probó a él poniendo en sus manos una Kodak de cajón, de formato 6×9, haciéndole descubrir la fotografía. Se había establecido en Gerona, en Palamós, y allí comenzó a trabajar de ayudante de un fotógrafo local, Julio Pallí, tomando imágenes de recuerdo a los turistas que abundaban en la Costa Brava e incluso haciendo alguna colaboración para el diario La Vanguardia.

Los años que Virgilio pasó en Cataluña le pusieron en contacto con la fotografía y decidió que ese sería su oficio. Pero en 1955 tuvo que volver a Soutelo de Montes porque su madre se encontraba enferma. Virgilio volvió a casa y ya no abandonó su pueblo: hizo el servicio militar, se casó, tuvo tres hijos y abrió su propio estudio de fotografía. ¿Qué trabajo podía tener un fotógrafo profesional en una pequeña aldea del interior de Galicia que contaba con unos pocos cientos de vecinos? En contra de lo que pueda parecer, bastante. Desde los años 60 fue obligatorio adjuntar una fotografía al Documento Nacional de Identidad y al Libro de Familia. Virgilio Vieitez se dedicó a hacer esas fotos para sus vecinos y para los habitantes de los pueblos vecinos. Como no le gustaba la luz ni los matices de las imágenes que tomaba dentro de su estudio, mandaba posar a sus modelos en el exterior, contra una pared blanca o una sábana tendida. De ese modo, los días grises de Galicia adquirían una luminosidad especial.

La imagen muestra una fotografía de un niño de unos 10 años, muy rubio, que mira con aire entre pícaro y tímido al fotógrafo. Pulse para ampliar.

Virgilio Vietez – Niño del pueblo (c.1960)

 

La imagen muestra a un grupo de 7 personas delante de una sábana blanca tendida entre el muro de una casa y un vallado. De pie están una muejer mayor y un matrimonio más joven. Sentados en un banco delante de ellos, cuatro niños. Pulse para ampliar.

Virxilio Vieitez – Foto de familia (c. 1961)

 

La imagen muestra un retrato en plano medio de un hombre sobre una pared blanca. Va vestido con una chaqueta muy raída y remendada y lleva una bufanda cruzada sobre el pecho. Pulse para ampliar.

Virgilio Vieitez – Alfonso el portugués. Cerdedo (c.1961)

 

También había otras fotografías que hacer en aquel pequeño mundo perdido: las de las bodas, de los bautizos, de las primeras comuniones… Las ceremonias que marcaban el ciclo de la vida y que terminaban con  la muerte.

La imagen muestra a un niño con uniforme para la primera comunión, todo de blanco, con guantes y un pequeño misal en las manos. Posa delante de un campo de cereal. Pulse para ampliar.

Virgilio Vieitez – Fotografía de primera comunión (1961)

La imagen muestra a una joven vestida de novia en un balcón de piedra, que sólo es la plataforma, sin ningún tipo de pretil. Está fotografiada desde abajo. Pulse para ampliar.

Virgilio Vieitez – Fotografía de boda (c. 1962)

 

La imagen muestra un grupo familiar de 15 personas alrededor de una mesa cubierta con un mantel de plástico de cuadros sobre los que se dispone una cafetera, vasos y tazas. Todos miran hacia la cámara y una niña pequeña que está de pie en el lado derecho de la foto abre la falda de su vestido para que se vea bien. Pulse para ampliar.

Virgilio Vieitez – Celebración de familia (bautizo). 1955.

La imagen muestra un ataúd en primer plano y rodeándolo por detrás un grupo de personas. Están abrigadas, llueve (se ven algunos paraguas). En uno de los extremos del ataúd se ve a una mujer joven de pie, compungida, sosteniendo una corona de flores. Pulse para ampliar.

