El Ojo En El Cielo

Blog de arte. Reflexiones sobre arte, diseño y comunicación.

Mes: mayo, 2012

Peculiaridades de los ojos

Nadie puede negar que una de las grandes obsesiones (por no decir la mayor) del ser humano ha sido conocer la Verdad, así, con mayúsculas. De hecho, los antiguos griegos no tuvieron reparo en crear una disciplina a la que denominaron Filosofía, para tratar de buscarla de modo sistematizado. Hasta ese momento, el estudio de la verdad se había canalizado a través de las explicaciones religiosas. Y a partir de los griegos, la religión volvería a monopolizar esa búsqueda, por lo menos hasta el siglo XIX.

De todo este proceso de incesante estudio se deduce que la verdad, la realidad, no es tan fácilmente identificable como podría parecer. El ser humano entiende el entorno en el que vive y a sí mismo a través de una serie de percepciones. Aquellas que proceden de factores externos, y que son captadas por los cinco sentidos, le enseñan a comprender el mundo y su posición en él. La vista y el oído ganan por goleada al resto de los sentidos en cuanto a captura de información ya que juntos constituyen el 70% del aporte perceptivo a nuestro aprendizaje. Cuando algún sentido falla, otro debe proporcionar la información acerca de lo que nos rodea. Si no es así, estamos a merced del entorno.

Hay otro tipo de percepciones, denominadas subjetivas, que son las que sólo pueden ser percibidas por el propio individuo y que afectan, sobre todo, a su mundo interno (sensaciones, equilibrio, memoria motriz, etc.) y que aportan información muy valiosa para la supervivencia de la especie (sensación de hambre, de sed, dolor, aprendizaje de procesos mecánicos). Estas percepciones subjetivas complementan a las objetivas y dan al hombre una visión global de si mismo y del mundo que le rodea. Toda esta información entra en nuestro cerebro de modo incesante, como un torrente de datos que debemos organizar, filtrar y reconducir para actuar en consecuencia. El problema surge cuando debemos elegir cual es la información que necesitamos.

Probablemente fue la consciencia de este proceso (no somos capaces de procesar toda la información recibida y desechamos gran parte de ella) la que provocó la curiosidad del ser humano por la búsqueda de la verdad. El descubrimiento de que no podíamos atender a todos los estímulos simultáneos que recibíamos, dejó claro que no éramos capaces de elaborar un retrato de la realidad a partir de “todos” los datos, sino que necesariamente construíamos una imagen parcial a partir de sólo unos cuantos. Así que una de las primeras conclusiones a las que llegó el ser humano es que “no todo es lo que parece ser”.

El arte, en sus diferentes manifestaciones, ha sido admirado precisamente por su capacidad de reproducir la realidad. Pero ¿qué realidad?. Si lo representado en una pintura o escultura era fácilmente reconocible podía considerarse “verdadero”. Aunque para llegar a esa conclusión había que salvar otro obstáculo: no todos los seres humanos perciben del mismo modo los mismos estímulos. Así que, aquello que puede ser perfecto para unos, para otros resulta fingido. Las normas de representación académica intentaron crear una realidad estándar que fuera entendida por todo el mundo, a imagen y semejanza del concepto de realidad que defendían los filósofos presocráticos: aquello que vemos no es sino una mera apariencia que enmascara la verdadera esencia de las cosas. Para comprender el universo, que cada ser humano ve de un modo particular (idios kosmos o mundo subjetivo), los seres humanos llegan a un entendimiento a través de unas convenciones que dan en llamar mundo objetivo (koinos kosmos).

El mundo que vemos representado es, pues, fruto de una convención, de un acuerdo al que ha llegado el ser humano con sus congéneres para comprender la realidad. Cuanto más se incline la balanza hacia el universo subjetivo, más difícil será interpretar esa representación. Cuantos más elementos de ella respondan a las normas del mundo objetivo, más fácilmente llegará a todo el mundo. Siempre será más fácil identificar un paisaje holandés del siglo XVII que comprender una composición de Jackson Pollock:

Un bisonte de Altamira será más familiar para nosotros (aunque nunca hayamos visto uno delante) que una acuarela de Kandinsky:

Muchas variantes del arte abstracto, como el Neoplasticismo holandés, sostienen que lo que se representa en sus obras es el concepto puro de la realidad, desprovista de toda forma externa que pudiera engañar a la vista. De ese modo el cuadro se convierte en la esencia del arte en sí, sin la intermediación de las falsas apariencias. Algo que puede apreciarse en la obra de uno de los líderes de ese movimiento, Piet Mondrian, cuya pintura va evolucionando desde la simplificación de las formas paisajísticas a la abstracción geómetrica de la realidad.

El Neoplasticismo sostenía que todo el mundo visible podía abstraerse en sus formas elementales, que no eran otras que las líneas rectas verticales y horizontales, que formaban una especie de red que era la estructura verdadera y la esencia real de todas las cosas. Un camino similar siguió otro artista abstracto, Kassimir Malevich, cuyo objetivo era llegar a la abstracción suprema en pintura:

Su cuadro “Composición suprematista: blanco sobre blanco” parece la respuesta a esa búsqueda de la abstracción total.

