El Ojo En El Cielo

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Etiqueta: Idios kosmos

El hijo del sastre y la niña del cementerio

Los que están despiertos tienen un mundo común, pero los que duermen se vuelven cada uno a su mundo particular.

Heráclito de Éfeso (Filósofo griego, 535-475 a.C.)

Imágenes de luz fragmentada que bailan ante mi como un millón de ojos me llaman sin cesar desde el otro lado del universo.

John Lennon y Paul MacCartney – “Across the Universe” (1968)

La imágenes de los sueños son las únicas que “vemos” pero no son captadas por ninguno de nuestros sentidos. El cerebro las crea y a través de ellas conocemos universos propios que, muchas veces, no entendemos aunque estén repletos de objetos y escenarios familiares. La materia de la que están hechos nuestros sueños, a veces tan vívidos que son más reales que nuestro despertar, ha sido desde siempre uno de los objetos de reflexión del ser humano en la filosofía, la literatura, el arte y la medicina. Filósofos como Heráclito de Éfeso sostenían que los sueños constituían un universo aparte, un mundo particular cuya puerta se abría cuando los ojos se cerraban y que no podía ser compartido con nadie más. A eso le llamó “idios kosmos”, el universo propio. Cuando abrímos los ojos el mundo que se ofrece ante ellos es el compartido con el resto de los seres humanos. Ése era el “koinos cosmos” o universo común.

El arte y la literatura son artes privilegiadas que pueden escoger en qué universo vivir y moverse. Pueden optar por representar y describir el mundo que nos rodea y que percibimos a través de los sentidos o plasmar esa dimensión propia a la que nadie puede acceder. Este concepto de realidad que se superpone a la realidad ya existente es la base de vanguardias pictóricas como el Simbolismo, la Scuola Metafisica italiana o el Surrealismo. Estos movimientos artísticos, sobre todo los dos últimos, exploraban las reflexiones que producían la yuxtaposición de objetos cotidianos fuera de su entorno habitual, tal y como aparecen en los sueños. Si esos elementos perdían su esencia al ser arrebatados del marco en el que existían normalmente o si, por el contrario, generaban mundos nuevos y posibles en los que sumergir nuestros ojos y nuestra mente.

René-François-Ghislain Magritte (1898-1967) fue uno de esos artistas que exploró el mundo de las apariencias para dejarnos pensativos ante cada una de sus obras. Nacido en la localidad belga de Lessines, hijo de un sastre y una modista y el mayor de tres hermanos, su infancia transcurrió tranquila y sin más sobresaltos hasta que en 1912 su madre se suicidó arrojándose al río Sambre. A partir de ese momento, la vida de los hermanos Magritte se caracterizó por el alejamiento de su padre y la educación de los niños por parte de criadas y gobernantas que debían aguantar las bromas pesadas de René. A veces su padre les enviaba a Soignes, a casa de su abuela, a pasar el verano. Allí fue donde René descubrió que la pintura le producía una emoción especial. Había empezado a pintar y a hacer manualidades con apenas 12 años, pero nunca se lo había tomado en serio. Mientras veraneaba en casa de su abuela conoció a una niña con la que se pasaba los días jugando y explorando el hermoso bosque de los alrededores del pueblo y las criptas del cementerio. En la alameda del lugar se cruzaban siempre con un pintor que se pasaba horas sentado ante su caballete. Muchos años después René Magritte explicaba que la emoción que sentía al caminar por las criptas la asoció a la figura de aquel hombre pintando. Como si la pintura pudiera provocar la misma excitación que el misterio oscuro de las cámaras de los muertos.

René Magritte se matriculó en la Academia de Bellas Artes de Bruselas en 1916, ciudad a la que se había trasladado a vivir. Comenzó a explorar la pintura inspirándose primero en los impresionistas, luego en los fauvistas y después en el cubismo. Buscaba modos de expresar la realidad aunque los resultados no le satisfacían especialmente.

La imagen muestra un cuadro que representa a una mujer vista en plano medio (cortada a la altura de la cintura). Está pintada con trazos gruesos y colores vivos. Pulse para ampliar.

René Magritte – “Desnudo”. Óleo sobre lienzo (1919)

 

René Magritte buscaba la emoción en la pintura y gracias a ella encontró una que iba a durar el resto de su vida. Un día, paseando por el Jardín Botánico, conoció por casualidad a Georgette, una joven dependienta de un establecimiento dedicado a suministros para artistas. Se casaron en 1922 y Magritte se afanó en construir y decorar los muebles y objetos que iban a dar forma a su hogar conyugal. Esta faceta de diseñador había comenzado un poco antes, al entrar a trabajar en la empresa Peters-Lacroix, donde se dedicaba a diseñar patrones decorativos para papel pintado.

