El Ojo En El Cielo

Blog de arte. Reflexiones sobre arte, diseño y comunicación.

Etiqueta: Edouard Manet

Tú, no

Me gusta ayudar a que las mujeres se ayuden a sí mismas y ese es, para mí, el mejor modo de plantear la cuestión feminista. Todo lo que podamos hacer y hagamos bien, tenemos derecho a hacerlo y no creo que nadie se atreva a negárnoslo.”

 

Louisa May Alcott (1832-1888), escritora estadounidense.

Quien ha nacido para derribar las barreras con las que el hombre intenta cercar las libertades, no conoce muro que pueda frenar su paso. Principalmente porque no ve el muro en sí, sino piedras amontonadas en su camino. Así que, con paciencia, coge esas piedras una por una, las sitúa en los márgenes de la senda y marca así la vía expedita para aquellos que vienen detrás.

Mary Cassatt (1844-1922) fue una de esas personas. Nació en Pennsylvania (Estados Unidos) en el seno de una familia de la alta burguesía, descendiente de hugonotes franceses emigrados al Nuevo Mundo. En una sociedad como la norteamericana, que comenzaba a ser cada vez más consciente de su propia idiosincrasia, los Cassatt no estaban dispuestos a olvidar sus raíces europeas. Y una buena parte de la educación de Mary en su niñez consistió en un viaje por Europa que duró cinco años. En ese tiempo, Mary aprendió a hablar francés y alemán con fluidez. Pero también tuvo la oportunidad, visitando la Exposición Universal de Paris de 1855, de contemplar las obras de grandes pintores como Ingres o Corot junto a las de jóvenes genios como Edouard Manet o Edgard Degas. La niña Mary, con sólo 11 años, contemplaba fascinada aquellos cuadros sin saber que Manet y Degas acabarían por ser no sólo sus maestros sino sus más grandes amigos.

De vuelta en Estados Unidos, Mary estaba cada vez más decidida a estudiar pintura. Un tipo de estudios estrafalarios, según su padre, orientados a una ocupación más estrafalaria aún. Una mujer de buena posición social no tenía necesidad de ejercer ninguna profesión. Sólo debía esforzarse en comportarse bien en sociedad y encontrar un marido que mantuviera su estatus. Aquellas mujeres pertenecientes a clases sociales menos favorecidas sí que debían ganarse la vida con profesiones más o menos dignas. Así que el empeño de Mary en estudiar pintura fue acogido con resignación por parte de su padre (y alentado por su madre, todo hay que decirlo) que aceptó con la esperanza de que toda aquella locura pasase en cuanto Mary hiciese un buen matrimonio. En 1860, con 15 años, Mary ingresó en la Academia de Bellas Artes de Pennsylvania y comenzó su formación como artista, con más piedras en el camino que facilidades. No había muchas mujeres que se dedicaran al estudio de la pintura de forma académica y la mayor parte de las que lo hacían lo consideraban más bien un pasatiempo. Además, las mujeres tenían prohibido el acceso a las aulas de dibujo al natural. Un modelo ligero de ropa no era apropiado para ellas. Incluso si ese modelo era (como sucedía con frecuencia) una mujer desnuda. Así que Mary y sus compañeras debían suplir esas clases con la copia de moldes y vaciados de escayola.

En 1861 Estados Unidos se fracturó en una guerra civil que se prolongó hasta 1865 y que transformó el panorama político y social del país en muchos aspectos. No sólo por el hecho de se aboliese la esclavitud o se impusiera el modelo económico y fabril de los estados del norte sino porque, de algún modo, la vida de las mujeres norteamericanas cambió radicalmente. En muchos hogares desaparecieron los ingresos económicos que aportaba el cabeza de familia que ahora estaba en el ejército y cuya paga llegaba o no a tiempo de saldar las deudas. Las mujeres de la casa (madres, hermanas e hijas) se vieron obligadas a abandonar el nido confortable y a ganarse la vida ejerciendo las profesiones más variadas: desde enfermeras a profesoras, pasando por obreras en las fábricas, jornaleras… o soldados. El caso de las mujeres soldado en la Guerra de Secesión americana fue extremadamente popular a finales del siglo XIX. Entre 600 y 800 mujeres se disfrazaron de hombre, cambiaron su aspecto y su nombre y se alistaron en el ejército. Por fervor patriótico en algunos casos; por la paga y la libertad que conllevaba no depender de nadie, en otros muchos. No es difícil pensar que el ejemplo de estas mujeres, ampliamente difundido en la prensa de la época (aunque olvidado hoy en día) hiciera pensar a Mary que si una mujer podía valerse por sí misma en medio del caos y la muerte ¿qué no podría hacer con su propia vida?

