El Ojo En El Cielo

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Retrato de mujer solitaria sobre paisaje urbano

Por la vieja barriada, donde, de las casuchas
las persianas ocultan las lujurias secretas
cuando el astro cruel furiosamente hiere
a ciudad y los campos, los techos y sembrados,
quisiera ejercitarme en mi esgrima fantástica
husmeando en los rincones azares de la rima,
tropezando en las sílabas, como en el empedrado,
acaso hallando versos que hace tiempo soñé.

Charles Baudelaire (1821-1867) – “El sol” (Cuadros Parisinos – Las Flores del Mal, 1857)

 

John Maloof era un joven agente inmobiliario de Chicago con una prometedora carrera. En 2007 trabajaba en la zona del Northwest Side y estaba muy involucrado con su comunidad, tanto que decidió escribir un libro junto con Daniel Pogorzelski sobre la historia del barrio. Para ello ambos se pusieron manos a la obra y buscaron fotografías antiguas de la zona. Su editor les había dicho que con menos de 200 imágenes, el libro no sería viable. Pero 200 fotografías sobre el Northwest Side eran muchas y John y Daniel comenzaron a mirar en todos los lugares posibles donde pudiera ocultarse un grabado, un negativo, una fotografía… Pusieron en alerta a todas las casas de subastas de Chicago, encargándoles de que les avisaran si vendían algún lote de fotos antiguas. Y una de esas casas de subastas, RPN, les llamó para decirles que iban a vender una caja con negativos de lo que parecían ser imágenes de Chicago en los años 60. Maloof comenzó a mirar aquellos negativos pero el tiempo apremiaba y no podía pararse a escoger entre la gran cantidad de ellos que estaban allí guardados así que, haciendo un gran esfuerzo, compró la caja por 400$. Tras revisarlos detenidamente no encontró ninguna fotografía que sirviera para su proyecto. John Maloof volvió a guardar los negativos en la caja, la subió al desván y se olvidó de ella.

Para ser sinceros, Maloof no olvidó ni la caja ni su contenido. Algo en aquellas fotografías le atraía de un modo irresistible. Tanto que, a pesar de no tener ninguna formación en fotografía, John Maloof cogió su cámara compacta y se lanzó a las calles de Chicago para intentar plasmarlas como la persona desconocida que había subastado sus negativos y que habían terminado en sus manos. Un año después, John Maloof había asistido a cursos de fotografía, había arrinconado su cámara compacta, se había comprado una Rolleiflex y había instalado un cuarto oscuro en el ático de su casa. Pero lo más importante era que había descubierto quién era responsable de haber captado aquellas imágenes fascinantes.

Las fotografías habían sido hechas por una mujer. Se llamaba Vivian Maier y Maloof se puso como objetivo recuperar todos los negativos de las fotografías que había hecho. En un año había reunido casi el 90% de las fotografías que Maier había hecho a lo largo de su vida y descubrió, para su sorpresa, que Maier no había sido fotógrafa sino niñera. Maloof logró entrar en contacto con una de las familias para las que Vivian había trabajado y gracias a eso pudo reunir una enorme cantidad de objetos personales que estaban guardados en diferentes almacenes. Con mucha paciencia, ordenó aquella extraña colección de objetos y se dedicó a resolver el misterio de la niñera fotógrafa.

La imagen muestra una gran mesa, vista desde arriba, totalmente cubierta con pilas de papeles. Algunos son sobres de correspondencia comercial, otros son de correspondencia privada, hay muchos recortes de periódicos y revistas y también cuadernos de notas. Pulse para ampliar.

Algunos de los efectos personales de Vivian Maier (correspondencia personal, notas, recortes de prensa) recopilados por John Maloof.

 

El puzzle que Maloof comenzó a resolver a partir de todo aquel material resultó ser más increíble y sorprendente que las propias imágenes que le habían empujado a él mismo a ser fotógrafo. A pesar de su nombre con reminiscencias europeas, Vivian Maier había nacido en Nueva York en 1926. Sus padres eran de ascendencia judía austrohúngara (el padre) y francesa (la madre) que habían emigrado a Estados Unidos en busca de un futuro mejor. Pero como tantos inmigrantes llegados como ellos a la tierra prometida,  el sueño dorado de riqueza y prosperidad se dio de bruces con la miseria del Bronx. La muerte del padre dejó aún más indefensas a Vivian y a su madre. Una inmigrante francesa llamada Jeanne Bertrand, que era una fotógrafa famosa especializada en retratos, las acogió en su casa.

La imagen muestra una fotografía en blanco y negro con un retrato en primer plano de una muchacha muy joven, con mirada un tanto lánguida pero que esboza una sonrisa y que mira, con la cabeza ligeramente ladeada al espectador. Pulse para ampliar.

Retrato de Jeanne Bertrand aparecido en el Boston Globe en 1902 ilustrando una entrevista con ella.

