Et in Arcadia ego!

¡Yo también he estado en la Arcadia!

Johann Wolfgang van Goethe – Viaje a Italia (1816)

Si se mencionase a un artista excepcionalmente dotado para el dibujo y la pintura, reconocido en casi todos los países europeos y en América, amigo de grandes intelectuales y literatos, retratista de la mayor parte de las familias reinantes de su época, cuyo busto se situó al lado del de Rafael en el Panteón de Roma, que fue miembro fundador de la Royal Academy of Arts además de pertenecer a las más prestigiosas academias de arte de Italia entre otros muchos méritos, enseguida nos vendrían a la cabeza nombres como Sir Joshua Reynolds, Jacques-Louis David, Jean-Auguste-Dominique Ingres o Francisco de Goya. Pero si ese mismo artista no aparece encabezando los capítulos correspondientes de los manuales de Historia del Arte, ni siquiera como una mención anecdótica al margen, pensaríamos que hay algo extraño en él ¿Cómo la historiografía puede olvidar a semejante prodigio y, sin embargo, dedicarle páginas enteras a quienes trabajaron a su lado? La respuesta es tan sencilla como demoledora. Ese artista existió, solo que era mujer y se llamaba Angelika Kauffmann.

El arte estuvo reservado exclusivamente a los hombres durante siglos. Si una mujer quería dedicarse a la pintura o a escultura (ya no hablemos de la arquitectura) encontraba el primer obstáculo en la formación. Sólo los hombres tenían acceso pleno a las academias y escuelas de dibujo y pintura, donde la copia de modelos al natural se consideraba indecente e impropio para una mujer. Ellas debían conformarse con estudiar la anatomía a través de las estatuas clásicas si tenían la suerte de poder estudiar pintura, porque la mayor parte de las veces la aproximación de la mujer a las Bellas Artes se limitaba a una formación básica en música (interpretación y canto para lucimiento personal y entretenimiento social), bordado o dibujo y pintura orientados a crear obras delicadas para adornar gabinetes y saloncitos. Si una mujer quería acceder a todo el conocimiento puesto a disposición de los hombres en lo que al arte se refiere sólo podía hacerlo a través de un hecho totalmente aleatorio: que su padre fuera pintor y no le importara que su hija se dedicase a tal oficio.

Ese fue el caso de un pintor suizo llamado Joseph Kauffmann. Con trabajo seguro haciendo encargos para diferentes patrones, Kauffmann vivía en Chur, ciudad del cantón suizo de Los Grisones, cuando de su matrimonio con Cleophea Lutz nació su hija Angelika. Los primeros años de la vida de Angelika debieron modelar su espíritu viajero ya que, al año siguiente a su nacimiento, la familia estaba asentada en Morbegno (Lombardía) y diez años después se trasladaban a Como, siguiendo los pasos de los mecenas de Joseph, los austríacos condes de Salis. Angelika destacó muy pronto en las artes, tanto en la música (su madre era su profesora) como en la pintura (su padre decidió, en vista de la facilidad que tenía la niña para el dibujo, darle sus primeras clases). Dibujó su primer autorretrato a pastel con tan sólo nueve años. Y con once se retrató sosteniendo una partitura, reuniendo en un mismo cuadro sus dos pasiones artísticas.

La imagen muestra un plano medio cortado a la altura de la cintura de una niña con el pelo muy claro y rizado, con un vestido azul adornado con lazos rosas que sostiene con su mano derecha una partitura que muestra al público mientras mira al espectador con rostro muy serio. Pulse para continuar.
Angelika Kaufmann – Autorretrato sosteniendo una partitura (1753).