Quizá eso fue lo que la decidió a plantear a su familia su decisión de viajar a Europa y establecerse en París como artista. Y lo logró, aunque con la condición de que su madre y unas amigas fueran con ella, a modo de carabinas. Y en 1866 Mary se instaló en París con la intención de seguir estudiando pintura. Allí se encontró con otro obstáculo, y fue en la Academia de Bellas Artes de París. No se admitían mujeres como alumnas. Mary tuvo que optar por las clases particulares que impartían los propios profesores de la Academia, además de copiar y estudiar los trabajos de los grandes maestros. Sus esfuerzos se vieron compensados cuando uno de sus cuadros, La intérprete de mandolina fue seleccionado para el Salón de Otoño, la exposición de arte patrocinada por el propio emperador Napoleón III que quería ser el escaparate de las glorias artísticas (y oficiales) de Francia.

La imagen muestra un cuadro en el que aparece una muchacha joven,  de cintura para arriba que sostiene ante ella una mandolina en actitud de tocarla. La joven está casi en penumbra, iluminada sólo por un foco de luz que procede de la derecha y que ilumina parte de su rostro y se refleja sobre la camisa blanca que lleva. Tiene el rostro ligeramente vuelto hacia la izquierda lo que le da un aire un tanto melancólico. Pulse para ampliar.

Mary Cassatt – “La intérprete de mandolina” (1868)

Aquello parecía el principio de una prometedora carrera para Mary. Pero apareció otro obstáculo en su camino. El estallido de la guerra franco-prusiana en 1870 la obligó a volver a Estados Unidos, para satisfacción de su padre. Una satisfacción que duró poco, porque Mary seguía empeñada en ser pintora a pesar de que, en un intento por sacarle esa idea de la cabeza, el señor Cassatt le negara cualquier tipo de financiación para comprar materiales, pinturas y, mucho menos, regresar a Europa. Mary expuso en galerías de Nueva York y Chicago, donde recibió buenas críticas y no vendió ningún cuadro. Estaba a punto de tirar la toalla cuando el arzobispo de Pittsburgh, admirador de su técnica, le encargó la copia de dos cuadros de Coreggio que estaban en Parma. Mary no podía creer su suerte: ya no necesitaba la financiación paterna para volver a Europa, así que ni corta ni perezosa marchó a Italia. Allí, en Parma, fue muy bien acogida por la comunidad artística de la ciudad y su trabajo, altamente elogiado. Tras terminar el encargo del arzobispo, decidió viajar por España, Bélgica y Holanda para conocer en primera persona a los grandes maestros barrocos: Velázquez, Ribera, Rembrandt y Hals desfilaron ante los ojos hambrientos de arte de Mary que, en 1874, decidió establecerse definitivamente en París. Su apartamento se convirtió en un punto de encuentro para los jóvenes artistas que llegaban a la ciudad, sobre todo si eran mujeres. Una de esas artistas fue Abigail May Alcott, hermana de la escritora Louisa May Alcott (que se inspiró en ella para el personaje de Amy en su célebre novela Mujercitas), que recogió tan bien los consejos de Mary que en 1877 uno de sus cuadros fue aceptado en el Salón en lugar de los de su mentora. La relación entre Mary Cassatt y el Salón de Otoño se tornó difícil: volvió a enviar cuadros, sí, pero pronto entró en conflicto con la organización de la exposición. Criticaba públicamente que las mujeres artistas fueran ignoradas a menos que tuvieran un protector o un amigo entre el jurado. “Yo no voy a flirtear con nadie para que cuelguen mis cuadros” dijo en voz bien alta.

Las puertas cerradas del Salón de Otoño supusieron, sin embargo, la entrada de aire fresco en la vida y en la obra de Mary Cassatt. Edgard Degas, un pintor al que ella admiraba profundamente (sobre todo su técnica con el pastel), la invitó a formar parte de la exposición de los Impresionistas. El rechazo del Salón había decidido a Mary a abandonar el estilo clásico y este grupo de artistas le ofrecía la oportunidad de probar nuevos desafíos. Entabló amistad con Edgard Degas y con otra mujer pintora, Berthe Morisot, alumna y cuñada de Edouard Manet. Y mantuvo una excelente relación con los otros miembros del grupo: Monet, Renoir, Pissarro o Sisley.