La imagen muestra un fragmento rectangular de papel con un diseño que parece floral -sólo se aprecia una parte- con lo que parecen unos tallos curvilíneos y unos pétalos u hojas verdes. Pulse para ampliar.

René Magritte y Victor Servranckx – Diseño de papel pintado para Peters-Lacroix (entre 1920-1925)

Quizá el trabajo en Peters-Lacroix no le llenaba lo suficiente porque poco después de casarse Magritte abandonó la empresa y se dedicó a realizar carteles y anuncios publicitarios que le permitían tener ingresos regulares. La pintura seguía siendo su objetivo aunque encontraba un buen sustituto en el diseño gráfico y la ilustración.

La imagen muestra un cartel en el que destaca, a la derecha, la figura de una mujer, realizada de modo bastante geométrico, vestida con un traje rojo y tocada con un sombrerito del mismo color. Tras ella se aprecia un paisaje también muy geométrico y fragmentado, como visto desde diferentes puntos de vista. Y en la parte inferior derecha un texto con los datos del modelo (Petrouchka) y de la casa de confección (Norine)

René Magritte – Anuncio para la marca de ropa “Norine” (1925)

La búsqueda de un lenguaje expresivo en pintura que le llenara llevó a Magritte a investigar en diferentes técnicas. En sus primeros cuadros se aprecia la influencia del impresionismo y del fauvismo para pasar  posteriormente al cubismo analítico o al purismo.

La imagen muestra a la esposa del pintor sentada ante el piano tocándolo. El tratamiento de la figura y del espacio son similares a los de los cuadros cubistas de Juan Gris o Pablo Picasso, donde los objetos parecen estar fragmentados mostrando un aspecto muy geométrico, como piezas de un puzzle repartidas por el lienzo que la vista debe recomponer para comprender qué representa. Pulse para ampliar

René Magritte – Georgette al piano (1923)

La imagen muestra a una mujer tumbada sobre una especie de divan. Lleva un bañador blanco que le cubre parte de los muslos. Está en un interior porque se aprecian pare de unos cortinajes y sin embargo, al fondo del encuadre se aprecia una abertura, como si esa casa no tuviera pared, a través de la cual se ve el mar. Pulse para ampliar.

René Magritte – Bañista (1925)

Esa búsqueda terminó en 1925 cuando Magritte descubrió la obra de Giorgio de Chirico, uno de los principales representantes de la llamada Scuola Metafisica o Pittura Metafisica, movimiento artístico italiano que indagaba sobre el significado de objetos y escenas sin aparente sentido. La pintura de Chirico se basaba en paisajes urbanos desiertos donde se disponían elementos que solían conjugar el pasado y el presente en una especie de juego de recuerdos, verdaderos o inventados, que acababan conformando un presente inquietante en su quietud.

La imagen muestra lo que parece ser la azotea de un edificio. Sobre una pared en el medio del encuadre está pegada la cabeza de escayola de una escultura clásica. A su lado, y del mismo tamaño que la cabeza, aparece clavado un guante de piel. Y en primer plano, una pelota de cuero cosido de color verde. Pulse para ampliar.

Giorgio de Chirico – “Canción de amor” (1919). Este cuadro de De Chirico impresionó especialmente a Magritte por su atmósfera de tiempo paralizado y por la utilización de elementos comunes (una escultura clásica, un guante y una pelota) que forman una realidad nueva y misteriosa al estar situados juntos.

La pintura de Magritte se transformó en imágenes que parecían una pregunta sin respuesta o la respuesta a una pregunta desconocida. Siguiendo el estilo de los metafísicos italianos creó escenarios cotidianos en los que aparecían objetos reconocibles pero cuyo significado primero se escapaba al observador y después regresaba para ofrecerle un sinfín de incógnitas.

La imagen muestra un bosque en el que los troncos de los árboles han sido sustituidos por patas de muebles torneados. Dos hombres vestidos de blanco juegan al béisbol en ese bosque: uno con un bate y otro espera para recoger la pelota con un guante. En la parte superior izquierda sobre el jugador con el bate se ve una gran tortuga carey que flota en el aire como si estuviera en el agua. Y a la derecha aparece una pequeña construcción como una alacena que tiene una puerta abierta. A través de esa puerta puede verse la figura de una mujer con la parte inferior del rostro con una mancha oscura como si fuera barba. Pulse para ampliar.