La vida de Angelika cambió en muchos sentidos cuando cumplió doce años y, junto con su familia, emprendió su primer viaje a Italia. Ese país, del que conocía perfectamente el idioma (ya que en el cantón suizo de Los Grisones se hablaba alemán, italiano y romanche), se convertiría en la mejor escuela de arte que podría haber deseado. Entre 1753 y 1757 los Kauffmann recorrieron el norte de Italia y Angelika aprovechó para visitar pinacotecas, colecciones y museos y copiar a los grandes maestros para, de ese modo, seguir aprendiendo. El talento de Angelika no pasó desapercibido para los clientes aristócratas de su padre y comenzó a pintar retratos por encargo con apenas quince años. La muerte de su madre en 1757, cuando residían en Milán hizo que Angelika, quizá por volcarse más hacia su padre, optara definitivamente por la pintura sobre la música. Aunque esa decisión no debió ser fácil para ella, ya que se retrató a sí misma dudando entre las dos artes.

Angelika Kaufmann – Autorretrato dudando entre la música y la pintura (1757)

Los siguientes años de la vida de Angelika consistieron en seguir viajando, acompañando a su padre a través de diferentes países (Italia, Suiza y Austria principalmente) y ayudándole en sus encargos (como cuando ambos decoraron los muros y las bóvedas de la capilla de la Santísima Trinidad de Schwarzenberg, en Austria).

Angelika Kauffmann – Medallón pintado al fresco de la capilla de la Santísima Trinidad de Schwarzenberg representando al apóstol Santiago el Menor (1757)

Además de ayudar a su padre, Angelika comenzó a ganarse un nombre como pintora de retratos, lo que le permitía tener ingresos suficientes para vivir cómodamente. En 1758 padre e hija volvieron a Italia y recorrieron el norte del país alternando en su viaje trabajo y estudio, ya que Angelika aprovechó para estudiar a los pintores del Manierismo y del Barroco como Annibale Carracci o Guido Reni.

Angelika Kauffmann – Retrato de su padre Johann Joseph Kauffmann (1761)

Tal era la fama y consideración de Angelika entre sus colegas pintores que la Accademia Clementina di Bologna la nombró miembro honorario en reconocimiento de su talento. En 1762, los Kauffmann se trasladaron a Florencia y Angelika fue aceptada en la colección Medici como artista, aunque con una condición: que trabajase sola en un estudio aparte, ya que compartir espacio con otros hombres no era adecuado para una mujer. Aún así, a pesar de trabajar apartada de otros artistas, Angelika fue elegida miembro de la Academia di Disegno di Firenze como reconocimiento a su talento.

La estancia en Florencia no sólo ayudó a mejorar la técnica pictórica de Angelika sino que le ayudó a través de los innumerables contactos sociales que allí hizo. Florencia era la primera parada obligatoria del Grand Tour que los viajeros europeos (sobre todo ingleses y alemanes) realizaban para conocer las maravillas del arte desde la Antigüedad. Entabló amistad con aristócratas británicos pero también con pintores influyentes como el norteamericano Benjamín West. Inspirada quizá por el ánimo viajero de sus nuevas amistades, los Kauffmann decidieron recorrer el centro y sur de Italia y se trasladaron a Roma, donde Angelika comenzó a pintar cuadros de gran formato de tema histórico (el tema más sublime para la pintura según los criterios académicos). Para documentarse estudió concienzudamente restos arqueológicos y para mejorar su técnica decidió desafiar las normas y, en secreto, realizar estudios de desnudos masculinos y no conformarse con copiar esculturas. En ese aspecto, sus cuadros históricos no iban a estar en inferioridad de condiciones con respecto a los de sus competidores a la hora de representar la figura masculina.

La imagen representa un dibujo a lápiz de un hombre desnudo de pié con un brazo extendido al frente y otro cruzado tras la espalda. Pulse para ampliar.
Angelika Kaufmann – Estudia anatómico masculino. (1763)
La imagen representa un dibujo a lápiz de un cuerpo masculino desnudo semiarrodillado de espaldas. Pulse para ampliar.
Angelika Kaufmann – Estudio anatómico (1764)

También realizó un viaje a Nápoles que le proporcionó más contactos con aristócratas ingleses (entre ellos el barón Boringdon y Lord Exeter) pero una de sus amistades más influyentes fue la del arqueólogo y considerado fundador de la Historia del Arte como disciplina, el alemán Johann Joachim Wincklemann. El retrato que le hizo le reportó más fama e innumerables encargos que quizá aceleraron el hecho de que fuera elegida miembro de la Accademia di San Luca de Roma con tan sólo 24 años.