Quizá Jeanne Bertrand quiso solidarizarse con una compatriota en apuros. Ella había sido una mujer valiente que con sólo 21 años y huérfana de padre, había abandonado la fábrica de agujas donde trabajaba -y tenía un sueldo fijo, que necesitaba para ayudar a su familia- para hacerse fotógrafa. Y con mucho esfuerzo había conseguido hacerse un hueco en esa profesión y encontrar el reconocimiento del público. Quizá el hecho de vivir con ella algunos años fue lo que inspiró a Vivian Maier a dedicarse a la fotografía. Y sin duda, el que aquella mujer lograra salir de la rutina asfixiante de una fábrica para hacer lo que realmente quería fue una inspiración para Vivian. Ella y su madre volvieron a Francia en 1939 pero, por desgracia, esa no era una buena época para vivir allí, sobre todo si se era de ascendencia judía. Regresaron a Nueva York y volvieron a Francia una vez terminada la II Guerra Mundial. Fue allí, en el país natal de su madre, donde Vivian comenzó a hacer fotografías. Sólo tenía una modesta Kodak Brownie, que no le permitía más que hacer instantáneas, pero le sirvió para descubrir que aquello era lo que quería hacer.

La imagen muestra un retrato de una muchacha joven que lleva un abrigo de cuadros que le queda muy grande. Tiene el pelo largo y rubio y lo lleva recogido en un lado de la cabeza. Tiene los ojos pequeños, que miran directamente a la cámara, una boca  pequeña y carnosa y una nariz grande y prominente. Pulse para ampliar.

Vivian Maier – Autorretrato con abrigo de tweed (1949)

 

Tras su estancia en Francia Vivian Maier regresó definitivamente a los Estados Unidos en 1951. Pudo hacerlo porque encontró trabajo como niñera con una familia que regresaba a Norteamérica. Y una vez allí y con las referencias que le habían dado, encontró trabajo en Nueva York cuidando niños. Así fue como en 1952 pudo comprarse una cámara Rolleiflex y empezar a fotografiar la ciudad en la que vivía.

La imagen muestra una acera mojada por la lluvia. A la izquierda se ven una serie de árboles en fila y entre ellos, bancos de madera. A la derecha, un muro poco elevado. Al otro lado de ese muro se aprecian árboles con las ramas desnudas. En el medio de la imagen, hacia la parte superior, se pueden ver las siluetas (la fotografía es un contraluz, así que las figuras son como sombras) de un hombre que lleva de las manos a dos niños pequeños. Sus figuras se ven reflejadas en el charco que el agua ha formado en la acera. Pulse para ampliar.

Vivian Maier – Nueva York (1953)

 

Las calles de Nueva York sirvieron a Vivian como estudio al aire libre para sus fotografías. Sin ella saberlo, o proponérselo, se convirtió en una fotógrafa urbana que descubría la belleza al tiempo que paseaba cuidando a los niños. Siempre con su cámara colgada al cuello. Como el paseante de Baudelaire, el flâneur que se dejaba perder por las calles de París, Vivian Maier vagó por Nueva York mientras empujaba un carrito de bebé, anónima, escondida entre la multitud pero perfectamente consciente de qué quería mostrar. En las calles supo ver el glamour, la ternura de la infancia, el amor, la pobreza, la violencia y la desesperación.

La imagen muestra la entrada de una tienda. En una silla plegable y mirando a la cámara, está sentado un chico de unos 11 años. Ante él, arrodillado, está un niño negro, de aproximadamente la misma edad que el otro que se dispone a limpiarle los zapatos. Al fondo puede verse a un hombre sentado en otra silla plegable con otro limpiabotas trabajando para él. Pulse para ampliar.

Vivian Maier – Nueva York (1954)

 

La imagen muestra una calle a pleno sol. En el medio del encuadre unos niños están forzando una boca de riego para refrescarse con el agua que sale de ella bajo la atenta mirada de otros chicos en la calle. Pulse para ampliar.

Vivian Maier – Nueva York (sin fecha)

 

La imagen muestra una fotografía tomada a través de una ventana. Al fondo se ve un gran edificio -parece un museo- y personas que caminan ante su fachada. En medio, y muy cerca del cristal de la ventana, se ve el primer plano de una mujer elegantemente vestida, con un collar de perlas al cuello, tocado en la cabeza y maquillada, que mira distraídamente hacia la derecha. Pulse para ampliar.

Vivian Maier – Nueva York (sin fecha)

Los pequeños gestos de los transeúntes que contaban historias escondidas la atraían de manera irresistible. Como también lo hacía su propia imagen. Maier se hacía autorretratos en tiendas, escaparates, espejos. Diciendo, de alguna manera, que no sólo miraba la vida en la calle. También se observaba a ella misma.

La imagen muestra la entrada de un edificio donde está aparcado un camión del que sólo se ve el portón trasero. Del camión un operario está bajando un espejo alargado en el que puede verse reflejada la imagen de Vivian, vestida con un abrigo oscuro y sombrero y con la cámara en la mano. Pulse para ampliar.

Vivian Maier – Autorretrato (1955)

Vivian Maier trabajó en Nueva York hasta 1956. Los niños de la familia habían crecido y su trabajo ya no era necesario. Encontró otro puesto en Chicago y no dudó en trasladarse allí. Ahora le tocaba cuidar de tres niños y explorar las calles de Chicago. La nueva familia para la que trabajaba la acogió con calor e incluso le proporcionó un cuarto de baño para ella sola donde instaló su cuarto oscuro. Ellos sabían de su afición a la fotografía pero nunca vieron el trabajo de Vivian. Era tan celosa de su intimidad que cuando dejaba los rollos a revelar lo hacía con nombre falso, para que nadie supiera de quien eran aquellas fotografías.