Si retomamos las percepciones de las que hablábamos al principio, podemos relacionarlas de algún modo con aquellos que representa el arte en sus diversas etapas y cómo lo hace. Mientras el arte académico se centra en reflejar aquello que podemos identificar como percepciones objetivas (las que proceden de factores externos), el de vanguardia parece decantarse por las percepciones subjetivas. El action painting norteamericano (con Pollock a la cabeza) expresa el sentimiento y las sensaciones del artista a través de los materiales. Y ¿qué forma tienen los sentimientos? La expresión de los mismos se refleja en conceptos abstractos (de ahí el nombre del movimiento pictórico: “expresionismo abstracto”).

La pregunta que nos hacemos al llegar a este punto es: si ya no importan las formas externas, ¿qué representa la pintura entonces? ¿Qué función realiza si ya no sirve para ilustrar la realidad comprensible? ¿Sirve sólo para expresar el mundo interior del artista? La respuesta es sencilla: la pintura se representa a sí misma. El pigmento, la herramienta con la que se aplica, el soporte, la textura, el color: ¿acaso todo ello no conforma una realidad verdadera, liberada de los corsés formales, que puede reflejar una consciencia diferente a la de los sentidos? En eso consiste la abstracción. Es la realidad del arte que se sostiene por sí mismo y que no necesita fingir ser otra cosa para existir. Pero que también constituye un desafío para quien se pone frente a él por primera vez y se encuentra perdido ante la falta de referencias conocidas.

Recuerdo una frase de Woody Allen, ingeniosa, como todas las suyas: “¿Y si todo es una ilusión y no existe nada? Entonces he pagado demasiado por esta alfombra…” El conflicto entre apariencia y realidad salta de la filosofía griega a un cómico neoyorquino sin solución de continuidad y pone ante nuestros ojos, una vez más, el dilema de creer aquello que vemos y reconocemos o de guiar nuestra búsqueda de conocimiento por otros caminos. Quizá no estaría de más reflexionar si lo que percibimos no es sino la sombra proyectada en la pared interior de una cueva, mientras que la realidad se pasea delante de su entrada al tiempo que permanecemos encadenados a nuestras percepciones de espaldas a la luz.

Color y comunicación (II)

El uso del color en el arte tiene una función primordial (además de la estética), que es la de acercar la imagen a la realidad para asemejarla a aquello que podemos percibir. Este proceso se asocia sobre todo con la pintura, y sin embargo, no es extraño verlo en escultura o en arquitectura. Un ejemplo son estas esculturas funerarias en piedra caliza de Rahotep y su esposa Nofret fueron pintadas para dotarlas de un mayor realismo:

Y, aunque no es un aspecto muy conocido, las esculturas en mármol de la antigua Grecia también estaban policromadas

En arquitectura también se utiliza el color desde la Antigüedad, aunque no con la finalidad de acercarla a la realidad sino con la intención de crear determinados efectos esteticos o bien reproducir en nuevos materiales constructivos los patrones decorativos de los materiales originales. Es lo que ocurre con los templos griegos del periodo clásico. Solían estar pintados de colores vivos como recuerdo de la decoración polícroma del primitivo megaron (la construcción micénica antecesora del templo griego clásico) en madera:

Sir Lawrence Alma Tadema pintó en 1868 este cuadro en el que muestra a Fidias enseñando la obra del Partenon a sus amigos y en el que se puede apreciar la decoración colorista de los bajorrelieves del friso, conservados en el Museo Británico de Londres:

Los colores pueden utilizarse también para crear ritmos compositivos que faciliten la lectura de la imagen, sobre todo si ésta posee muchos elementos que puedan llevar al espectador a la confusión. Un ejemplo sería esta “Boda campesina” de Pieter Brueghel, en la que los rojos, verdes y blancos se reparten por todo el lienzo de manera rítmica para que no quede ni un solo resquicio de la obra sin ver.

El color también es espacio, por lo menos en la pintura. Desde el Renacimiento los artistas han aplicado el principio perceptivo de que los colores “fríos” acentúan la sensación de distancia y los “cálidos” la de cercanía, estableciendo lo que se conoce como “perspectiva atmosférica”. En ella, la sucesión de planos espaciales no viene dada por la proyección en perspectiva de algún elemento sino por la introducción de los tonos cálidos en los primeros planos y los fríos en los últimos. Esta acuarela de Turner se titula “El nacimiento del color” y demuestra que nuestra percepción entiende los tonos tostados y rojizos como el primer plano y los azulados y grises como los planos más alejados, resultando de ese modo, un paisaje:

Del mismo modo podríamos hablar del simbolismo que pueden aportar los diferentes colores a una imagen: ¿Sugerirían – o prometerían- lo mismo los labios de Marilyn Monroe pintados en rosa pálido?