La imagen muestra un cuadro en el que aparecen dos mujeres jóvenes, tomadas en plano medio, que están sentadas en el palco del teatro. Una de ellas está de espaldas, como si el espectador compartiera el palco con ellas, y la otra, a su lado, mira con atención al escenario con un par de pequeños prismáticos. Pulse para ampliar.

Mary Cassatt – “En el palco” (1879)

El contacto con los impresionistas supuso un cambio en la pintura de Mary Cassatt: su paleta se aclaró y la luz, que siempre le había fascinado, se convirtió en la protagonista de sus cuadros. Aplicó la técnica abocetada para crear las sensación de inmediatez y de momento. Pero no cambió la temática de sus obras. Sus protagonistas siguieron siendo, en la mayor parte de los casos, las mujeres. Mujeres pensativas, solas o en grupo, en actitud cariñosa con niños o absortas en sus labores o lecturas. Mujeres por cuyas cabezas y corazones cruzaban pensamientos y emociones que podían adivinarse en un gesto o en una mirada.

La imagen muestra un cuadro en el que aparecen dos mujeres sentadas en un sofá de un salón decorado en tonos rojos. Ante ellas hay una mesa, de color rojo también, sobre la que hay una bandeja con tazas y una tetera. Una de ellas mira ensimismada hacia el lado izquierdo mientras la otra bebe de su taza de te, que le tapa la cara. Pulse para ampliar.

Mary Cassatt – “El te de las cinco” (1880)

La imagen muestra un cuadro en el que se ve a una mujer joven, vestida de blanco, sentada en una silla en un jardín. Está a la sombra y con ambas manos sostiene una pequeña labor de costura que mira con atención. Pulse para ampliar.

Mary Cassatt – “Mujer cosiendo al sol” (1882)

Edgar Degas se convirtió en su mentor: bajo su influencia Mary revisó su trazo, el uso del color y la luz o la composición de sus cuadros. En esto último Degas era un auténtico maestro, un pintor que utilizaba el caballete como si fuera una cámara fotográfica. Fue Degas también quien animó a Mary a probar suerte con el grabado. Su relación fue muy estrecha, algo sorprendente en un hombre tan misógino, gruñón, susceptible y difícil como era Edgard Degas. Pero el talento de Mary hizo que se rindiera ante ella. A regañadientes, sí, pero se rindió.

La imagen muestra a un hombre remando de espaldas al espectador y tras él, y de frente, una muejer sonriente que lleva un bebé en brazos. Sólo se ve parte del bote, como si fuéramos de paseo con ellos. El agua está calma y es de un color azul intenso. Pulse para ampliar.

Mary Cassatt – “Paseo en barca” (1884)

La imagen muestra un grabado en el que aparece una mujer de pie ente un espejo vertical con un vestido de color claro. Delante de ella y agachada hay otra mujer (de espaldas a nosotros) que le está recogiendo los bajos del vestido (como se puede apreciar en el reflejo de sus manos en el espejo). Pulse para ampliar.

Mary Cassatt – “El arreglo del vestido” (1890). Puntaseca y aguatinta.

Los padres y la hermana de Mary se trasladaron a París para vivir con ella. Su padre seguía negándole la financiación para su pintura y Mary se veía obligada a vender cuadros para seguir trabajando. A pesar de las malas críticas que las exposiciones impresionistas tenían entre el público más conservador, las obras de Mary y Degas eran alabadas con unanimidad. Poco a poco fue consolidando su fama y pudo dedicarse a pintar con toda tranquilidad. Sólo una vez dejó de hacerlo: cuando su hermana Lydia murió, en 1882, dejándola sin su modelo preferido y sin su amiga del alma.

A pesar de que el Impresionismo abrió a Mary las puertas de un nuevo estilo, no permaneció fiel a él. La influencia de Degas (cuyo estilo nunca dejó de depender de la línea) y el descubrimiento del grabado japonés con sus colores planos y siluetas definidas animaron a Mary a probar otras vías expresivas.