La imagen muestra un primer plano de una niña asomada a la ventanilla de un coche. Tiene la cara apoyada sobre las manos y mira atentamente a la cámara. Es muy morena y su mirada es una mezcla de timidez, risa y curiosidad. Pulse para ampliar.

Vivian Maier – Chicago (sin fecha)

La imagen muestra al actor Kirk Douglas y a su mujer vestidos de gala, cruzando una calle. La imagen está tomada desde muy cerca, como si Vivian estuviera en medio del gentío que esperaba a los actores, que pasan delante de ella sin mirar. Pulse para ampliar.

Vivian Maier – Kirk Douglas en el estreno de “Espartaco” (octubre de 1960)

La imagen muestra el interior de un local que parece ser una tienda de antigüedades. Hay muchos objetos apilados: un taburete, una taza, una trompeta, una lámpara, un cuenco... Al fondo se ve un espejo y reflejada en ese espejo está Vivian con su cámara. Pulse para ampliar.

Vivian Maier – Autorretrato (1971)

Vivian Maier vivió en Chicago el resto de su vida trabajando como niñera. Cuando los niños crecían ella cogía sus cosas e iba a trabajar con otra familia. Aún así, cada vez que su trabajo se lo permitía, Vivian realizaba viajes. Siempre sola. Y siempre con su Rolleiflex al cuello. Aún fuera de su contexto doméstico, buscaba los mismos temas: los gestos, las relaciones entre las personas. Y ella misma.

La imagen muestra a una niña pequeña que se agarra a la chaqueta de un hombre del que sólo vemos su tronco y un brazo. La niña llora desconsoladamente mientras se lleva la mano a la boca. El hombre gesticula con su mano en lo que parece se una conversación con otra persona fuera de campo. Lleva una especie de maleta en la otra mano. Tanto él como la niña van vestidos de manera muy pobre. Pulse para ampliar.

Vivian Maier – Grenoble (1959)

La imagen muestra a un hombre y una mujer de mediana edad sentados en un tren. La fotografía la han hecho desde el otro lado del pasillo. Ambos están dormidos. El hombre, sentado del lado de la ventanilla pasa el brazo alrededor de la cintura de su mujer, que duerme apoyada en su hombro. Pulse para ampliar.

Vivain Maier – Pareja en el tren (sin fecha)

 

Cuando fue demasiado mayor para seguir trabajando como niñera Vivian Maier se encontró en apuros económicos. Nunca le había preocupado el dinero. Con su sueldo tenía suficiente para vivir, viajar y hacer sus fotografías. Pero cuando se retiró se encontró conque no podía salir adelante. En un gesto desesperado, decidió vender sus pertenencias para poder pagar algunas facturas. Fue así como sus cajas con los negativos llegaron a las casas de subastas de Chicago. Entonces aquellos tres niños que había cuidado al llegar a la ciudad se enteraron de su situación y decidieron ponerle solución. Consideraban a Vivian una segunda madre y no quisieron dejarla morir en la indigencia. Reunieron el dinero para comprarle un apartamento y pagarle los cuidados que necesitaba hasta que murió. Fueron ellos los que facilitaron a John Maloof el acceso a las pertenencias de Vivian guardadas en varios almacenes y a partir de las cuales el antiguo agente inmobiliario convertido en fotógrafo logró completar la historia de una vida en sombras. Analizando sus ingentes colecciones de los objetos más extraños (desde latas de pintura vacías a traviesas de tren, pasando por miles de artículos de periódicos -la mayor parte sobre violaciones, asesinatos y marginalidad- y cientos de rollos fotográficos en color sin revelar) John Maloof trazó el retrato de una mujer solitaria que vagaba por la ciudad. La obra de Vivian Maier está recogida en la Colección Maloof y en esta página web, de visita imprescindible. Viendo sus fotografías podemos sentir la presencia huidiza de alguien que paseaba por las calles acariciando con la mirada los rincones. Rincones a los que la luz llegaba pero en los que no se detenía. Y esa mirada tropezaba -como la de Baudelaire- con imágenes llenas de vida que se convirtieron en versos fotográficos con los que quizá, alguna vez, había soñado.

La imagen muestra la parte trasera de un espejo retrovisor de un coche. Es metálico y está reluciente. En la superficie cóncava del espejo se puede ver, en tamaño muy pequeño, a Vivian Maier enfocando con su cámara y delante de ella un carrito de bebé con dos niños pequeños que sonríen. Pulse para ampliar.

Vivian Maier – Autorretrato (sin fecha)

El inocente

Uno puede creer que es un gran artista. Puede aguantar las burlas, las críticas feroces y los sarcasmos de otros pintores y críticos de arte. Puede pasar hambre y penurias económicas y verse obligado a subsistir casi con la mendicidad. Puede tener que pasar por el trago de ver como sus cuadros son vendidos en las calles de Montmartre para reutilizar el lienzo sobre el que habían sido pintados. Y, sin embargo, puede seguir sonriendo y pintando y desarmando a todo aquel que se acerque a él con afán de burla.

