El Ojo En El Cielo

Blog de arte. Reflexiones sobre arte, diseño y comunicación.

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Un maragato en la corte del rey Arturo

“This unimportant morning
something goes singing…”
(En esta mañana sin importancia
algo va cantando…)

Lawrence Durrell. Poeta y novelista inglés (1912-1990)

Edward Johnston podría haber sido el primer médico (y probablemente el último) que se hubiera hecho famoso por su caligrafía clara, hermosa, legible y proporcionada. Sin duda eso le hubiera otorgado un puesto de honor en el Olimpo de los galenos, el respeto del gremio de boticarios y la admiración (y el agradecimiento) de los pobres mortales que dependieran de la exactitud de sus recetas. Pero ¿por qué ser médico si el mundo estaba lleno de hermosas inscripciones que copiar? O digamos que, más que el mundo, quien contenía todo aquel muestrario de letras era el Museo Británico, que para el caso viene a ser lo mismo.

Así que Edward Johnston decidió ser calígrafo. Una elección ciertamente extraña para el descendiente de un militar escocés que se encontraba por motivos de trabajo en la ciudad de San José de Mayo, Uruguay, cuando nació su hijo. Edward se convirtió en un escocés maragato -así se llaman los oriundos de la ciudad uruguaya por haber sido fundada por emigrantes españoles procedentes de Astorga (León)- por lo menos hasta que su familia regresó a Inglaterra una vez que el padre había finalizado su contrato de trabajo. Como la salud del chico era débil, no asistió a la escuela y fue educado en casa por una tía que fomentó sus dotes artísticas. Pero el arte no era una profesión digna para un miembro de un linaje ilustre en el que figuraban desde aristócratas hasta miembros del parlamento, así que antes de ser calígrafo Edward tuvo que convertirse en médico. Pero cuando llegó la hora de ejercer su nueva profesión Johnston mostró una clara inclinación a aceptar los encargos que le hacían para diseñar letras y rótulos en lugar de auscultar cajas torácicas. Esos trabajos hicieron que se cruzara en su camino el arquitecto William R. Lethaby.

Lethaby había fundado la Central School of Arts & Crafts de Londres siguiendo la estela de los movimientos artesanales surgidos del Arts & Crafts de William Morris. Y en esa institución docente, la caligrafía estaba considerada como una asignatura esencial para la formación artística. Lethaby le presentó a Sydney Cockerell, que había sido ayudante y secretario de William Morris en la Kelmscott Press. Cockerell apreciaba el trabajo de Johnston pero lo consideraba excesivamente amateur, así que le aconsejó que no se limitara a copiar las caligrafías de los manuales y que fuera directamente a las fuentes originales. Que estudiara y analizara las caligrafías antiguas para poder reproducirlas de un modo casi científico. Y ningún lugar con más tesoros manuscritos que copiar que el Museo Británico. Johnston trabajó concienzudamente copiando letra tras letra tras letra. Y ese esfuerzo tuvo al final su recompensa: en 1899, sólo un año después de haber obtenido el título de doctor en medicina, Johnston fue contratado por Lethaby para ser el profesor de caligrafía en la Central School of Arts & Crafts.

La imagen muestra una hoja de papel totalmente cubiertas por letras de diferentes tamaños. En la parte superior hay un texto, después más abajo aparece otro con caligrafía diferente, en el medio un abecedario con letras minúsculas de gran tamaño y en los huecos que quedan, líneas con textos aleatorios que muestran diferentes tipos de letra. Pulse para ampliar.

Edward Johnston – Ejemplos de caligrafía

La actividad docente de Johnston no se limitó a la Central School of Arts & Crafts, donde estuvo hasta 1913. También fue profesor en el Royal College of Arts (desde 1901 hasta 1940). Y esta dedicación a difundir los secretos de las letras y sus formas -cuentan que no le llegaba un curso para analizar en profundidad las características de las letras romanas- le llevó a escribir el gran tratado moderno sobre caligrafía: en 1906 publicó Writing, Illuminating & Lettering (en este enlace se puede consultar online un facsimil de la edición original), un libro que sería el referente de calígrafos pero también de tipógrafos e impresores, como lo demuestra el hecho de que el renovador de la tipografía del siglo XX, el alemán Jan Tschichold, lo tuviera como manual de cabecera.

