El Ojo En El Cielo

Blog de arte. Reflexiones sobre arte, diseño y comunicación.

Mes: julio, 2012

Traduttore, traditore

El pasado més de junio se cumplió el trigésimo aniversario del estreno de Blade Runner, la adptación al cine de la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? dirigida por el inglés Ridley Scott. En el momento del estreno de la película, Dick era considerado un autor de culto entre los aficionados a la ciencia ficción al que no se le podía calificar de “popular”, por lo menos en el modo en que lo eran otros escritores como Isaac Asimov, Arthur C. Clarke o, incluso, Ray Bradbury. Sin embargo, el escritor contaba con un nutrido grupo de admiradores que eran capaces de identificar de inmediato sus peculiares universos. Y la gran mayoría de esos admiradores concluyeron que Blade Runner había conseguido captar en imágenes la esencia de los mundos descritos por Philip K. Dick.

La clave está precisamente en la palabra “esencia”, porque Blade Runner dista mucho de ser una adaptación literal de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?. Entre la novela y la película existen numerosas variantes, comenzando por el propio título. Además, la acción se trasladaba desde el San Francisco de la obra original a Los Ángeles y se daba una fecha concreta para los acontecimientos: el año 2019. Aunque los cambios más radicales tenían que ver con los personajes, muchos de los cuales desaparecían en el guión de la película, entre ellos el de la mujer del protagonista y el del profeta Mercer. Incluso no quedaba ni rastro de la oveja mecánica que era la posesión más preciada de Deckard.Y, sin embargo, los seguidores de Dick decidieron que el universo oscuro y paranoico del autor estaba perfectamente reflejado en la película.

Este hecho nos debe hacer reflexionar sobre una cosa: la traducción literal de algo no es siempre la más exacta. Si el guión de Blade Runner hubiera contemplado las tramas paralelas de la novela original, la multitud de personajes que aparecen y desaparecen con facilidad pasmosa y la indefinición del tiempo y del espacio en el que trascurre la acción, probablemente el resultado final no hubiera satisfecho a la crítica, al público o a los seguidores de Philip K. Dick. y sin embargo, con sus aparentes mutilaciones con respecto al original, Blade Runner se ha convertido en un referente estético y cinematográfico.

La razón de esta identificación puede explicarse debido a que el estilo narrativo de Dick no es precisamente uno que se caracterice por el excesivo detalle en cuanto a describir ambientes, escenarios o incluso personajes. La acción suele desarrollarse de un modo muy precipitado y el transcurso de la misma viene descrito -en la mayor parte de las ocasiones- en los diálogos de los personajes. Por ello el estilo de Dick ha sido calificado más de una vez como “cinematográfico”. Esta indefinición descriptiva permitió a los diseñadores artísticos (con el propio Ridley Scott al frente) crear un entorno en el que el futuro se mostrara como una paradoja: la ciudad de Los Angeles como una megaurbe dominada por la tecnología pero, al mismo tiempo, condicionada por los vestigios de su pasado. Y eso se refleja en la película en el concepto de ciudad como elemento hostil e intransitable que no ha podido adaptarse a la evolución tecnológica ni al cambio climático que la asfixia en una lluvia continua, casi monzónica.

Uno de los aciertos de la dirección artística de la película fue traducir esa paradoja utilizando una estética que reunía el progreso tecnológico y una mirada al pasado. El vestuario y maquillaje de los actores evocaba aquél de las películas de cine negro de los años 30 y 40 (sombreros, gabardinas, corbatas estrechas, tupés, hombreras, chalecos, etc..) y se mezclaba con tribus punkies, ropa de plástico y lurex, tachuelas metálicas… Aparentemente esta mezcolanza no podía dar como resultado nada comprensible, pero sin embargo, en conjunción con el diseño del entorno urbano, transmitió al espectador la idea coherente de que el futuro estaba construido sobre las bases de un pasado que aún no se había ido del todo.

Hay pocos lugares de Los Ángeles que se reconozcan en Blade Runner. Tres de ellos son edificios históricos: el Bradbury Building, de finales del siglo XIX, se convierte en el edificio de apartamentos casi abandonado donde vive el ingeniero J.F. Sebastian:

La comisaría de policía se aloja en el vestíbulo de Union Station:

Y la pirámide Tyrrel toma como base la casa Ennis Brown, construida por Frank Lloyd Wright:

Estos dos últimos edificios se construyeron en la década de los 30, con lo cual su estética contribuye a unificar cronológicamente escenario y vestuario, envolviendo todo con un aire Art Decò. Blade Runner no es la traducción palabra por palabra de aquello que Philip K. Dick imaginó y escribió. Es más una interpretación de aquello que está implícito en la novela: el entorno hostil en el que se tiene que mover el hombre, la soledad, la deshumanización del hombre y la humanización de la máquina, la empatía y, sobre todo, la duda sobre qué significa ser humano.

Scott tradujo todo eso traicionando las palabras, pero mostrando su verdadero significado. Será cierto que el traductor es un traidor: pero un buen intérprete nos abre los ojos – y los oídos- a maravillas inaccesibles.