Henri Julien Felix Rousseau (1844-1910) nació en la pequeña ciudad de Laval, en el norte de Francia, en el seno de una familia bastante modesta. Su padre era fabricante de lámparas de aceite y él, desde niño, tuvo que ayudarle en el trabajo, que compaginaba con las clases en el Liceo de la ciudad. Henri no era muy buen estudiante pero destacaba sobre el resto de sus compañeros en dos materias: el dibujo y la música. Esto le sirvió para obtener una beca que le permitió finalizar los estudios cuando su padre contrajo demasiadas deudas y arruinó a la familia. Decidido a no seguir el camino paterno, entró en un despacho de abogados en la ciudad de Angers para estudiar derecho, pero no consiguió graduarse. Las leyes no eran lo suyo. Bueno, no eran lo suyo y resultó que, además, fue despedido por hurtar papel timbrado. Henri se alistó en el ejército (que era la salida más honrosa a su situación) y en él permaneció cuatro años.

La muerte de su padre le decidió a abandonar el ejército para cuidar de su madre viuda y sin recursos. Se estableció en París, donde encontró trabajo como funcionario cobrador de impuestos en el Departamento de Aduanas, trabajo que ejerció concienzudamente durante 25 años. Su vida era la de tantos parisinos de clase media baja: se casó con Clemence, la hija de su casero, cuando ésta apenas tenía 15 años. Tuvieron seis hijos, de los que sólo sobrevivió una niña. Henri podía haber continuado así hasta su jubilación pero siempre había querido estudiar arte. En 1884, con cuarenta años cumplidos, decidió que se dedicaría a pintar y obtuvo un permiso para hacer bocetos en los museos parisinos. Pasaba el tiempo libre que le dejaba su trabajo copiando a sus admirados maestros, sobre todo a Ingres y a Gerome. Y de ese modo, con una obstinación autodidacta que sorprendía a propios y a extraños, Henri Rousseau se convirtió en pintor.

Henri Julien Felix Rousseau, llamado "El Aduanero": "Tarde de Carnaval" (1886) - La imagen muestra un cuadro en el que aparece un paisaje bastante oscuro. En la parte inferior se aprecia césped y diferfentes plantas, representadas de modo bastante estilizado. En medio del paisaje, y en tamaño pequeño, aparecen dos figuras vestidas de Pierrot y Colombina (dos personajes de la "commedia dell´arte" italiana), en color blanco, que caminan absortos en su conversación. La parte superior del cuadro lo ocupa el cielo, que tiene una tonalidad plomiza, como si fuera a estallar una tormenta. En lo alto del cielo, brilla una luna llena que parece iluminar toda la escena. Todo tiene un aire un poco irreal, como si fuera un sueño más que una representación de una escena convencional. Pulse para ampliar.

Henri Julien Felix Rousseau, llamado “El Aduanero”: “Tarde de Carnaval” (1886)

Obviamente su estilo no era nada convencional. Nadie pintaba como lo hacía él. O nadie que lo hiciera como él se había atrevido a mostrar su obra en público. Pero Henri estaba convencido de su talento y de su especial sentido del arte y nunca tuvo reparo en exponer su obra. Desde 1886 expuso todos los años en el Salón de los Independientes (la exposición alternativa al arte “oficial” y académico del Salón de Otoño) donde se reunían los artistas más vanguardistas del panorama parisino. Compartió sala con Tolouse-Lautrec, Cezanne, Pisarro, Van Gogh, Gauguin, Bonnard o Matisse, aunque sus cuadros nunca colgaron en un lugar destacado. La crítica se cebaba en él despiadadamente: se burlaba de forma abierta de aquel funcionario maduro con ínfulas de pintor, que desconocía toda ley de perspectiva y proporción. Ridiculizaban sus paisajes urbanos, de los que decían que parecían pintados por un niño.

Henri Julien Felix Rousseau, llamado "El Aduanero": "La Torre Eiffel" (1898) - La imagen muestra la vista de un río que se aleja hacia el fondo, iluminado por los reflejos de color anaranjado de un cielo vespertino. las orillas aparecen con árboles y a la derecha, hay tres pequeñas figuritas que están pescando. Al fondo se aprecia la silueta de una ciudad, con manchas amarillas como si fueran las luces encendidas. Y más al fondo aún, la parte superior de la Torre Eiffel. Pulse para ampliar.

Henri Julien Felix Rousseau, llamado “El Aduanero”: “La Torre Eiffel” (1898)

Se escandalizaban ante la planitud de los colores, en los que la ausencia de gradación tonal convertía las formas geometrizadas en siluetas que se superponían como papel de colores recortado y pegado sobre un cartón. Se pasmaban ante sus recreaciones imaginarias de junglas tropicales pobladas de animales fieros y acechantes. Y todos esos comentarios resbalaban sobre Henri, que seguía y seguía copiando como buenamente sabía las obras de los grandes maestros. Y continuaba yendo casi cada día al Jardín Botánico para dibujar las plantas más exóticas y aspirar los aromas de paisajes lejanos. Como él mismo decía “cuando entro en los invernaderos es como si caminara dentro de un sueño”.

Henri Julien Felix Rousseau, llamado "El Aduanero": "Tigre en una tormenta tropical" (1891)

Henri Julien Felix Rousseau, llamado “El Aduanero”: “Tigre en una tormenta tropical” (1891)

Rousseau alternaba los paisajes exóticos con las vistas urbanas de París. Jamás había salido de Francia y, sin embargo, fascinado por los relatos de países lejanos, pintaba junglas y selvas frondosas, rebosantes de amenazas pero evocadoras y llenas de una poesía misteriosa que, aún hoy en día, las hace extrañamente atrayentes. Quizá por los colores, planos, brillantes y básicos (blanco, azul ultramar, azul de prusia, ocre, negro, rojo, siena y amarillo, sobre todo). Acaso por la luz irreal que parece envolver sus escenarios que parecen salidos de ensoñaciones y no de la observación de la realidad.