La imagen muestra un grabado donde una mujer de pie y de espaldas a nosotros, con el vestido desabrochado y bajado hasta la cintura, se está lavando la cara en una jofaina situada sobre un mueble lavabo de madera. la habitación está decorada en tonos azulados que contrastan con la piel blanca de la mujer. Pulse para ampliar.

Mary Cassatt – “El baño” (1891). Puntaseca y aguatinta.

Su fama como pintora y entendida en arte la convirtieron también en referente para muchos coleccionistas norteamericanos que recorrían Europa en busca de nuevos talentos artísticos. Una amiga de la infancia, casada con el magnate del azúcar Henry Osborne Havemeyer, le pidió que les acompañara en un viaje por Italia y España con el fin de adquirir cuadros para su colección. Una colección que ahora es una parte realmente importante de los fondos del Metropolitan Museum of Art de Nueva York.

La imagen muestra un cuadro en el que se ve a una mujer vestida en tonos amarillos, sentada en una silla verde, que sostiene en su regazo a un niño rubio desnudo. El niño está casi de espaldas al espectador pero vemos su rostro porque la madre le enseña un espejo donde se refleja su cara. Ambos, además, están reflejados en un espejo colgado en la pared detrás de ellos. Pulse para ampliar.

Mary Cassatt – “Madre e Hijo” (1905)

Mary Cassatt no dejó de viajar para seguir aprendiendo del arte de otras culturas. En 1910, una visita a Egipto y la visión de las obras de su antigua civilización la dejaron absolutamente anonadada, reflexionando sobre sí realmente ella podía aportar algo al arte. Aunque pronto se repuso del shock y siguió pintando hasta que la diabetes y las cataratas que sufría la dejaron casi ciega en 1915. Eso fue lo único que le hizo abandonar los pinceles.

Cuando se habla del nacimiento de la vanguardia artística a finales del siglo XIX con el grupo de pintores impresionistas es fácil recitar de carrerilla los nombres de los grandes pintores del grupo: Claude Monet, Auguste Renoir, Edgard Degas, Camille Pissarro, incluso el olvidado Alfred Sisley se menciona antes que a las dos mujeres que formaron parte de él. Un olvido común pero injusto, sin duda.

No en vano el cascarrabias que era Edgard Degas no pudo evitar elogiar el talento de su amiga. A su manera, claro. Pero viniendo de él, su alabanza debió sonar a cántico celestial en los oídos de Mary:

“La mayoría de las mujeres pintan como si estuvieran adornando un sombrero.
Tú, no.”

La imagen muestra una fotografía en la que se ve a la pintora cortada a la altura del busto. Lleva un traje oscuro, el pelo completamente blanco recogido en un moño elaborado en lo alto de su cabeza y tiene una expresión triste, aunque sus labios parecen sonreír un poco. Pulse para ampliar.

Mary Cassatt (c. 1900)

Seda

Los pintores que formaron el grupo llamado de los Impresionistas empujaron la pintura hacia el siglo XX y la vanguardia. Aunque sus obras puedan parecernos hoy en día poco innovadoras (ahora que nuestro ojo se ha acostumbrado a la estética de vanguardia) en su momento no lo fueron: supusieron la ruptura con el modo de representación convencional de  la realidad al centrarse en la luz y su reflejo (y, por extensión, en los colores que derivaban de ello) y dejar de lado la línea y el dibujo para utilizar sobre todo la mancha de color. Esa no fue la única aportación del Impresionismo a la modernidad pictórica: como artistas, supieron sobreponerse al gusto burgués e inauguraron una nueva relación entre el artista y el cliente. Los mecenas patrocinaban obras que no eran encargos detallados sino muestras de la creatividad y de las experimentaciones del artista. Y, conscientes de la importancia de los flujos económicos en plena Revolución Industrial, introdujeron la pintura como valor de mercado, jugando conscientemente con su posición como artistas para revalorizar el precio de sus cuadros.