La imagen muestra un libro abierto en el que la página de la izquierda presenta un diagrama que resume de modo sintético la evolución de las caligrafías desde las mayúsculas romanas hasta las escrituras medievales. En la página de la derecha, comienza el capítulo I del libro en la parte dedicada a la escritura y a la decoración de los libros. Pulse para ampliar.

Edward Jonhston – Capítulo I de “Writing, Illuminating & Lettering” (1906) donde hace un resumen de la evolución de la caligrafía (mostrada también en el esquema que aparece en la página de la izquierda)

El prestigio de Johnston como profesor creció con el paso de los años: su entusiasmo al afrontar las clases, su minuciosidad y dedicación, su continuo trabajo sobre la forma de las letras le valió la admiración y el respeto de sus alumnos. Uno de ellos, el escultor y tipógrafo Eric Gill, le ofreció unirse a la comunidad artística que había fundado en Ditchling. Johnston se trasladó allí y residió en ese lugar con su familia hasta su muerte. Otra de sus alumnas, Anna Simmons, tradujo en 1910 su manual de caligrafía al alemán y eso le hizo famoso en Centroeuropa, además de convertirle en el referente de tipógrafos e impresores. De hecho, la imprenta Cranach con sede en Weimar, le contrató para realizar varios trabajos editoriales entre 1910 y 1930, entre los que destaca la soberbia edición de Hamlet para la que Johnston diseñó la tipografía del mismo nombre y que estaba ilustrada con xilografías de Edward Gordon Craig.

La imagen muestra un libro abierto. En la página izquierda, en la parte superior, hay una ilustración que ocupa el tercio superior. Debajo aparece el texto. que está dividido en dos cuerpos: un rectángulo central, justo debajo de la ilustración, que se corresponde con el texto original inglés y un campo de texto más estrecho, en el lado izquierdo e inferior que se corresponde con la traducción. En la página de la derecha se repite el mismo esquema en cuanto al texto (no hay ilustración): la parte central, un rectángulo con el texto en inglés y en la parte derecha e inferior, la traducción. Pulse para ampliar.

Edward Johnston (diseño y tipografía) – E. G. Craig (ilustración): “Hamlet” (edición bilingüe). Editorial Cranach. Weimar (1928)

Otra de las iniciativas de Johnston fue fundar y editar en 1913 una revista dedicada al arte de la impresión, tipografía, ilustración y caligrafía. Se llamó The Imprint y sólo se publicaron nueve números:

La imagen muestra la portada de una publicación en la que los márgenes están decorados con una orla realizada con motivos vegetales estilizados y geometrizados. En el espacio interior se dispone en la parte superior el titular de la revista (The Imprint) a gran tamaño y debajo de él el sumario de los contenidos junto con el nombre del autor del artículo en mayúsculas. Pulse para ampliar.

Edward Johnston – Portada de “The Imprint” (17 de abril de 1913)

Todo esto habría bastado para que Edward Johnston ocupara un capítulo propio en los libros de historia del diseño. Pero, en realidad, a Johnston se le concede el puesto de honor entre los diseñadores por otra cosa.

En 1915 el director del grupo de transporte de Londres, Frank Pick, encargó a Johnston, el maestro de las letras, una tipografía que sirviera para unificar la señalética del metro de Londres. Cada estación tenía pintados carteles con sus nombres utilizando tipografías diferentes y Pick estaba decidido a unificar su aspecto convencido de que aquello redundaría en una imagen de eficacia del servicio. Johnston aceptó el encargo y, sorprendentemente, diseñó la primera gran tipografía de palo seco de la historia. Él, que había analizado las letras romanas hasta la extenuación, que conocía cada secreto de las semiunciales medievales, que comprendía la morfología de la caligrafía gótica hasta reproducirla con exactitud… él, que era un maestro calígrafo pero no tipógrafo, se sacó de la manga una tipografía moderna, geométrica y diáfana que serviría de inspiración a todos los tipógrafos del siglo XX.