René Magritte – “El jugador secreto” (1927)

La recompensa le llegó en 1926 en forma de contrato en exclusiva con la galería El Centauro para vender sus obras. Esto le permitió dedicarse en exclusiva a pintar. Y como hijo de un sastre que era, a partir de ese momento se dedicó a confeccionar pequeños mundos extraños que invitaban a reflexionar sobre la realidad, las imágenes, los sueños y los objetos materiales.

La imagen muestra una gran pipa pintada sobre un fondo ocre neutro. Bajo ella aparece escrito el título (en francés: Ceci n´est pas une pipe) Pulse para ampliar

René Magritte – “La traición de las imágenes” (1929). A Magritte le gustaba jugar con las palabras y los objetos. Al titular así el cuadro nos lleva a la primera conclusión de que lo que vemos no es una pipa, sino un cuadro que representa el objeto en sí. Solía decir que una palabra podía sustituir a una imagen: entonces, al introducir la palabra “pipa” dentro de la imagen vuelve a situar el objeto dentro de la representación, haciéndolo más real y provocando la contradicción en nuestro cerebro.

En la pintura de Magritte hay una serie de elementos recurrentes: los árboles, compendio de vida para el pintor, que llenan el espacio, atrapan la luz, mecen a la luna entre sus ramas o aparecen transformados en objetos como balaústres o patas torneadas de muebles (quizá como las de aquellos que construyó cuando se casó con Georgette); mujeres y hombres con rostros velados que pueden ser el recuerdo de su madre, a quien encontraron ahogada en el río con la camisa vuelta sobre su cabeza; nubes de textura pétrea que flotan con facilidad en el cielo inmaculado o de blanco algodón cuya presencia rotunda parece conformar un muro de ladrillos blancos; individuos vestidos con traje y sombrero hongo, anónimos y anodinos, que caen como lluvia del cielo o contemplan el paisaje sin verlo. Y alrededor de todos estos elementos la eterna pregunta sobre qué es real y qué no lo es. ¿Pertenecen nuestros sueños exclusivamente a la imaginación? Pero si “imaginamos” (es decir, ponemos imagen a una idea) es porque otorgamos una forma conocida -luego, real- a un pensamiento… Entonces ¿los sueños son reales? ¿La reproducción de un objeto equivale a ese objeto o la esencia del mismo es inmarcesible? ¿La pintura es una mera reproducción de la realidad o es una realidad distinta en sí misma?

La imagen muestra a un hombre en plano medio de espaldas al espectador y frente a un espejo. En el espejo se ve reflejado el hombre pero tal y como lo vemos nosotros, es decir, de espaldas y no de frente como debería corresponder. pulse para ampliar.

René Magrite – “Prohibida la reproducción” (1937). El hombre se refleja en el espejo pero no podemos ver su rostro. Eso puede llevarnos a pensar que el ser humano no puede ser reproducido en esa otra realidad que es un cuadro, aunque sí lo pueden ser otros objetos como la repisa de la chimenea y el libro, que sí se reflejan en el espejo.

El particular universo de Magritte ha trascendido lo meramente pictórico para convertirse en un auténtico icono popular. Sus imágenes son sencillas, accesibles, comprensibles y evocadoras y, sin embargo, contienen misterios y preguntas eternas sobre qué somos y qué deseamos ser.

La imagen muestra un paisaje marino en un día tormentoso. En primer plano, y como flotando en el aire, aparece una tabla de madera sobre la que está la cabeza de una escultura antigua de una mujer con los ojos cerrados y en una de cuyas sienes aparece una mancha roja como si fuera de sangre. A ambos lados de la cabeza hay una rosa y una esfera con una hendidura horizontal en su perímetro central. Pulse para ampliar.

René Magritte – “Memoria” (1948)

 

La imagen muestra un paisaje urbano, una calle donde se ve la parte superior de unas casas adosadas. Por toda la parte superior del cuadro  y por delante de las casas aparecen figuritas de hombres vestidos con traje negro, abrigo y sombrero hongo que flotan en el aire y parece gotas de lluvia. Pulse para ampliar.

René Magritte – “Golconda” (1953). El pintor denominó así el cuadro por la ciudad india de Golconda famosa por sus minas de diamantes.

La imagen muestra una ventada desde el interior de una casa. Las cortinas rojas que la adornan están descorridas y vemos un paisaje de campo con árboles a trabé´s de los cristales, solo que el cristal de la parte inferior de la ventana está roto y los trozos caídos en el interior de la habitación. Esos trozos en lugar de ser transparentes, muestran el mismo paisaje que se ve a través de la ventana. Pulse para ampliar.