Los nombres de los pintores impresionistas son conocidos por casi todo el mundo: Claude Monet, Pierre-Auguste Renoir, Camille Pissarro, Frederic Bazille o incluso Paul Cezanne, que comenzó formando parte del grupo impresionista aunque luego derivó en otras investigaciones. También nos resultan más que familiares los nombres del pintor que inspiró a los jóvenes artistas que crearon este movimiento, Edouard Manet; y el de otro pintor de prestigio vinculado a ellos: Edgar Degas. Incluso nombres de pintoras como Berthe Morisot o Mary Cassatt nos pueden llegar a sonar lejanamente. Todos ellos fueron parte de la primera exposición de pintores impresionistas de 1874 (excepto Manet, Bazille -muerto en la guerra franco-prusiana en 1871- y Mary Cassatt, que no expondría con el grupo hasta la cuarta exposición en 1879). Todos ellos y un joven pintor de origen inglés pero nacido en Francia, compañero de academia de Monet, Renoir y Bazille. El impresionista olvidado. El delicado y poético Alfred Sisley (1839-1899).

Sisley era hijo de un comerciante de seda inglés afincado en Francia. La familia tenía una posición económica desahogada y cierta consideración social. Alfred vivía despreocupadamente  dedicándose a sus estudios y a lo que le apasionaba: el dibujo y la pintura. Como en tantas historias de otros tantos artistas, el padre de Sisley esperaba que su hijo continuase con el negocio familiar y con ese fin le envió a Inglaterra a formarse en el campo de los negocios. El muchacho permaneció allí durante cuatro años, estudiando economía, derecho y todo aquello que le pudiera servir para continuar la tradición paterna. Pero también aprovechó para empaparse de la belleza de los paisajistas ingleses, sobre todo de Turner y de Constable, pintores románticos cuya melancolía, expresividad y dominio del color y de la pincelada le influyeron notablemente. Cuando regresó a Francia lo hizo con la firme determinación de dedicarse exclusivamente a pintar. El padre acabó aceptando la decisión de su hijo y el hecho de que la seda con la que comerciaba no poseyera la suficiente belleza como para atraerlo al negocio.

Sisley se formó en la Escuela de Bellas Artes de París pero también asistía a las clases de arte que impartía en su taller el pintor Gleyre. Allí coincidió con tres jóvenes aspirantes a artistas con los que entabló amistad: Frederic Bazille, Claude Monet y Pierre-Auguste Renoir. Juntos decidieron que el arte académico non les llenaba y que debían probar nuevas formas de representar la naturaleza: comenzaron a pintar al aire libre, algo impensable pocos años atrás pero favorecido por la aparición en el mercado de las pinturas de fabricación industrial presentadas en tubos, lo que evitaba que el pintor tuviera que mezclar pigmentos y aglutinantes él mismo. El concepto de arte que tenían estos jóvenes chocaba frontalmente con el arte defendido (y patrocinado) por los estamentos más elevados de la sociedad: para reflejar la inmediatez del paisaje en un determinado momento (porque éste se modifica con los cambios de luz) utilizaron la técnica del abocetamiento, con pinceladas cortas, separadas, prescindiendo muchas veces de la línea que delimita las formas, de modo que era el ojo del espectador el que debía, a través de la percepción, conformar un conjunto más o menos reconocible. Esa técnica daba a sus cuadros el aspecto de inacabados y transmitía una sensación de rapidez, de instante, de impresión de un momento que al minuto siguiente cambiaría.

Alfred Sisley - "El Sena en Bougival en invierno " (1872) - La imagen muestra un paisaje en el que en primer plano aparece un montículo nevado. A la derecha, el río en tonos amarillos y rojizos y los árboles en ambas márgenes desprovistos de hojas y en tonos castaños y rojos también. El cielo está parcialmente cubierto de nubes y alterna tonos azules y amarillentos. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – “El Sena en Bougival en invierno ” (1872)

La vida de Alfred Sisley discurría plácidamente dedicada a la pintura, con la tranquilidad que le daba el respaldo económico del negocio familiar y la asignación mensual que le pasaba su padre. Comenzó una relación con Eugenie Lesouezec con la que tuvo dos hijos. Sus cuadros fueron admitidos en el Salón de Otoño de 1868, la exhibición anual donde se mostraba el arte lo que significaba ser aceptado por el público burgués (aunque las obras de Sisley no recibieron ni buenas críticas ni su venta supuso un aumento de los ingresos). Todo ello fue bruscamente interrumpido por el estallido de la guerra franco-prusiana, que significó el fin del II Imperio Francés, la definitiva unificación de los estados alemanes en un sólo país (y en la principal potencia económica europea) y la ruina del negocio de la familia Sisley. Alfred y su familia se refugiaron en Inglaterra durante el conflicto y volvieron a Francia sólo después del establecimiento de la normalidad política tras la derrota francesa y el episodio de la Comuna de Paris. Pero la vida ya no sería tan fácil para él: a partir de ese momento tuvo que subsistir única y exclusivamente de la venta de sus cuadros y hasta su muerte su vida transcurrió en la pobreza. Su carácter reservado y serio y su falta de interés en la promoción de su obra le diferencian de otros colegas impresionistas como Monet o Renoir. Abandonó París para vivir, de modo mucho más asequible, en diversos pueblos cercanos a la capital que le ofrecían el entorno paisajístico que él deseaba.