Henri Julien Felix Rousseau, llamado "El Aduanero": "Paisaje exótico" (1908) - La imagen muestra un paisaje en el que en primer plano vemos una sucesión de matorrales. Detrás de ellos, una serie de arbustos de mayor altura. Por detrás de esos arbustos, árboles de grandes hojas y frutos de colores. Sobre la rama de uno de esos árboles aparece un pájaro extraño, gris y rojo, de gran tamaño, que observa fijamente al espectador. El cielo es apenas un triángulo azul en la parte superior del cuadro: todo está lleno de vegetación frondosa de colores brillasntes. Pulse para ampliar.

Henri Julien Felix Rousseau, llamado “El Aduanero”: “Paisaje exótico” (1908)

Tal era la pasión por pintar que sentía Henri, que decidió retirarse de su trabajo como cobrador y dedicarse exclusivamente al arte. Era el año 1893. Tenía 49 años y una pensión exigua que apenas le daba para vivir. Pero aún así, lo hizo. Obviamente, tuvo que desempeñar otros trabajos para poder mantenerse él y su familia: realizó portadas para publicaciones periódicas como Le Petit Journal e incluso se vio obligado a tocar el violín por las calles. Pero eso no parecía importarle. Al fin y al cabo, la música y el arte siempre se le habían dado bien y le hacían feliz. Fue en esta época cuando decidió añadir a su nombre “El Aduanero”, para hacer mención a su anterior trabajo. En realidad él no había sido nunca oficial de aduanas, sólo un mero cobrador, pero su amigo Alfred Jarry le convenció de que debía darse más importancia ahora que iba a entrar en los círculos artísticos.

Henri seguía exponiendo en el Salón de los Independientes y buscando un reconocimiento como artista que no llegaba. Seguía aguantando impertérrito los sarcasmos de los críticos y de otros pintores, que no entendían el atrevimiento de aquel hombre de considerar “arte” aquellos cuadros que parecían pintados por un niño. Pero él seguía pintando. De vez en cuando vendía algunas de sus obras que, por desgracia, corrían el riesgo de acabar en mercadillos callejeros ofrecidas por el precio del lienzo sobre el que estaban pintadas. Fue en uno de esos mercadillos en los que un joven pintor que estaba despuntando en el París de las vanguardias encontró un cuadro de Rousseau para ser reciclado y lo compró. Le hizo gracia la ingenuidad de la pintura y la simplicidad de las formas. No en vano, él mismo estaba investigando sobre la geometrización de los elementos para crear nuevos modos de representación del espacio pictórico. El joven pintor se llamaba Pablo Picasso. Y estaba inventando, nada más y nada menos, que el cubismo.

Picasso no paró hasta descubrir al responsable de aquel cuadro. Encontró a Rousseau y quedó fascinado por la inocencia de aquel hombre que se consideraba un gran pintor y que creía normal que los jóvenes valores del arte se acercaran a él. De ese modo, Henri entró en el mundo de la vanguardia, seduciendo a poetas como Guillaume Apollinaire, galeristas como Ambroise Vollard o pintores como Robert Delaunay, Sonia Delaunay o Henri Matisse. Se sintió el hombre más afortunado sobre la faz de la Tierra cuando Picasso decidió celebrar un banquete en su honor en su estudio. Los genios saben ver la brillantez en el trabajo ajeno pero, muchas veces, carecen de misericordia para con los demás. Y Picasso no era una excepción. Todo el mundo disfrutó de aquel banquete: los asistentes, que estaban asombrados de que aquel hombre se considerara pintor; y el homenajeado, que fue el invitado más feliz del mundo.

No todos trataron a Henri con burla. El poeta Guillaume Apollinaire y su pareja, Marie Laurencin, le admiraban sinceramente. Para ellos Rousseau era el paradigma del artista que ejemplificaba el surrealismo: un genio natural, sin formación, sin estar estropeado por el academicismo y por la mirada crítica de la sociedad.

Henri Julien Felix Rousseau, llamado "El Aduanero": "La musa inspirando al poeta.Retrato de Guillaume Apollinaire y Marie Laurencin" (1909)

Henri Julien Felix Rousseau, llamado “El Aduanero”: “La musa inspirando al poeta.Retrato de Guillaume Apollinaire y Marie Laurencin” (1909)

Robert Delaunay y su mujer Sonia también sintieron afecto enseguida por Rousseau y  por su capacidad de ver el mundo a través de formas y colores superpuestos, ajeno a la proporción y al espacio tradicional, inundado de una luz mágica y evocadora. De hecho, Delaunay convenció a su madre para que encargara a Henri un cuadro que recogiera sus recuerdos de un viaje a la India. Y Rousseau pintó una de sus obras maestras:

Henri Julien Felix Rousseau, llamado "El Aduanero": "La encantadora de serpientes" (1907) - La imagen muestra una imagen nocturna, aunque la luna llena que brilla en lo alto del cielo ilumina algunas partes del cuadro. A la derecha aparecen arbustos de hojas alargadas y puntiagudas. Tras ellos, árboles de altura creciente, de hojas carnosas y geométricas. En el centro de la composición se ve la silueta en sombra de una mujer que parece que va desnuda, de larga melena que está tocando una flauta travesera. A sus pies, una serpiente, también en sombra, levanta su cuerpo hacia ella. La parte izquierda del cuadro está más iluminada y podemos ver, al fondo una especie de río y, en sus orillas, un ave zancuda de color rosa y pico plano que observa fascinada a la mujer. Pulse para ampliar.