René Magritte – “La llave de los campos” (1933). Aquí Magritte presenta otra reflexión: una vista a través de un cristal (de un cuadro, de una fotografía) se convierte al instante en otra realidad en sí misma, con consistencia propia y separada de la imagen a reproducir. Los fragmentos de cristal con el paisaje nos dicen que estábamos viendo dos realidades diferentes superpuestas.

La obra de Magritte no deja indiferente a nadie. En un nivel superficial porque sus cuadros han acabado por convertirse en iconos reconocibles en diseño, fotografía o pintura. En una nivel de análisis más profundo porque son una continua búsqueda de qué es la realidad. Viendo su trabajo podemos deducir que existen tantas realidades como universos habitamos cuando abrimos o cerramos los ojos. Quizá el principal mérito de Magritte sea el de compartir con nosotros su mundo particular, el de sus sueños, miedos y emociones de modo que acabemos haciéndolo nuestro. Compartir su idios kosmos y transformarlo en nuestro koinos kosmos para hacernos pasar a otros universos con los ojos abiertos. Y el secreto para ello estaba en las emociones. Durante toda su vida Magritte confeccionó laboriosamente escenarios pincelada a pincelada para evocar un verano lejano de la infancia. En una conferencia que pronunció en el Museo Real de Bellas Artes de Amberes en 1938 y en el que repasaba su vida y su obra dijo: La niña que conocí en el viejo cementerio era el objeto de mis ensueños y se encontraba inmersa en agitados ambientes de estaciones, fiestas o ciudades que yo creaba para ella. Gracias a esta pintura mágica volví a encontrar las mismas sensaciones que había experimentado durante mi infancia.

Y gracias a que el hijo de un sastre y la niña del cementerio jugaron en oscuras criptas los sueños se hicieron materia en forma de óleo sobre lienzo.

La imagen muestra una fotografía en primer plano del pintor. Viste traje negro, camisa blanca y corbata a cuadros. Lleva un sombrero hongo y posa delante de su cuadro "Golconda" donde aparecen pintados muchos hombrecillos vestidos igual que el. Pulse para ampliar.

René Magritte fotografiado por Steve Schapiro

Peculiaridades de los ojos

Nadie puede negar que una de las grandes obsesiones (por no decir la mayor) del ser humano ha sido conocer la Verdad, así, con mayúsculas. De hecho, los antiguos griegos no tuvieron reparo en crear una disciplina a la que denominaron Filosofía, para tratar de buscarla de modo sistematizado. Hasta ese momento, el estudio de la verdad se había canalizado a través de las explicaciones religiosas. Y a partir de los griegos, la religión volvería a monopolizar esa búsqueda, por lo menos hasta el siglo XIX.

De todo este proceso de incesante estudio se deduce que la verdad, la realidad, no es tan fácilmente identificable como podría parecer. El ser humano entiende el entorno en el que vive y a sí mismo a través de una serie de percepciones. Aquellas que proceden de factores externos, y que son captadas por los cinco sentidos, le enseñan a comprender el mundo y su posición en él. La vista y el oído ganan por goleada al resto de los sentidos en cuanto a captura de información ya que juntos constituyen el 70% del aporte perceptivo a nuestro aprendizaje. Cuando algún sentido falla, otro debe proporcionar la información acerca de lo que nos rodea. Si no es así, estamos a merced del entorno.

Hay otro tipo de percepciones, denominadas subjetivas, que son las que sólo pueden ser percibidas por el propio individuo y que afectan, sobre todo, a su mundo interno (sensaciones, equilibrio, memoria motriz, etc.) y que aportan información muy valiosa para la supervivencia de la especie (sensación de hambre, de sed, dolor, aprendizaje de procesos mecánicos). Estas percepciones subjetivas complementan a las objetivas y dan al hombre una visión global de si mismo y del mundo que le rodea. Toda esta información entra en nuestro cerebro de modo incesante, como un torrente de datos que debemos organizar, filtrar y reconducir para actuar en consecuencia. El problema surge cuando debemos elegir cual es la información que necesitamos.

Probablemente fue la consciencia de este proceso (no somos capaces de procesar toda la información recibida y desechamos gran parte de ella) la que provocó la curiosidad del ser humano por la búsqueda de la verdad. El descubrimiento de que no podíamos atender a todos los estímulos simultáneos que recibíamos, dejó claro que no éramos capaces de elaborar un retrato de la realidad a partir de “todos” los datos, sino que necesariamente construíamos una imagen parcial a partir de sólo unos cuantos. Así que una de las primeras conclusiones a las que llegó el ser humano es que “no todo es lo que parece ser”.