La imagen muestra un ejemplo de la tipografía diseñada por Johnston para la señalización del metro: en la parte superior el abecedario en mayúsculas, después en minúsculas en el medio y, por último, los números y los signos especiales. Pulse para ampliar.

Edward Johnston – Tipografía para el Metro de Londres (1916)

La geometría absoluta de la tipografía de Johnston debe mucho a la letra romana que tanto admiraba, es cierto, pero supuso el comienzo de la modernidad tipográfica aplicada a la señalización pública. Letras sencillas que no dejaban margen para el error o la confusión, la unificación de todos los carteles de las estaciones pero también de la publicidad de los medios de transporte, todo eso hizo que la imagen del transporte londinense transmitiese un mensaje de eficacia sin fisuras. Un mensaje al que Johnston añadiría un detalle final, la guinda del pastel:

La imagen muestra el esquema del diseño del metro de londres: un circulo rojo sobre el que se dispone, a modo de travesaño en su parte media, un rectángulo azul oscuro donde figura con la tipografía de Johnston la palabra "Underground" (metro). Pulse para ampliar.

Edward Johnston – Diseño del logotipo para el Metro de Londres. Dibujo original (1925)

El logotipo del Metro de Londres es un hito del diseño gráfico. La simplicidad de sus formas (un gran círculo atravesado por un pequeño rectángulo que parece evocar las ruedas de un vagón), los colores corporativos (tomados de la bandera del Reino Unido), la tipografía simple que identificaba cada estación. Todo ello le hacía destacar en el entorno urbano de Londres (lo sigue haciendo hoy en día) y se convertía en una guía visual para el transeúnte. Fue tal su éxito que es raro el país que no incluye alguno de esos elementos en la señalización de su propia red de tren metropolitano.

La imagen muestra una placa metálica de color verdoso sobre la que se ve el círculo rojo atravesado por el rectángulo azul sobre el que está escrito la palabra "Underground". Pulse para ampliar.

Señalización de Metro de la estación de Westminster (1930)

El siglo XX significó la eclosión del diseño gráfico y la aparición de grandes diseñadores y excelentes obras que redefinieron el aspecto de nuestras ciudades, nuestras lecturas y nuestra publicidad. Pero todo esta fiebre creadora tuvo un origen callado, nacido -como en los versos de Lawrence Durrell- una mañana sin importancia. La maquinaria se puso en marcha gracias al trabajo concienzudo y discreto de un profesor maragato que amaba los libros medievales, las historias que en ellos se contaban y las letras con las que estaban escritos. Y que como si del mago Merlín se tratase, llevó la corte del rey Arturo a la modernidad. Esa que poco después todas las demás cortes quisieron imitar.

No es país para viejos

“That is no country for old men. The young

in one another’s arms, birds in the trees

– those dying generations – at their song,

the salmon-falls, the mackerel-crowded seas,

fish, flesh, or fowl, commend all summer long

whatever is begotten, born, and dies.

Caught in that sensual music all neglect

monuments of unageing intellect.”

W. B. Yeats: “Sailing to Byzantium” (1926)

Hay un lugar donde nadie envejece jamás. Donde las historias comienzan y terminan sin que el tiempo haya pasado. Un lugar al que volvemos cuando ya no tenemos a donde ir. Un país con tantos paisajes y habitantes como cuentos narrados al caer el sol.

Todo el mundo recuerda una fábula escuchada en la niñez y se asombra de la nitidez de las sensaciones que despiertan a pesar del tiempo transcurrido: la seguridad que daba la voz que desgranaba la historia y que invitaba al sueño; la tristeza y la angustia provocadas por las desgracias de los protagonistas; la emoción ante las peripecias de la narración; la alegría por el final feliz, generalmente acompañado de una perdiz; y, cuando los cuentos se materializaban en libros, éstos se llenaban de imágenes que, intercaladas entre las páginas, nos hacían ver los magníficos vestidos de los príncipes y los harapos de los mendigos; los salones de los palacios y las cabañas ocultas en el bosque oscuro; y los gigantes, dragones y sirenas que asomaban de entre el papel.