La imagen muestra un retrato de un hombre sentado a una mesa sobre la que se ven varios libros y papeles. El hombre, de semblante serio, sostiene una pluma en su mano derecha y parece estar pensativo y concentrado. Pulse para ampliar.
Angelika Kaufmann – Retrato de Johann Joachim Winkelmann (1764)

El año 1765 fue especial para Angelika. Viajó por primera vez sin la compañía de su padre. Fue a Venecia donde hizo amistad con la esposa del embajador inglés. Ella la convenció para viajar a Londres y asentarse allí. Angelika tenía buenos contactos anteriores con la aristocracia inglesa y su estilo pictórico era del agrado de los posibles mecenas. Así que se decidió a abrir su estudio de pintura en Londres, ciudad en la que residió en los siguientes quince años. Allí conoció al que fue uno de sus mentores y principales defensores, el pintor Sir Joshua Reynolds. Y con él y otros artistas fundó la Royal Academy of Arts. Todo ello sirvió para que Angelika estuviera muy solicitada a la hora de realizar retratos entre la aristocracia, ya fueran la recién llegada familia real Hannover como los nobles del más rancio abolengo.

la imagen muestra un plano general donde aparecen, a la izquierda y sentadas, Georgiana y Henrrieta Frances, cogidas de la mano. georgiana mira al espectador mientras que Henrietta Frances mira a su hermano que está en pie a su lado. Pulse para ampliar.
Angelika Kauffmann – Retrato de Lady Georgiana, Lady Henrietta Frances y George John Spencer, Vizconde Althorp (1774). La familia Spencer era – y es- una de las más antiguas en nobleza en Inglaterra y su patrocinio significaba un espaldarazo para el artista que obtuviese un encargo de ellos.

La entrada en la Royal Academy supuso que Angelika pudiera explayarse en la realización de cuadros de tema histórico, siempre alabados por su técnica, composición y elegancia. Pero no sólo escogió temas relacionados con la Antigüedad, tal y como mandaban los cánones del Neoclasicismo, sino que su amistad con los poetas y literatos hizo que incluyera entre sus temas aquellos que reflejaban la corriente romántica, como los que realizó basados en el Ossian de James McPherson o en las obras de Laurence Sterne.

La imagen muestra una composición con tres figuras de pie. A la izquierda una criada que sostiene en brazos a un bebé, en el medio una mujer compungida con el rostro vuelto hacia la tercera figura, que es un hombre vestido de guerrero, que coge de la mano a la mujer mientras mira con tristeza al niño. Pulse para ampliar.
Angelika Kauffmann – Hector despidiéndose de Andrómaca (1768)

La vida en Inglaterra de Angelika Kauffman no estuvo exenta de sobresaltos, algunos dignos de un argumento de una novela de Jane Austen. Como, por ejemplo, su matrimonio fallido con el conde Frederick de Horn que resultó ser un timador y cazafortunas que pronto puso pies en polvorosa en cuanto fue descubierto. Un año después el matrimonio fue anulado y Angelika pudo olvidar el engaño. También tuvo que lidiar con el desprecio y la envidia de muchos colegas artistas que achacaron su entrada en la Royal Academy a un romance con Sir Joshua Reynolds y no a su mérito como pintora. El pintor Nathaniel Hone expuso en la Royal Academy un cuadro titulado El prestidigitador en el que pretendía satirizar la costumbre de Reynolds de copiar poses de los grandes maestros y en el que apuntaba la relación sentimental entre él y Kauffmann, presentándola como una niña apoyada sobre la rodilla del anciano. Angelika exigió la retirada del cuadro por ofensivo, pero no por la pose de la niña sino porque en uno de los dibujos que colgaban en la pared del estudio aparecía un grupo de figuras desnudas pintando la catedral de San Pablo. Una de esas figuras era una mujer que vestía sólo medias negras y Angelika supo que esa burla estaba dedicada a ella. Hone tuvo que retirar el cuadro y repintar esa parte.