Alfred Sisley - Camino en Louvenciennes (1873) - La imagen muestra un paisaje en el que se aprecia, a mano izquierda u vallado con un jardína detrás. En el centro, y dirigiéndose hacia el fondo, un camino de tierra en el que se aprecia una figura femenina caminando. Y hacia el fondo, muros, casas y árboles bajo un cielo cargado de nubes de tormenta. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – Camino en Louvenciennes (1873)

A veces conseguía patrocinadores para sus obras, como cuando el barítono francés Jean-Baptiste Fauré le financió, en 1874, un viaje a Gran Bretaña que aprovechó para pintar magníficos paisajes y también para casarse con Eugenie.

Alfred Sisley - Puente en Hampton Court (1874) - la imagen muestra un puente en perspectiva desde el lado izquierdo del encuadre que atraviesa el río que se observa en primer plano. al fondo se aprecia la orilla con un prado donde se ve gente y árboles al fondo. El cielo es de un azul brillante aunque con abundantes nubes blancas. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – Puente en Hampton Court (1874)

Sisley es un artista poco estudiado. Nunca tuvo ni la fama ni la consideración de sus otros colegas impresionistas: apenas existen ensayos sobre su obra, ni siquiera en el siglo XX, cuando su figura comenzó a ser considerada. A ello contribuye la escasa información que hay sobre él: no existen noticias o escritos autobiográficos, entrevistas o cartas personales en las que revele algo sobre su concepto de la pintura. Sólo queda su obra. Una obra que entronca directamente con el paisaje holandés del siglo XVII (sobre todo con Ruysdael) pero también con el romanticismo de Turner, Constable y, sobre todo, Corot cuyo concepto de la construcción de espacio a través del volumen dado por los planos de luz, geometrizando de algún modo las estructuras visibles está claramente presente en la obra de Sisley. Como también lo está en paisaje realista de Courbet o de los pintores de la Escuela de Barbizón. Todas esas influencias confluyen en Sisley en un estilo que recoge la expresividad emocional a través de los elementos de la Naturaleza y los refleja con una técnica nueva. A diferencia de otros pintores impresionistas, el estudio de la luz se combina en Sisley con el sentimiento. siempre contenido, nunca excesivo pero igualmente presente.

Alfred Sisley - Barca en las inundaciones de Port-Marly (1876) - La imagen muestra un edificio en perspectiva en el lado izquierdo del encuadre, al que el agua llega hasta el primer piso, aproximadamente. Cerca de él, hay una barca con un hombre en su interior. Al fondo, una hilera de árboles parcialmente sumergidos en el agua. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – Barca en las inundaciones de Port-Marly (1876)

Algunos autores reducen la aportación de Sisley al impresionismo a sus obras de la primera mitad de la década de los 70 del siglo XIX, calificando el resto de mera repetición de patrones y sentenciando que el pintor fue víctima de su propio estilo. Nada más lejos de la realidad. Su dominio de los esquemas compositivos da a su obra la libertad de expresión que el resto de los pintores impresionistas lograba a través del encuadre casi fotográfico. Sisley no utiliza el caballete como una cámara, tal y como hacían Renoir o Degás. Partiendo de unos planteamientos más académicos, sus paisajes son igualmente impactantes debido a la perfecta organización de los elementos, de las líneas de recorrido visual a modo de escorzos arquitectónicos o caminos que introducen al espectador en el cuadro y le sitúan bajo cielos contundentes y livianos al tiempo, en los que es fácil apreciar la influencia de Constable.