Henri Julien Felix Rousseau, llamado “El Aduanero”: “La encantadora de serpientes” (1907

Henri Rousseau murió a causa de una gangrena en una pierna en 1910. A su entierro acudieron pocas personas: su casero, Robert y Sonia Delaunay, Guillaume Apollinaire y Marie Laurencin y el escultor Constantin Brancusi. Nadie más quiso despedirle. Pero Apollinaire escribió su epitafio, para que Brancusi lo grabara sobre la piedra:

“Te saludamos

Gentil Rousseau, escúchanos

Delaunay, su mujer, Monsieur Queval y yo

Deja pasar nuestro equipaje sin pagar aranceles a 

través de las puertas del cielo

Te llevamos pinceles, pinturas y lienzos

para que consagres tu tiempo

a la  verdadera luz

y te dediques a pintar como mi retrato

la cara de las estrellas”

Tumba de Henri Rousseau con el epitafio escrito por Apollinaire. - La imagen muestra una fotografía de la lápida con el texto anterior grabado sobre ella y una piedra vertical en donde está esculpido en bajorrelieve el retrato de perfil del pintor. Pulse para ampliar.

Tumba de Henri Rousseau con el epitafio escrito por Apollinaire.

Henri Rousseau fue denostado y maltratado en su época por su estilo ingenuo y primitivo. Pero sin su particularísima visión de la realidad no se podría entender hoy en día la pintura naif, el Surrealismo o las realidades mágicas y evocadoras de pintores como Fernando Botero o Frida Kahlo. Rousseau pintó como nadie había pintado antes, con el convencimiento de que esa era la verdadera representación de la realidad. Un convencimiento que le granjeó burlas pero también admiración. Como la que se trasluce en los versos que Apollinaire escribió para su tumba. Es fácil imaginar la alegría y la emoción de Rousseau si hubiese podido leer esas palabras. Y con qué satisfacción esperaría a sus amigos en las puertas del cielo. O como quiera que se llame el lugar donde las almas inocentes siguen maravillándose de lo hermoso que es el Universo.

Henri Julien Felix Rousseau, llamado "El Aduanero": "Yo mismo" (1890) - La imagen muestra un autorretrato del pintor, de cuerpo entero, vestido con traje y boina negros y sosteniendo una paleta de pintor en su mano izquierda y un pincel en la derecha. Está situado en medio de una calle que parece llevar a un embarcadero fluvial. al fonde se ve un barco con los mástiles engalanados de banderitas de colores. El cielo está limpio y claro, salpicado por pequeñas nubes de color anaranjado. Pulse para ampliar.

Henri Julien Felix Rousseau, llamado “El Aduanero”: “Yo mismo” (1890)

Seda

Los pintores que formaron el grupo llamado de los Impresionistas empujaron la pintura hacia el siglo XX y la vanguardia. Aunque sus obras puedan parecernos hoy en día poco innovadoras (ahora que nuestro ojo se ha acostumbrado a la estética de vanguardia) en su momento no lo fueron: supusieron la ruptura con el modo de representación convencional de  la realidad al centrarse en la luz y su reflejo (y, por extensión, en los colores que derivaban de ello) y dejar de lado la línea y el dibujo para utilizar sobre todo la mancha de color. Esa no fue la única aportación del Impresionismo a la modernidad pictórica: como artistas, supieron sobreponerse al gusto burgués e inauguraron una nueva relación entre el artista y el cliente. Los mecenas patrocinaban obras que no eran encargos detallados sino muestras de la creatividad y de las experimentaciones del artista. Y, conscientes de la importancia de los flujos económicos en plena Revolución Industrial, introdujeron la pintura como valor de mercado, jugando conscientemente con su posición como artistas para revalorizar el precio de sus cuadros.

Los nombres de los pintores impresionistas son conocidos por casi todo el mundo: Claude Monet, Pierre-Auguste Renoir, Camille Pissarro, Frederic Bazille o incluso Paul Cezanne, que comenzó formando parte del grupo impresionista aunque luego derivó en otras investigaciones. También nos resultan más que familiares los nombres del pintor que inspiró a los jóvenes artistas que crearon este movimiento, Edouard Manet; y el de otro pintor de prestigio vinculado a ellos: Edgar Degas. Incluso nombres de pintoras como Berthe Morisot o Mary Cassatt nos pueden llegar a sonar lejanamente. Todos ellos fueron parte de la primera exposición de pintores impresionistas de 1874 (excepto Manet, Bazille -muerto en la guerra franco-prusiana en 1871- y Mary Cassatt, que no expondría con el grupo hasta la cuarta exposición en 1879). Todos ellos y un joven pintor de origen inglés pero nacido en Francia, compañero de academia de Monet, Renoir y Bazille. El impresionista olvidado. El delicado y poético Alfred Sisley (1839-1899).