La imagen muestra a un anciano sentado en un sillón con una niña que se apoya descaradamente sobre su rodilla. El anciano lleva una varita en su mano derecha y va señalando grabados y dibujos. Pulse para ampliar.
Nathaniel Hone – El prestidigitador (1773). En la parte superior izquierda se puede ver un cuadro colgado de la pared que muestra la catedral de San Pablo y ante ella, un grupo de artistas sentados a una mesa. Ese es el fragmento del cuadro que Hone tuvo que repintar para cubrir el dibujo satírico en el que aparecían las figuras desnudas, entre ellas la mujer pintora que vestía sólo medias negras y que se supone que representaba a Angelika Kauffmann.

Pero no todo fueron sinsabores en la etapa inglesa de Angelika. Su padre y una prima se trasladaron a vivir con ella a Londres, fue elegida junto con otros prestigiosos pintores para decorar los muros de la catedral de San Pablo (aunque fue un proyecto que no se llegó a realizar) y colaboró con uno de los arquitectos y diseñadores más importantes de Inglaterra: Robert Adam, el abanderado del Neoclasicismo y el preferido de la aristocracia. Junto a Adam diseñó escenas para decorar muebles, muros y techos de las principales residencias aristocráticas de Inglaterra.

Robert Adam – Consolas con decoraciones según dibujos de Angelika Kauffman y ejecutadas por Antonio Zucchi (1775)

Trabajando con Adam conoció a Antonio Zucchi, un pintor veneciano quince años mayor que ella, que colaboraba con Robert Adam y que era miembro asociado de la Royal Academy. Angelika y Antonio se casaron en Londres en 1781 y decidieron trasladarse a Venecia.

La imagen muestra a un hombre en plano medio, tocado con un sombrero que arroja una sombra sobre su mirada pero que mira al espectador con cierta curiosidad. Pulse para ampliar.
Angelika Kauffman – Retrato de Antonio Pietro Francesco Zucchi (1781)

El regreso de Angelika a Italia estuvo ensombrecido por la muerte de su padre -que los había acompañado a Venecia- a los pocos meses de llegar. Pero pronto recibió numerosos encargos de la aristocracia, lo que se tradujo en su elección como miembro de la Academia di Venezia, en la apertura de su estudio en Roma y en la oferta de ser nombrada pintora real en la corte de Nápoles, oferta que ella rechazó para residir en Roma. Incluso el Papa Pio VI le encargó la realización de un frente de altar para la capilla suiza de la Santa Casa in Loreto.

Angelika era ya una celebridad en Roma, tanto que cuando el gran escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe estaba de paso en la ciudad durante su famoso viaje a Italia, pidió conocerla y entabló una sincera amistad con ella y con Zucchi. Después de una velada en casa del matrimonio en la que el escritor leyó en primicia su tragedia Ifigenia en Táuride, Goethe escribió en su diario: La dulce alma de Angelika recibió la obra con una increíble cordialidad; me prometió hacer un dibujo para que tuviera un recuerdo. Justo ahora, cuando me dispongo a despedirme de Roma, surgen unos lazos muy tiernos con estas dos agradabilísimas personas. (J. W. van Goethe: “Viaje a Italia”, anotación del 15 de enero de 1787).