Elogio de lo imperfecto

Perfacio, -i, -ere, perfeci, perfactum: Verbo latino que significa “terminar de hacer”. Y del que de su forma de participio deriva nuestra palabra “perfecto” o, lo que es lo mismo, “totalmente acabado”.

La perfección, atendiendo a su etimología pero también al significado que se le ha aplicado a lo largo del tiempo, indica que nada puede ser añadido a lo que se ha hecho porque desequilibraría el conjunto. El arte ha buscado en la perfección su razón de ser, el objetivo final de su trabajo y de ese modo se ha convertido en la base de la ordenación académica de las Bellas Artes: encontrar la forma perfecta, la proporción perfecta, la línea perfecta, la perspectiva perfecta, la técnica perfecta para poder realizar la obra perfecta…

¿Y qué pasaría una vez alcanzada esa perfección? ¿La repetición ad infinitum de las normas aplicadas? ¿Un modelo que se repite de forma monótona puede considerarse perfecto? Por fortuna, la Historia del Arte está llena de ejemplos de cómo la supuesta perfección alcanzada en un determinado período viene sucedida de otros en los que se exploran nuevos caminos expresivos que den sentido a la obra de arte y a su relación con el artísta y el espectador. Al periodo clásico griego siguió el helenístico, en donde la contención y mesura anterior dio paso a la expresividad y al eclecticismo:

El Renacimiento, entendido como periodo artístico, supuso la cima de esa perfección que habían estado buscando los artistas desde el periodo clásico y que se había disipado completamente tras la caída de Imperio Romano. Y dentro del Renacimiento, la figura de Rafael Sanzio supuso la culminación de esa búsqueda. Rafael significa para el arte académico el límite que ya no se puede traspasar sin caer en el amaneramiento o en la deformación:

De hecho, el periodo inmediatamente posterior al Alto Renacimiento se denomina Manierismo, indicando así la tendencia al exceso (que llegará a su máximo nivel en el Barroco) que le caracteriza, como puede verse en las obras de Pontormo, con sus colores brillantes, o en la de El Greco (alumno que fue de otro gran pintor manierista, el Parmigianino), en donde la deformación cobra gran protagonismo:

Durante el periodo barroco hubo una serie de artistas que investigaron acerca de la representación de la realidad para hacerla menos perfecta pero más ajustada. Velázquez, Rembrandt o Franz Hals utilizaron la técnica del boceto (es decir, con pinceladas sueltas y cortas, sin un acabado definido) para intentar transmitir la sensación de inmediatez a través del color y de la luz:

Una de las consecuencias de este acabado “imperfecto” es la inmediata atracción que siente la vista por las imágenes hechas de este modo. La razón es muy sencilla: nuestro cerebro tiende a completar elementos que aparecen fragmentarios en un imagen hasta representar mentalmente un objeto conocido. Es lo que se denomina “principio de clausura” o de “completación de la figura”. Así, cuando vemos algo incompleto, nuestro cerebro rellena las posibles lagunas y nuestra atención se centra más en el objeto.

De esto último podría deducirse que la imperfección es bella, que nos atrae, que nos produce una cercanía mayor que la perfección fría e inalcanzable. ¿Será por eso que Ingres siempre resulta mucho más fascinante que su maestro David?:

El espectacular dominio que Ingres tenía de la técnica no le impidió representar sus figuras con una anatomía absolutamente deformada que, sin embargo, resulta tremendamente cercana y real.

La imperfección, si es que puede llamarse así, nos resulta más cercana por su dinamismo. Aquello completamente terminado, aquello “perfecto” resulta perceptivamente inamovible e inmutable. Un cuadro de Ingres o uno de cualquiera de los pintores impresionistas (que retomaron la técnica del boceto ya ensayada en el Barroco para intentar reflejar la luz en un instante) nos presenta una realidad mutable y nueva con cada visión. Somos nosotros los que completamos el volante del vestido, la hoja del árbol, el rayo de sol sobre la tierra del camino. El siglo XIX fue la puerta a todas esas investigaciones de vanguardia que permitieron que el arte evolucionara de manera vertiginosa en pocos años.

Dijo Salvador Dalí en una ocasión: “Jamás temas a la perfección. Nunca la alcanzarás”. Los artistas del siglo XIX se liberaron del miedo a no alcanzar lo perfecto haciendo elogio de su prima pobre, la imperfección. Fue una apuesta arriesgada que encontró el rechazo de muchos sectores, sobre todo académicos. Pero ellos, como nosotros, sabían lo que conmueven los primeros pasos de un niño y el impulso que surge en nosotros de ayudarle a caminar. Del mismo modo, el espectador se inclina sobre la obra para intentar comprenderla y completarla, rehacerla mentalmente hasta que adopta una forma identificable y entonces, admirarla.

La voz más perfecta no es la que mejor transmite el mensaje. ¿Cuál es el mejor “te quiero”? ¿Aquel que llega sin problemas perfectamente modulado a la última fila del patio de butacas? ¿O acaso es el que se quiebra con la emoción cuando es susurrado al oído?

Cada quien que escoja el suyo.