Sisley era hijo de un comerciante de seda inglés afincado en Francia. La familia tenía una posición económica desahogada y cierta consideración social. Alfred vivía despreocupadamente  dedicándose a sus estudios y a lo que le apasionaba: el dibujo y la pintura. Como en tantas historias de otros tantos artistas, el padre de Sisley esperaba que su hijo continuase con el negocio familiar y con ese fin le envió a Inglaterra a formarse en el campo de los negocios. El muchacho permaneció allí durante cuatro años, estudiando economía, derecho y todo aquello que le pudiera servir para continuar la tradición paterna. Pero también aprovechó para empaparse de la belleza de los paisajistas ingleses, sobre todo de Turner y de Constable, pintores románticos cuya melancolía, expresividad y dominio del color y de la pincelada le influyeron notablemente. Cuando regresó a Francia lo hizo con la firme determinación de dedicarse exclusivamente a pintar. El padre acabó aceptando la decisión de su hijo y el hecho de que la seda con la que comerciaba no poseyera la suficiente belleza como para atraerlo al negocio.

Sisley se formó en la Escuela de Bellas Artes de París pero también asistía a las clases de arte que impartía en su taller el pintor Gleyre. Allí coincidió con tres jóvenes aspirantes a artistas con los que entabló amistad: Frederic Bazille, Claude Monet y Pierre-Auguste Renoir. Juntos decidieron que el arte académico non les llenaba y que debían probar nuevas formas de representar la naturaleza: comenzaron a pintar al aire libre, algo impensable pocos años atrás pero favorecido por la aparición en el mercado de las pinturas de fabricación industrial presentadas en tubos, lo que evitaba que el pintor tuviera que mezclar pigmentos y aglutinantes él mismo. El concepto de arte que tenían estos jóvenes chocaba frontalmente con el arte defendido (y patrocinado) por los estamentos más elevados de la sociedad: para reflejar la inmediatez del paisaje en un determinado momento (porque éste se modifica con los cambios de luz) utilizaron la técnica del abocetamiento, con pinceladas cortas, separadas, prescindiendo muchas veces de la línea que delimita las formas, de modo que era el ojo del espectador el que debía, a través de la percepción, conformar un conjunto más o menos reconocible. Esa técnica daba a sus cuadros el aspecto de inacabados y transmitía una sensación de rapidez, de instante, de impresión de un momento que al minuto siguiente cambiaría.

Alfred Sisley - "El Sena en Bougival en invierno " (1872) - La imagen muestra un paisaje en el que en primer plano aparece un montículo nevado. A la derecha, el río en tonos amarillos y rojizos y los árboles en ambas márgenes desprovistos de hojas y en tonos castaños y rojos también. El cielo está parcialmente cubierto de nubes y alterna tonos azules y amarillentos. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – “El Sena en Bougival en invierno ” (1872)

La vida de Alfred Sisley discurría plácidamente dedicada a la pintura, con la tranquilidad que le daba el respaldo económico del negocio familiar y la asignación mensual que le pasaba su padre. Comenzó una relación con Eugenie Lesouezec con la que tuvo dos hijos. Sus cuadros fueron admitidos en el Salón de Otoño de 1868, la exhibición anual donde se mostraba el arte lo que significaba ser aceptado por el público burgués (aunque las obras de Sisley no recibieron ni buenas críticas ni su venta supuso un aumento de los ingresos). Todo ello fue bruscamente interrumpido por el estallido de la guerra franco-prusiana, que significó el fin del II Imperio Francés, la definitiva unificación de los estados alemanes en un sólo país (y en la principal potencia económica europea) y la ruina del negocio de la familia Sisley. Alfred y su familia se refugiaron en Inglaterra durante el conflicto y volvieron a Francia sólo después del establecimiento de la normalidad política tras la derrota francesa y el episodio de la Comuna de Paris. Pero la vida ya no sería tan fácil para él: a partir de ese momento tuvo que subsistir única y exclusivamente de la venta de sus cuadros y hasta su muerte su vida transcurrió en la pobreza. Su carácter reservado y serio y su falta de interés en la promoción de su obra le diferencian de otros colegas impresionistas como Monet o Renoir. Abandonó París para vivir, de modo mucho más asequible, en diversos pueblos cercanos a la capital que le ofrecían el entorno paisajístico que él deseaba.

Alfred Sisley - Camino en Louvenciennes (1873) - La imagen muestra un paisaje en el que se aprecia, a mano izquierda u vallado con un jardína detrás. En el centro, y dirigiéndose hacia el fondo, un camino de tierra en el que se aprecia una figura femenina caminando. Y hacia el fondo, muros, casas y árboles bajo un cielo cargado de nubes de tormenta. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – Camino en Louvenciennes (1873)

A veces conseguía patrocinadores para sus obras, como cuando el barítono francés Jean-Baptiste Fauré le financió, en 1874, un viaje a Gran Bretaña que aprovechó para pintar magníficos paisajes y también para casarse con Eugenie.