Virgilio Vieitez – El entierro (1960)

Las fotografías de Vieitez no eran sólo recordatorios de los acontecimientos importantes de las vidas de aquellas gentes. Eran pruebas de vida y de muerte que se metían en los sobres franqueados que viajaban hasta el otro lado del mundo con las cartas (manuscritas probablemente por un amigo, por el maestro de escuela o por uno de los niños de la familia que sabía leer y escribir) que llevaban el recuerdo de Galicia a los que habían tenido que emigrar. Los niños nacían, crecían, iban al baile cuando se hacían mozos, se casaban, tenían hijos y así la vida pasaba, y llegaba la muerte. La fotografía era el modo de dejar constancia de todo aquello y de que los rostros, incluso los de los difuntos, no se borraran de la memoria de los que se habían marchado.

La imagen muestra a una mujer mayor, vestida completamente de negro, sentada en una silla a la puerta de su casa. A su lado hay otra silla sobre la que apoya una gran radio. la mujer pasa su brazo por el respaldo de la silla donde está la radio con gesto a medio camino entre orgulloso y protector. pulse para ampliar.

Virgilio Vieitez – Una vecina con su radio (1958). La fotografía era para enviársela a su hijo y enseñarle la radio que se había comprado con el dinero que le había enviado.

 

Con las fotografías también se agradecían los regalos que venían de las Américas como gotas de riqueza lejana. Esas modestas riquezas que llegaban al pueblo desde la emigración encontraban reflejo en las imágenes de Vieitez en forma de radio, motocicleta,  coche…

nino-al-volante-de-un-coche-1958

Virgilio Vieitez – Niño al volante de un coche (1958). Los coches de los indianos eran conocidos como «haigas» y eran uno de los elementos favoritos para hacerse una foto con ellos.

El estudio fotográfico de Vieitez fue viento en popa durante los años 60. Incluso se compró un coche para poder trabajar por todas las aldeas de la comarca. Tenía reportajes de boda todos los días de la semana… salvo los martes, por aquello de que ese no era día ni para matrimoniar ni para embarcar y la superstición era demasiado fuerte para desafiarla. Pero además de estos acontecimientos, las fotografías de Vieitez nos hablan de la vida cotidiana. De las labores duras del campo, del asueto de los domingos a la salida de misa, de la alegría de una tarde en el río, de la seriedad de los niños que han aprendido a posar como los adultos, de la pose un tanto cansada de los cómicos que actuaban los días de fiesta… La cámara de Vieitez estaba siempre ahí para retratar su pequeño mundo. Un mundo pobre, pero que rezumaba honestidad, dignidad e inocencia en cada uno de sus gestos.

La imagen muestra a cinco chicas jóvenes, con vestidos de telas estampadas posando delante de un coche grande. Pulse para ampliar.

Virgilio Vieitez – Día de fiesta (c. 1961)

La imagen muestra a cuatro chicas jóvenes, tres en bañador y otra con vestido que están metidas en el agua del río, que les llega hasta la rodilla. Ríen y juegan entre ellas. Pulse para ampliar.

Virgilio Vieitez – Chicas en el río (Cerdedo). 1961.

La imagen muestra a un niño muy pequeño, de unos cuatro años. Está de pie, vestido con pantalones cortos y jersey. Está muy serio y repelando, con las manos en los bolsillos como si fuera una persona mayor. Pulse para ampliar.

Virgilio Vieitez – Niño (1955)

La imagen muestra a un grupo de siete personas. Están en sobre un escenario cubierto por una arpillera. De pie están un hombre maquillado como un payaso, un hombre joven, una mujer con vestido de volantes y una flor en el pelo, una niña pequeña y otro chico joven. Sentada sobre el escenario una mujer con una niña pequeña dormida en su regazo. Pulse para ampliar.