Pocos tienen la capacidad de plasmar en imágenes el mundo de los cuentos de modo que, pasado el tiempo -ese que nunca transcurre cuando leemos las historias-, sigan atrapando al lector como el día aquel en fueron niños. Hubo un hombre que sí lo consiguió. Fue un francés enamorado de Inglaterra que se hizo amigo del más grande poeta irlandés y que se llamaba Edmond Dulac.

Dulac nació en Tolouse (Francia) en 1882. Hijo de Pierre Henri Aristide Dulac y Marie Catherine Pauline Rieu, su familia era un ejemplo típico de la burguesía francesa acomodada de finales de siglo. Edmond creció siendo un joven introvertido pero con un gran talento para el dibujo. Fascinado por el nuevo estilo Art Nouveau, con 16 años era capaz de realizar trabajos casi profesionales imitando a los grandes cartelistas y pintores de la época, lo que despertaba la admiración de amigos y familiares. Pero el arte no era considerado una profesión, sino una afición. Una vez terminados sus estudios en el Liceo de Tolouse, Edmond comenzó a estudiar Derecho en la universidad de su ciudad. Pero no pudo aguantar más de dos años: dejó los estudios de Leyes y se decidió a ingresar en la Escuela de Bellas Artes para seguir aprendiendo a hacer aquello que amaba: dibujar. El trabajo académico de Edmond en la Escuela de Bellas Artes fue excepcional: ganó el primer premio de los concursos anuales de estudiantes en 1901 y 1903. Allí también descubrió las ilustraciones de Vincent Aubrey Beardsley, Edward Burne-Jones o William Morris. Admiraba profundamente el arte inglés, sobre todo a los pintores prerrafaelitas y los románticos. En 1903, fruto de su excelente trabajo, obtuvo una beca para asistir durante tres semanas a la Academia Julien de París, la misma donde hacía casi veinte años había estudiado uno de los grandes artistas del Art Nouveau, Alfons María Mucha.

Edmond se quedó en París más de esas tres semanas que le permitía la beca. Descubrió un mundo lleno de artistas, de música, de mujeres… El muchacho introvertido de apenas 21 años se enamoró locamente de una americana aficionada al arte llamada Alice May de Marini, trece años mayor que él. El matrimonio no duró mucho: a las pocas semanas se divorciaron y quizá eso fue el detonante para que Edmond decidiera trasladarse, en 1904, a su admirada Inglaterra. Dulac se estableció en Londres, cambió la grafía de su nombre para adaptarlo a su pronunciación inglesa y decidió hacerse un hueco en el mundo del arte y de la ilustración londinense. Edmund (ahora su nombre lo escribía así) se apresuró a ingresar en el Sketch Club, una asociación de dibujantes e ilustradores fundado en Chelsea en 1898 (del que era miembro también James Pryde, uno de los Beggarstaff Brothers) y en el que buscaba contactos que le permitieran desarrollar una labor profesional en Inglaterra. Pronto consiguió esos contactos. El mismo año de su llegada recibió el encargo de ilustrar las obras de las hermanas Brontë y pronto estableció un acuerdo con la Galería de Arte Leicester para vender sus obras a cambio de una comisión.

La imagen muestra una ilustración a color. En primer plano aparece un hombre elegantemente vestido sentado en una cerca de madera. Está cabizbajo y parece pensativo y melancólico. Su sombrero y su bastón están en el suelo ante él . Al fondo se ve la figura de una mujer joven vestida de negro que le mira con curiosidad. Todo ello parece ocurrir al ocaso ya que en último plano se adivina entre los árboles el sol poniéndose en el horizonte. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac – Ilustración para “Jane Eyre” de Charlotte Brontë (1904)

Al poco tiempo, fue contratado por la editorial Hodder & Stroughton para realizar las ilustraciones de sus ediciones de lujo: Las mil y una noches (1907), La Tempestad de W. Shakespeare (1908) y Rubáiyat de Omar Khayyam (1909).