El arte, en sus diferentes manifestaciones, ha sido admirado precisamente por su capacidad de reproducir la realidad. Pero ¿qué realidad?. Si lo representado en una pintura o escultura era fácilmente reconocible podía considerarse “verdadero”. Aunque para llegar a esa conclusión había que salvar otro obstáculo: no todos los seres humanos perciben del mismo modo los mismos estímulos. Así que, aquello que puede ser perfecto para unos, para otros resulta fingido. Las normas de representación académica intentaron crear una realidad estándar que fuera entendida por todo el mundo, a imagen y semejanza del concepto de realidad que defendían los filósofos presocráticos: aquello que vemos no es sino una mera apariencia que enmascara la verdadera esencia de las cosas. Para comprender el universo, que cada ser humano ve de un modo particular (idios kosmos o mundo subjetivo), los seres humanos llegan a un entendimiento a través de unas convenciones que dan en llamar mundo objetivo (koinos kosmos).

El mundo que vemos representado es, pues, fruto de una convención, de un acuerdo al que ha llegado el ser humano con sus congéneres para comprender la realidad. Cuanto más se incline la balanza hacia el universo subjetivo, más difícil será interpretar esa representación. Cuantos más elementos de ella respondan a las normas del mundo objetivo, más fácilmente llegará a todo el mundo. Siempre será más fácil identificar un paisaje holandés del siglo XVII que comprender una composición de Jackson Pollock:

Un bisonte de Altamira será más familiar para nosotros (aunque nunca hayamos visto uno delante) que una acuarela de Kandinsky:

Muchas variantes del arte abstracto, como el Neoplasticismo holandés, sostienen que lo que se representa en sus obras es el concepto puro de la realidad, desprovista de toda forma externa que pudiera engañar a la vista. De ese modo el cuadro se convierte en la esencia del arte en sí, sin la intermediación de las falsas apariencias. Algo que puede apreciarse en la obra de uno de los líderes de ese movimiento, Piet Mondrian, cuya pintura va evolucionando desde la simplificación de las formas paisajísticas a la abstracción geómetrica de la realidad.

El Neoplasticismo sostenía que todo el mundo visible podía abstraerse en sus formas elementales, que no eran otras que las líneas rectas verticales y horizontales, que formaban una especie de red que era la estructura verdadera y la esencia real de todas las cosas. Un camino similar siguió otro artista abstracto, Kassimir Malevich, cuyo objetivo era llegar a la abstracción suprema en pintura:

Su cuadro “Composición suprematista: blanco sobre blanco” parece la respuesta a esa búsqueda de la abstracción total.

Si retomamos las percepciones de las que hablábamos al principio, podemos relacionarlas de algún modo con aquellos que representa el arte en sus diversas etapas y cómo lo hace. Mientras el arte académico se centra en reflejar aquello que podemos identificar como percepciones objetivas (las que proceden de factores externos), el de vanguardia parece decantarse por las percepciones subjetivas. El action painting norteamericano (con Pollock a la cabeza) expresa el sentimiento y las sensaciones del artista a través de los materiales. Y ¿qué forma tienen los sentimientos? La expresión de los mismos se refleja en conceptos abstractos (de ahí el nombre del movimiento pictórico: “expresionismo abstracto”).

La pregunta que nos hacemos al llegar a este punto es: si ya no importan las formas externas, ¿qué representa la pintura entonces? ¿Qué función realiza si ya no sirve para ilustrar la realidad comprensible? ¿Sirve sólo para expresar el mundo interior del artista? La respuesta es sencilla: la pintura se representa a sí misma. El pigmento, la herramienta con la que se aplica, el soporte, la textura, el color: ¿acaso todo ello no conforma una realidad verdadera, liberada de los corsés formales, que puede reflejar una consciencia diferente a la de los sentidos? En eso consiste la abstracción. Es la realidad del arte que se sostiene por sí mismo y que no necesita fingir ser otra cosa para existir. Pero que también constituye un desafío para quien se pone frente a él por primera vez y se encuentra perdido ante la falta de referencias conocidas.

Recuerdo una frase de Woody Allen, ingeniosa, como todas las suyas: “¿Y si todo es una ilusión y no existe nada? Entonces he pagado demasiado por esta alfombra…” El conflicto entre apariencia y realidad salta de la filosofía griega a un cómico neoyorquino sin solución de continuidad y pone ante nuestros ojos, una vez más, el dilema de creer aquello que vemos y reconocemos o de guiar nuestra búsqueda de conocimiento por otros caminos. Quizá no estaría de más reflexionar si lo que percibimos no es sino la sombra proyectada en la pared interior de una cueva, mientras que la realidad se pasea delante de su entrada al tiempo que permanecemos encadenados a nuestras percepciones de espaldas a la luz.