Virgilio Vieitez – Cómicos (c. 1961)

Las fotografías de Vieitez son un perfecto ejemplo de realismo social y de estudio antropológico pero hechas desde una perspectiva de humildad y afecto. Vieitez reflejó Galicia en la segunda mitad del siglo XX desde dentro, poniéndose siempre a la altura de sus modelos, nunca juzgándolos ni sintiéndose superior a ellos, sino compartiendo su existencia, sus alegrías y sus tristezas con el sentimiento de alguien que vive su misma vida. Muchas de sus composiciones  tienen la contundencia de los cuadros del Realismo pictórico y es fácil adivinar la dignidad emocionante de los campesinos de Millet en sus labriegas que ocupan todo el encuadre; el estudio acerado de las actitudes de las personas en un entierro como si el propio Courbet hubiese asistido al sepelio; la tristeza y el cansancio de los saltimbanquis de Daumier en los cómicos harapientos que actuaban en las aldeas. La mayoría de los protagonistas de las fotografías de Vieitez posan para ellas pero eso no les resta un ápice de naturalidad. Ni de dignidad, a pesar de que su chaqueta esté tan raída como la del portugués de Cerdedo. Vieitez se cuidaba muy mucho de exponer la miseria de sus retratados y escondía pies descalzos o pantalones rotos cuando el modelo no tenía ropa de fiesta para posar en la foto. Quizá ese el es motivo por el que logra transformar en un fragmento de luz y de vida pequeños gestos como el de proteger con mimo una radio, el de fingir conducir un coche, el de chapotear en las frías aguas de un rio o el del orgullo por posar ante un gran coche de las muchachas con vestidos idénticos salidos, probablemente, del mismo retal de tela.

A Vieitez le gustaba trabajar en blanco y negro. De hecho, en los años 70, con el auge del color apenas realizó reportajes. Fue en 1998, ya retirado, cuando sus placas y negativos fueron descubiertos por su hija (heredera de su negocio) metidos en latas. Y, afortunadamente para nosotros, decidió difundir su obra. Las fotografías de Virgilio Vieitez cuelgan hoy en los museos de arte contemporáneo y en galerías de arte y son consideradas obras maestras por su técnica, su composición y su contenido.

Virgilio Vieitez nos enseñó, con sus fotografías, de donde venimos, de qué estamos hechos, para así poder saber quienes somos, a dónde hemos llegado y qué somos capaces de hacer con sólo proponérnoslo. Y lo hizo viviendo en lo más profundo de la Galicia interior, mostrando con la dignidad de su mirada un día cualquiera en la vida de los vecinos de su aldea.

Viaje al confín de la Tierra

Cottonwood State Farm es una pequeña ciudad en medio de la llanura del sur de Nebraska (Estados Unidos) que a principios del siglo XX contaba con casi 6.000 habitantes, varias fábricas, una escuela de Magisterio y unos cuantos establecimientos de fotografía, uno de ellos propiedad de un hombre amable y con gran sentido del humor llamado Alfred Anderson.

Anderson y su mujer Alma regentaban el Estudio Fotográfico Anderson: Alfred se dedicaba a la técnica y Alma llevaba la contabilidad del negocio y, de vez en cuando, ayudaba a su marido retocando alguna fotografía. En este ambiente nacieron y crecieron sus tres hijas: Ruth, Miriam y Elizabeth, chicas de fuerte carácter, de gran talento y de espíritu independiente, como buenas habitantes de la frontera. Quizá esa personalidad estaba más desarrollada en la mayor de ellas, Ruth Mathilda (1893-1983) que con 18 años se trasladó a Lincoln, la capital de estado, para obtener el título de maestra, aunque no hay constancia de que llegara a ejercer como tal alguna vez.

Y es que la fotografía fascinaba a Ruth desde niña, algo lógico si se piensa que para ella un cuarto oscuro no era un lugar de castigo y terror sino la cueva donde se escondían preciosos tesoros por revelar. Así que en 1918 decidió hacer el largo y pesado viaje a Nueva York para estudiar fotografía con Clarence H. White. White era fundador, junto con Alfred Stieglitz, de Photo Secession (editora de la revista de fotografía Camera Work, la publicación más vanguardista de la época) y por su escuela de fotografía pasaban cientos de alumnos deseosos de aprender la técnica fotográfica y todo aquello que convertía a una simple fotografía en una obra de arte (las asignaturas que se impartían eran Fotografía Artística, Diseño y Crítica Artística). Pero no sólo eso: White animaba a que las mujeres se dedicaran a la fotografía para que luego ésta se convirtiese en su trabajo profesional. Y allí recaló Ruth Mathilda, con todo el empuje y el entusiasmo que se había traído en la maleta desde el sur de Nebraska.