Alfred Sisley - Puente en Hampton Court (1874) - la imagen muestra un puente en perspectiva desde el lado izquierdo del encuadre que atraviesa el río que se observa en primer plano. al fondo se aprecia la orilla con un prado donde se ve gente y árboles al fondo. El cielo es de un azul brillante aunque con abundantes nubes blancas. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – Puente en Hampton Court (1874)

Sisley es un artista poco estudiado. Nunca tuvo ni la fama ni la consideración de sus otros colegas impresionistas: apenas existen ensayos sobre su obra, ni siquiera en el siglo XX, cuando su figura comenzó a ser considerada. A ello contribuye la escasa información que hay sobre él: no existen noticias o escritos autobiográficos, entrevistas o cartas personales en las que revele algo sobre su concepto de la pintura. Sólo queda su obra. Una obra que entronca directamente con el paisaje holandés del siglo XVII (sobre todo con Ruysdael) pero también con el romanticismo de Turner, Constable y, sobre todo, Corot cuyo concepto de la construcción de espacio a través del volumen dado por los planos de luz, geometrizando de algún modo las estructuras visibles está claramente presente en la obra de Sisley. Como también lo está en paisaje realista de Courbet o de los pintores de la Escuela de Barbizón. Todas esas influencias confluyen en Sisley en un estilo que recoge la expresividad emocional a través de los elementos de la Naturaleza y los refleja con una técnica nueva. A diferencia de otros pintores impresionistas, el estudio de la luz se combina en Sisley con el sentimiento. siempre contenido, nunca excesivo pero igualmente presente.

Alfred Sisley - Barca en las inundaciones de Port-Marly (1876) - La imagen muestra un edificio en perspectiva en el lado izquierdo del encuadre, al que el agua llega hasta el primer piso, aproximadamente. Cerca de él, hay una barca con un hombre en su interior. Al fondo, una hilera de árboles parcialmente sumergidos en el agua. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – Barca en las inundaciones de Port-Marly (1876)

Algunos autores reducen la aportación de Sisley al impresionismo a sus obras de la primera mitad de la década de los 70 del siglo XIX, calificando el resto de mera repetición de patrones y sentenciando que el pintor fue víctima de su propio estilo. Nada más lejos de la realidad. Su dominio de los esquemas compositivos da a su obra la libertad de expresión que el resto de los pintores impresionistas lograba a través del encuadre casi fotográfico. Sisley no utiliza el caballete como una cámara, tal y como hacían Renoir o Degás. Partiendo de unos planteamientos más académicos, sus paisajes son igualmente impactantes debido a la perfecta organización de los elementos, de las líneas de recorrido visual a modo de escorzos arquitectónicos o caminos que introducen al espectador en el cuadro y le sitúan bajo cielos contundentes y livianos al tiempo, en los que es fácil apreciar la influencia de Constable.

Alfred Sisley - Prado (1875) - La imagen muestra un paisaje de un prado con colinas de relieve suave en último plano y un pequeño grupo de árboles en el lado derecho. Todo está representado en tonos verdes y amarillentos, salvo el cielo, azul salpicado de nubes blancas. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – Prado (1875)

Sus últimas obras muestran una fuerza visual que desmiente la acusación de sucumbir a su propio estilo. La luz sigue siendo la principal protagonista pero sin dejar de traslucir las emociones reflejadas en el paisaje. Unas emociones que nunca desbordan el lienzo, quizá reflejo del propio carácter del pintor, pero que invitan al paseo silencioso y reflexivo.

Alfred Sisley - El camino del bosque. Veranillo de San Martin (1880) -La imagen muestra un camino en primer plano, bordeado de árboles en los que las hojas tienen un color rojizo. En la parte izquierda se aprecia el río, en tonos aúles grisáceos y la otra orilla, alejada, en tonos marrones tambien. El cielo aparece de color azul plomizo. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – El camino del bosque. Veranillo de San Martin (1880)

Alfred Sisley - La iglesia de Moret (1894) - La imagen muestra la vista desde un ángulo de una iglesia gótica, con una torre en el lado derecho, tejados rojos, iluminada por el sol en la parte superior mientras que en la inferior se ve la sombra azulada que proyectan los edificios de enfrente (fuera del encuadre). La iglesia está vista desde abajo, en contrapicado y se recorta sobre un cielo azul brillante. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – La iglesia de Moret (1894)

Alfred Sisley es el gran olvidado del impresionismo. Incluso lo fue para sus propios compañeros de movimiento, cuyos intereses artísticos – y económicos y sociales-  iban en otras direcciones. Su obra es conocida, pero no ha sido analizada en profundidad, arrinconada tras el brillo de la de Monet o de Renoir, incluso de la de Pissarro o Degas. Una obra que merece una visión más pausada, más serena. con la que poder disfrutar de una técnica que convierte el paisaje en un tejido sutil, liviano, deslumbrante y, al mismo tiempo, capaz de abrigar el alma con su calidez.

Alfred Sisley:  el pintor que transformó la Naturaleza en la seda más hermosa.

Pierre-Auguste Renoir - Retrato de Alfred Sisley (1868) - la imagen muestra un retrato en plano medio largo de un hombre joven, sentado, con las piernas cruzadas , la mano izquierda en el bolsillo del pantalón y la derecha descansando sobre el brazo del sillón. Viste pantalón y chaqueta gris, chaqueta negra y pañuelo blanco al cuello. Tiene el pelo y la barba pelirrojos y nos observa con gesto serio. Pulse para ampliar.

Pierre-Auguste Renoir – Retrato de Alfred Sisley (1868)