Color y comunicación (II)

por MaríaVázquez

El uso del color en el arte tiene una función primordial (además de la estética), que es la de acercar la imagen a la realidad para asemejarla a aquello que podemos percibir. Este proceso se asocia sobre todo con la pintura, y sin embargo, no es extraño verlo en escultura o en arquitectura. Un ejemplo son estas esculturas funerarias en piedra caliza de Rahotep y su esposa Nofret fueron pintadas para dotarlas de un mayor realismo:

Y, aunque no es un aspecto muy conocido, las esculturas en mármol de la antigua Grecia también estaban policromadas

En arquitectura también se utiliza el color desde la Antigüedad, aunque no con la finalidad de acercarla a la realidad sino con la intención de crear determinados efectos esteticos o bien reproducir en nuevos materiales constructivos los patrones decorativos de los materiales originales. Es lo que ocurre con los templos griegos del periodo clásico. Solían estar pintados de colores vivos como recuerdo de la decoración polícroma del primitivo megaron (la construcción micénica antecesora del templo griego clásico) en madera:

Sir Lawrence Alma Tadema pintó en 1868 este cuadro en el que muestra a Fidias enseñando la obra del Partenon a sus amigos y en el que se puede apreciar la decoración colorista de los bajorrelieves del friso, conservados en el Museo Británico de Londres:

Los colores pueden utilizarse también para crear ritmos compositivos que faciliten la lectura de la imagen, sobre todo si ésta posee muchos elementos que puedan llevar al espectador a la confusión. Un ejemplo sería esta “Boda campesina” de Pieter Brueghel, en la que los rojos, verdes y blancos se reparten por todo el lienzo de manera rítmica para que no quede ni un solo resquicio de la obra sin ver.

El color también es espacio, por lo menos en la pintura. Desde el Renacimiento los artistas han aplicado el principio perceptivo de que los colores “fríos” acentúan la sensación de distancia y los “cálidos” la de cercanía, estableciendo lo que se conoce como “perspectiva atmosférica”. En ella, la sucesión de planos espaciales no viene dada por la proyección en perspectiva de algún elemento sino por la introducción de los tonos cálidos en los primeros planos y los fríos en los últimos. Esta acuarela de Turner se titula “El nacimiento del color” y demuestra que nuestra percepción entiende los tonos tostados y rojizos como el primer plano y los azulados y grises como los planos más alejados, resultando de ese modo, un paisaje:

Del mismo modo podríamos hablar del simbolismo que pueden aportar los diferentes colores a una imagen: ¿Sugerirían – o prometerían- lo mismo los labios de Marilyn Monroe pintados en rosa pálido?

Si observamos este cuadro de Correggio, titulado Noli me tangere, podremos ver la utilización del color de manera simbólica:

Por lo general, María Magdalena suele aparecer en las escena de la crucifixión envuelta en un manto rojo que la define como portadora de dolor y de amor pasional. En este caso vemos que el manto apenas se ve a sus espaldas y su tonalidad es mucho menos saturada que de costumbre. Además su vestido es dorado, el color de la luz, de la divinidad y de la sabiduría. Jesucristo aparece en tonos fríos: su piel casi blanca y el manto azul nos indican que ya no pertenece al mundo de los vivos sino al celestial (mensaje reforzado por la posición de los dos personajes: María Magdalena se agacha y se acerca a la tierra y Jesús se yergue y señala hacia el cielo).

Así pues, acercarnos a la realidad, reproducir determinados criterios estéticos, crear la ilusión de espacio, resaltar un elemento, marcar ritmos compositivos que ayuden a leer mejor la imagen o introducir significados simbólicos en la misma. Todo esto puede hacer el color utilizado de modo consciente en una obra de arte.

Sólo hay que saber cuál elegir.