Pocos años antes de la llegada de Ruth a Nueva York, un industrial millonario y mecenas de las artes llamado Archer Milton Huntington había fundado la Hispanic Society con el objetivo de profundizar en el conocimiento de la cultura española y proceder a su conservación y divulgación. Además del museo que albergaba importantes colecciones, tanto de pintura y escultura como de joyería, grabados, trajes tradicionales o cerámica, la Hispanic Society encargaba trabajos de investigación sobre aspectos etnográficos de la realidad española: costumbres, oficios, paisajes, vestimenta, etc. Huntington estaba convencido del potencial de las mujeres para la captación de detalles en este tipo de investigaciones (del mismo modo que, décadas después, el antropólogo Louis B. Leaky animaría a Jane Goddall, Diane Fossey y Birute Galdikas con sus trabajos sobre los grandes primates), así que no dudó en contratar para su fundación a tres fotógrafas, las tres ex alumnas de la escuela de White: Alice Atkinson, Frances Spalding y Ruth Mathilda Anderson.

El empuje de Ruth debió de ser determinante para que, a pesar de su poca experiencia como fotógrafa profesional, recibiera el encargo, en 1923, de documentar los trajes típicos y otros elementos de la cultura de Galicia. Sin saber muy bien qué se podía encontrar, Ruth embarcó hacia España acompañada por su padre Alfred para mirar a través de su cámara el lugar al que los romanos habían dado en llamar el confín de la tierra.

Ruth Mathilda Anderson - Carretando Naranjas para el mercado de Lugo (1925) - La fotografía, en blanco y negro, muestra un carro tirado por dos bueyes. Sobre el carro se aprecian varios sacos de arpillera de gran tamaño llenos de naranjas y sobre él van dos hombres jóvenes de pie y uno sentado que miran a la cámara y sonríen. Pulse para ampliar.

Ruth Mathilda Anderson – Carretando Naranjas para el mercado de Lugo (1925)

El viaje no fue nada fácil. No sólo por las casi nulas comunicaciones de la zona, sino porque padre e hija se topaban con la desconfianza de los paisanos ante aquellos dos extranjeros, altos y rubicundos, cargados de cachivaches extraños que se empeñaban en fotografiar cosas aparentemente sin importancia. El propio Alfred, en sus diarios, cuenta (con innegable humor) las dificultades que encontraban a cada paso:

El otro día fuimos a la policía y conseguimos un permiso válido para toda la provincia, ya que un guardia civil en Castro Caldelas [Ourense] nos dijo que éramos un poco anormales y que por eso deberíamos tener un permiso (Diario de Alfred Anderson, 1925)

Padre e hija formaron un equipo perfecto: Ruth documentaba la investigación que le había encomendado la Hispanic Society y Alfred documentaba a su hija realizándolo:

Alfred Anderson - Ruth M. Anderson cargando la cámara estereoscópica en Pontevedra (1925) - La fotografía muestra a Ruth sentada en un banco de piedra pegado a un muro, vestida con un traje de chaqueta y con un sombrero, cargando la cámara con un carrete. Tiene la cabeza baja y está como absorta en la operación. Pulse para ampliar.

Alfred Anderson – Ruth M. Anderson cargando la cámara estereoscópica en Pontevedra (1925)

Ambos recorrieron Galicia, descubriendo cosas y paisajes fascinantes y asombrándose de la dureza y pobreza de sus gentes:

Ruth M. Anderson - La pequeña lechera de Noia (1924) - La fotografía muestra una niña de unos cinco años, vestida muy pobremente y descalza que lleva en su mano derecha una sella o recipiente de metal para acarrear leche. Pulse para ampliar.