Si observamos este cuadro de Correggio, titulado Noli me tangere, podremos ver la utilización del color de manera simbólica:

Por lo general, María Magdalena suele aparecer en las escena de la crucifixión envuelta en un manto rojo que la define como portadora de dolor y de amor pasional. En este caso vemos que el manto apenas se ve a sus espaldas y su tonalidad es mucho menos saturada que de costumbre. Además su vestido es dorado, el color de la luz, de la divinidad y de la sabiduría. Jesucristo aparece en tonos fríos: su piel casi blanca y el manto azul nos indican que ya no pertenece al mundo de los vivos sino al celestial (mensaje reforzado por la posición de los dos personajes: María Magdalena se agacha y se acerca a la tierra y Jesús se yergue y señala hacia el cielo).

Así pues, acercarnos a la realidad, reproducir determinados criterios estéticos, crear la ilusión de espacio, resaltar un elemento, marcar ritmos compositivos que ayuden a leer mejor la imagen o introducir significados simbólicos en la misma. Todo esto puede hacer el color utilizado de modo consciente en una obra de arte.

Sólo hay que saber cuál elegir.

Color y Comunicación (I)

El color puede constituir la base de un código de comunicación porque atribuimos significados a los diferentes colores y porque esos significados contribuyen a enriquecer el mensaje acompañando otros elementos del mismo. De hecho, es la base de determinados códigos de comunicación como los de señales marítimas, banderas, señales de circulación, identificación de mercancías peligrosas, catalogación de sustancias, etc.

También está presente, aunque de modo mucho más sutil, en el diseño de la presentación de determinados productos: el consumidor diferencia la cantidad de materia grasa de los productos lácteos según los colores que predominen en el envase (leche entera, semi o desnatada), las características de alimentos como las galletas (avena -con tonos amarillos y anaranjados-, integrales – colores tostados y marrones- o con chocolate -donde predomina el azul, por asociación con una marca determinada de gran éxito de ventas) o las propiedades desinfectantes de determinados productos de limpieza (a través de colores “frescos” como el verde, blanco o azul).

Si los colores pueden ser utilizados tan claramente para la comunicación, cualquier elemento (imagen, escultura, interior, arquitectura, producto, o incluso un candidato político) que incluya de forma deliberada un color determinado en su presentación al público puede añadir matices sutiles al mensaje original.

Los colores no tienen significado por sí mismos: en un primer momento se limitan a identificar a los objetos de la naturaleza que los contienen. Esto es lo que se denomina color primigenio, en el sentido de que es fruto de nuestra capacidad de apreciar los colores en la Naturaleza (mayor que la de un perro pero menor que la de una mosca, por ejemplo). Así pues, en el nivel más básico de apreciación de un color, éste se asociará al elemento natural: tierra, vegetación, sol, cielo, agua, noche, frutos, flores, animales, etc.

A medida que el ser humano se desarrolla culturalmente, los colores van adquiriendo significados simbólicos, que resultan de la asociación que el hombre hace entre el color y las cualidades o efectos del elemento natural con el que se identifican. Esto es lo que se denomina color cultural.

Por lo general, todos los colores presentan una ambivalencia en cuanto a su significado, pues presentan, por igual aspectos positivos y aspectos negativos:

Negro: noche, muerte, miedo, elegancia, sobriedad, poder

En estas tres imágenes podemos ver cómo el negro se asocia indistintamente a la muerte, a la elegancia y al terror:

Gris: niebla, frío, indefinición, uniformidad, discreción, eficiencia

Blanco: frío, soledad, asepsia, higiene, limpieza, pureza, inocencia

Azul: cielo, espacio, libertad, tristeza, nobleza

Verde: naturaleza, abundancia, juventud, fertilidad, inmadurez, envidia, veneno

En la película de Pier Paolo Passolini “Cosa sono le nuvole?”, una peculiar versión del “Othello” de W. Shakespeare, Totò interpreta a Yago con el rostro pintado de verde, como muestra externa de su carácter:

Violeta: luto, contención, melancolía, dolor, dignidad, sabiduría

Rojo: sangre, muerte, fuego, guerra, pasión, amor, vida

En “El Expolio”, El Greco incide sobre la Pasión y muerte de Jesucristo a través del tamaño de la figura, de su posición centrada y del color rojo como símbolo de la muerte, pero también de la vida:

Rosa: ingenuidad, dulzura, picardía, empalago

En “El recuerdo” de Honoré Fragonard, una joven talla en la corteza de un árbol las iniciales de su primer amor: un amor que ya ha dejado de ser puro e ingenuo (ya no es “blanco”) y refleja su pasión emergente en la tela rosada del vestido.

Amarillo: sol, luz, alegría, vida, alerta (reflectancia), riqueza, poder, avaricia, gafe

Naranja: frutos, vitalidad, exuberancia, precaución, calor

Obviamente, todos estas interpretaciones dependen del entorno cultural en el que se realice la obra: el mismo color no tiene igual significado en todas las culturas, aunque con la globalización esta tendencia comienza a cambiar. Por ejemplo, la diferenciación del sexo de un bebé a través de los colores de sus ropas (azul o rosa) es propia de un lenguaje occidental y no tendría por qué ser bien comprendido en Oriente o en la cultura maorí. Del mismo modo, el verde es el color sagrado del Islam y en ese contexto tiene un matiz claramente religioso (que no se ha incluído en la enumeración de significados anterior).