Tras la muerte de su marido en 1795 la salud de Angelika se fue deteriorando, aunque nunca cesó de trabajar. Su último encargo fue en 1805 un retrato para el príncipe Luis I de Baviera. Su fallecimiento fue hondamente sentido por sus colegas pintores, que le organizaron un funeral espectacular. El cortejo fúnebre recorrió las calles de Roma transportando los cuadros pintados por ella tras el féretro. Antonio Canova, el gran escultor y director de la Academia di San Luca, quiso que fuera enterrada en el Panteón, junto a otros artistas italianos ilustres. Pero en sus últimas voluntades Angelika Kauffmann había dejado claro que quería ser yacer al lado de su marido en la basilica de Sant´Andrea del Fratte. Dos años después de su muerte se colocó un busto suyo en el Panteón para recordarla.

Toda la admiración de sus contemporáneos, desde nobles a poetas pasando por pintores o historiadores del arte, no fue suficiente para que el nombre de Angelika Kauffmann figurase por mérito propio en las páginas de los manuales de historia. Incluso a mediados del siglo XIX sus dibujos y grabados seguían usándose como motivos decorativos en objetos de porcelana de las principales fábricas europeas. Durante doscientos años sólo ella y la pintora de bodegones Mary Moser (que fue elegida miembro en 1790) fueron las únicas mujeres admitidas en la Royal Academy of Art. En sus cuadros, ya fueran estos retratos o de tema histórico, no sólo describía una escena sino que se esforzaba en crear lazos entre los representados, haciendo hincapié en los sentimientos en lugar de simplemente sentar a sus protagonistas adoptando poses más o menos nobles. Desde el autorretrato en el que se representó dudando entre la pintura y la música, Angelika Kauffmann dio importancia a los sentimientos. Si nos fijamos en la expresión y en la mirada que la joven dirige a la personificación de la música y en cómo ésta le coge la mano, podemos adivinar la pena que le suponía alejarse de un recuerdo tan querido como era el de las clases de música de su madre mientras afrontaba su futuro como pintora. En el retrato que realizó de su padre, Johann Kauffmann, la definición de los rasgos deja entrever la admiración, el cariño y el respeto a partes iguales que sentía por su progenitor. Si nos fijamos en la composición de su cuadro Hector despidiéndose de Andrómaca, vemos que el guerrero y su hijo Astianacte se unen por la iluminación de sus rostros y sus miradas, mientras que las mujeres tienen la cara ensombrecida, imagen del dolor y del conocimiento del final que espera al guerrero troyano. Ninguna pose es exagerada, ningún gesto es superficial. El sentimiento contenido da igual preponderancia a la figura masculina que morirá frente a Aquiles y a las mujeres, que no tienen otra opción que esperar la llegada de las malas noticias.

Todo ello, junto con su actividad con diseñadores como Robert Adam o su pertenencia por mérito propio a media docena de Academias de arte europeas, sería más que suficiente para que el nombre de Angelika Kauffmann fuera exactamente igual de conocido que el de muchos de sus contemporáneos. Ella sí podría haber exclamado – como Goethe en su relato sobre el viaje a Italia- “¡Yo también he estado en la Arcadia!”, porque su consideración estuvo entre la de los mas grandes pintores de su época. El paraíso que merecía Angelika Kauffmann se transformó en una especie de limbo del que sólo comenzó a salir a mediados del siglo XX, cuando su obra fue recuperada.

Quizá, pensándolo bien, a ella tampoco le habría importado mucho esa falta de reconocimiento. Si hubiese sido su deseo ser admirada tras su muerte, yacería al lado de Rafael o de Vignola en el Panteón. Sin embargo, prefirió ser enterrada al lado de Antonio Zucchi en una tumba modesta, porque probablemente para ella la Arcadia era seguir al lado de la persona que, como ella dijo en una ocasión, la había hecho la mujer más feliz.

[En esta página web puede encontrarse una exhaustiva cronología sobre la vida y obra de Angelika Kauffmann, además de interesantes documentos relacionados con ella]

Angelika Kauffmann – Autorretrato con busto de Minerva (1780)