Ruth M. Anderson – La pequeña lechera (1924)

Tuvieron que vencer la reticencia de aquellos con los que se relacionaban: Estuve hablando con la señora del hotel, cuenta Ruth en sus anotaciones a su llegada a Tui (Pontevedra), que me tiró de la lengua y sabe que tengo treinta años y que no estoy casada. Me mira con mucha atención como si fuese un objeto extraño pero a la vez interesante. Pero también tuvieron que soportar la dura climatología del país, tal y como cuenta Alfred en su diario: […] Aquí tienes todo el inventario de lo que llevo encima: 1º la ropa interior de invierno; 2º una camiseta fina de lana; 3º una camiseta blanca; 4º un chaleco de lana gris (de calceta); 5º mi traje escocés de lana mezclada; 6º la chaqueta de ante (debajo de la chaqueta de mezcla); 7º mi abrigo; 8º un par de calcetines de algodón; 9º un par de calcetines de lana (Alfred Anderson, Diarios: 24 de diciembre de 1924 – Lugo).

A ello se añadían las dificultades para revelar los negativos y conservar el material. Ruth fotografiaba en color los trajes típicos para que se pudiesen apreciar los detalles con mayor claridad, pero debía enviar las placas a Nueva York para ser procesadas. Las fotografías en blanco y negro las revelaba con ayuda de Alfred en los lugares más inverosímiles: en armarios, gallineros, almacenes… Su maestro Clarence White, gran admirador y reivindicador de la figura de Julia Margaret Cameron, habría estado orgulloso de la inventiva y de los recursos de su antigua alumna.

Ruth M. Anderson - Gaiteiros (1925) La fotografía muestra dos hombres vestidos con el traje típico gallego: calzon, polainas y botas, camisa, refajo y chaqueta y gorro de dos picos con borlas. Uno de ellos lleva un pequeño tambor y otro una gaita. Pulse para ampliar.

Ruth M. Anderson – Gaiteiros (1925)

El trabajo de Ruth fue inmediatamente reconocido por la Hispanic Society como espléndido. Tanto que, al año siguiente, le encargaron otro similar en Extremadura, esta vez acompañada de su antigua compañera en la escuela de fotografía Frances Spalding. Esta vez Ruth estuvo más orientada a la documentación de los vestidos y sus fotografías no reflejan tantos momentos cotidianos como las de su viaje a Galicia. La extraña pareja estaba compuesta ahora por dos mujeres a bordo de un Ford de segunda mano modificado para poder trasladar el equipo fotográfico. En 1948, también acompañada por Spalding, realizó su último viaje a España, aunque no dejó de fotografiar.

La Hispanic Society guarda un fondo de más de 6.000 fotografías de Ruth M. Anderson. Todas ellas de innegable calidad y valor tanto a nivel documental como a nivel artístico. Obsesionada por la composición, Ruth intentaba que sus imágenes reflejasen al mismo tiempo una realidad documental y tuvieran calidad artística. Se preocupaba de que la luz creara atmósferas descriptivas que no enmascararan los detalles. Ver su obra es sinónimo de admiración ante el arrojo de una mujer que no se lo pensó dos veces e hizo la maleta rumbo al lugar donde el mundo se termina para que todos pudiésemos admirar su belleza salvaje.

Alfred Anderson - Retrato de Ruth M. Anderson en Galicia (1926) la imagen muestra a Ruth sentada a una mesa en una especie de balcón. Al fondo se aprecia una construcción de piedra (probablemente la torre de una iglesia). Está revisando unas notas y mira a la cámara. A pesar de que lleva sombrero, se puede apreciar su rostro redondo y rubicundo, sus ojos claros y la sonrisa que esboza. Pulse para ampliar.

Alfred Anderson – Retrato de Ruth M. Anderson (1926)

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