Alfred Sisley - Prado (1875) - La imagen muestra un paisaje de un prado con colinas de relieve suave en último plano y un pequeño grupo de árboles en el lado derecho. Todo está representado en tonos verdes y amarillentos, salvo el cielo, azul salpicado de nubes blancas. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – Prado (1875)

Sus últimas obras muestran una fuerza visual que desmiente la acusación de sucumbir a su propio estilo. La luz sigue siendo la principal protagonista pero sin dejar de traslucir las emociones reflejadas en el paisaje. Unas emociones que nunca desbordan el lienzo, quizá reflejo del propio carácter del pintor, pero que invitan al paseo silencioso y reflexivo.

Alfred Sisley - El camino del bosque. Veranillo de San Martin (1880) -La imagen muestra un camino en primer plano, bordeado de árboles en los que las hojas tienen un color rojizo. En la parte izquierda se aprecia el río, en tonos aúles grisáceos y la otra orilla, alejada, en tonos marrones tambien. El cielo aparece de color azul plomizo. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – El camino del bosque. Veranillo de San Martin (1880)

Alfred Sisley - La iglesia de Moret (1894) - La imagen muestra la vista desde un ángulo de una iglesia gótica, con una torre en el lado derecho, tejados rojos, iluminada por el sol en la parte superior mientras que en la inferior se ve la sombra azulada que proyectan los edificios de enfrente (fuera del encuadre). La iglesia está vista desde abajo, en contrapicado y se recorta sobre un cielo azul brillante. Pulse para ampliar.

Alfred Sisley – La iglesia de Moret (1894)

Alfred Sisley es el gran olvidado del impresionismo. Incluso lo fue para sus propios compañeros de movimiento, cuyos intereses artísticos – y económicos y sociales-  iban en otras direcciones. Su obra es conocida, pero no ha sido analizada en profundidad, arrinconada tras el brillo de la de Monet o de Renoir, incluso de la de Pissarro o Degas. Una obra que merece una visión más pausada, más serena. con la que poder disfrutar de una técnica que convierte el paisaje en un tejido sutil, liviano, deslumbrante y, al mismo tiempo, capaz de abrigar el alma con su calidez.

Alfred Sisley:  el pintor que transformó la Naturaleza en la seda más hermosa.

Pierre-Auguste Renoir - Retrato de Alfred Sisley (1868) - la imagen muestra un retrato en plano medio largo de un hombre joven, sentado, con las piernas cruzadas , la mano izquierda en el bolsillo del pantalón y la derecha descansando sobre el brazo del sillón. Viste pantalón y chaqueta gris, chaqueta negra y pañuelo blanco al cuello. Tiene el pelo y la barba pelirrojos y nos observa con gesto serio. Pulse para ampliar.

Pierre-Auguste Renoir – Retrato de Alfred Sisley (1868)

Contemplad el rostro de las damas…

Guarda la donna in viso…e non la amar se puoi.

Con estos versos de Carlo Goldoni comienza una de las arias de La finta semplice, ópera compuesta por Wolfgang Amadeus Mozart a la edad de 12 años. La ópera es un dramma giocoso lleno de enredos amorosos alrededor de la figura de la mujer como elemento lleno de belleza, ingenio, picardía y promesas de amor. O, lo que es lo mismo, retrata el concepto que de la mujer se tenía a finales de la Época Moderna y que no difiere tanto del existente en épocas anteriores y, por desgracia, posteriores, en donde la parte femenina se entendía como un elemento ornamental, pasivo, sumiso y, como mucho, garantizador de linaje.

La Historia del Arte tampoco ha dejado mucho espacio para “ellas”, ni siquiera desde mediados del siglo XX, cuando la mujer se incorporó ya de modo usual al campo de la investigación y la docencia universitaria. Si echáramos mano de las letras del soul y de James Brown podríamos decir que “este es un Arte de hombres” en donde la mujer ha jugado el papel (importante, no cabe duda) de musa inspiradora, de mecenas a veces, de manzana de la discordia, de camino de perdición, de madre amantísima, de modelo sumisa…pero en el que apenas aparece como elemento activo. Como artista.

Obviamente, la producción artística es reflejo de la sociedad en la que surge. Y si ésta atribuye a la mujer un papel secundario, esa misma posición tendrá en el arte. Si la mayor parte de las profesiones estaban vetadas para ellas, la de pintora, escultora, arquitecta u orfebre no iban a ser menos. En Occidente, además, la influencia de la Iglesia Católica contribuyó a demonizar a aquellas mujeres con iniciativa por adentrarse en el mundo del saber: ya había llegado con que una, la primera, hubiera cometido el terrible pecado de probar la fruta del árbol del Conocimiento y condenar así a toda la Humanidad a cargar con el Pecado Original. El ansia de conocimiento era visto como un signo maligno, así que si las mujeres querían adquirirlo debían hacerlo en la clandestinidad.

Un modo bastante frecuente de acceder al conocimiento era ingresando en una orden religiosa o bien continuar siendo seglar pero viviendo retirada en una comunidad monástica. Este fue el caso de una de las primeras pintoras cuyo nombre se conoce en Occidente. Se llamaba En (o Ende, según las fuentes) y fue quien realizó las magníficas ilustraciones del Beato de Girona en el 975:

Ende es la primera mujer artista documentada en Europa, anterior en dos siglos a las alemanas Guda y Claricia, también pintoras. Su condición de “sierva de dios” (tal y como se define en el Beato de Gerona) la sitúan probablemente como monja o, en su defecto, como seglar viviendo en retiro monástico. Cómo llegó a ser la ilustradora de una obra obra tan importante continúa siendo un misterio, ya que el resto de los ilustradores medievales conocidos en España son hombres.

En los siglos posteriores, surgieron otras mujeres artistas, sobre todo pintoras. Es el caso de Sofonisba Anguissola, cuyo retrato de Felipe II cuelga en el Museo de Prado. O el de Artemisia Gentileschi, considerada una de las primeras representantes del tenebrismo barroco y cuya vida tiene todos los ingredientes de una novela (y también de un drama, todo hay que decirlo, en el que entran violaciones y torturas de la Inquisición). Sofonisba conoció a Miguel Ángel e incluso recibió lecciones de él. Artemisia fue correspondente durante varios años de Galileo Galilei. Todas ellas fueron admiradas y contratadas por reyes, papas y nobles. Pero sólo pueden considerarse casos aislados: la enseñanza del arte estaba vetada para las mujeres y si ellas accedieron al aprendizaje de la pintura fue porque ambas eran hijas de pintores que se encargaron de su formación. Otras no tuvieron tanta suerte.

Pertenecer a una familia de pintores también abrió las puertas del arte a Elisabeth Vigèe-Lebrun y a Angelica Kauffmann, mujeres largamente admiradas en su época que se dedicaron, sobre todo, al mundo del retrato. Vigèe-Lebrun fue miembro de la Academia Francesa y se codeó con María Antonieta (a quien retrató), Catalina la Grande o Lord Byron. Kauffmann fue una artista venerada en vida, amiga de Sir Joshua Reynolds y Goethe, colaboradora en los diseños de muebles de Sir Robert Adam y sus cuadros cuelgan en importantes museos del mundo:

En el siglo XIX, los cambios sociales y económicos impulsaron un mayor acercamiento de la mujer al mundo del arte y, sobre todo, una mayor aceptación (y aún así, muy escasa) de su presencia en grupos de artistas o en exposiciones colectivas. Es el caso de Berthe Morisot, cuñada de Edouard Manet y uno de los dos pintores en exponer en todas las colectivas del grupo expresionista. O Mary Cassat, pintora norteamericana impresionista que se convirtió en un refente y apoyo para aquellas mujeres que querían dedicarse profesionalmente a la pintura. Y qué decir de la personalidad arrebatadora y arrebatada de Camille Claudel, modelo, discípula y amante de Auguste Rodin y Claude Debussy, escultora de genio reconocido en su época pero a la que el mundo del arte relegó a un segundo plano frente a la obra de su maestro.

El siglo XX abrió la puerta del mundo del arte a las mujeres a través de las vanguardias pero también gracias a otros medios como el derecho a sufragio, la posibilidad de participar en política y, por lo tanto, legislar o el libre acceso a los estudios. Hoy en día casi puede hablarse de cierto equilibrio entre la consideración artística entre hombres y mujeres (la cotización económica sería otro tema de debate), pero eso es algo que resulta más tangible en determinados campos (arquitectura, diseño o moda) que en el de la pintura o en el de la escultura. Y si bien los avances sociales y políticos del siglo XX han contribuido a lograrlo, esto no hubiera sido posible sin estas pioneras que desafiaron las normas sociales y culturales de la época para dedicarse a aquello que amaban.

Contemplad, pues, el rostro de las damas…y no las admireis, si podeis.