La imagen muestra un paisaje en el que se aprecia un lago a la izquierda. En primer plano y de espaldas al espectador está una pareja vestida con ropas árabes. El hombre está recostado sobre una roca y no podemos verle el rostro. La mujer apoya su espalda sobre el tronco del árbol que está a su lado y mira embelesada al hombre. Los colores son suaves y agradables y la luz es cálida, como indicando que es el fin del día. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac – Ilustración para “Las mil y una noches” (1907)

A pesar del interés que despertaba en él el arte oriental, sus obras muestran un concepto totalmente tradicional del espacio y la forma, poniendo la nota exótica los detalles minuciosos con los que Dulac caracterizaba elementos como el entorno o el vestuario de sus figuras y que aún hoy en día hacen de sus ilustraciones un espléndido viaje a través del color y de la forma.

La imagen muestra una escena en la que aparecen un hombre maduro, con una larga barba blanca y vestido con una túnica larga. Frente a él hay una muchacha joven, su hija, que se dirige a él poniendo las manos en su pecho y mirándole con gesto implorante. El hombre extiende su brazo derecho sobre el hombro de la joven . Ambos están delante de un árbol retorcido y sin hojas que se yergue ante una costa abrupta. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac – “No he hecho más que protegerte” (Ilustración para “La Tempestad” de W. Shakespeare, 1908)

Fue por ello que el trabajo de Dulac pronto se hizo famoso en el mundo de la ilustración editorial por la novedad de su estilo y de su resultado.

La imagen muestra a una mujer joven, vestida a la manera árabe, que baja por las escaleras de una casa de paredes blancas. Lleva sobre su hombro izquierdo un ánfora (se supone que de vino). Los tonos de la ilustración son apagados, el cielo y los muros de la casa tienden al gris. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac: “Filtrandose en la sombra, una silueta de ángel” – Ilustración para “La magia de la viña”, quinta rubaiyat de Omar Khayyam (1909)

A finales del siglo XIX los métodos de impresión utilizados para carteles e ilustraciones no reproducían fielmente los colores utilizados por los artistas y éstos solían utilizar una gruesa línea negra para separar los campos de color. Esto otorgaba a las imágenes un aspecto de vidriera, muy ornamental pero también muy característico. En 1905 se generaliza en Europa (en Estados Unidos lo hizo unos años antes) la técnica de impresión en cuatricromía sobre papel, lo que permitía una impresión con un estilo mucho más pictórico al no tener que estar, obligatoriamente, supeditado a la utilización de la línea. Dulac utilizó este nuevo método desde un principio y eso le convirtió en un innovador dentro de la industria editorial. Su éxito le llevó a ser citado en la publicidad, como en este anuncio en prensa de la casa de modas parisina Paul Poiret en la que la caricatura del diseñador hecha por Dulac ocupa un lugar destacado:

La imagen muestra un anuncio de un periódico. Es de formato rectangular vertical y consta, en su mayor parte, de una fotografía de una modelo que luce un vestido creación del diseñador. En la parte superior izquierda del anuncio,  encerrado en un círculo, aparece el dibujo caricaturesco de Poiret, tocado con un bombín y anteojos. Un texto explica que esa caricatura fue realizada por Dulac en 1991. Pulse para ampliar.

Anuncio en prensa de la casa de modas Paul Poiret. En la parte superior, caricatura del diseñador hecha por Edmund Dulac en 1911.

La amistad de Dulac con Edmund Davis, un filántropo y coleccionista, le introdujo en los círculos literarios e intelectuales londinenses. Gracias a él trabó amistad con el pianista Arthur Rubinstein y al poeta irlandés William Butler Yeats, que se convertiría en uno de sus mejores amigos. En 1911, Dulac se casó con Elsa Arnalice Bignardi, una violinista inglesa de ascendencia alemana e italiana y siguió realizando trabajos para Hodder & Stroughton como las ilustraciones para los Cuentos de Andersen (1911).

La imagen muestra a dos personajes en una escalinata de mármol que desciende hasta el mar. En pie, apoyado en una columna, está un hombre vestido con ropas lujosas. Sentada en el último de los escalones, con los pies aún sumergidos en el mar, está una muchacha desnuda, que cubre su cuerpo con algas de color marrón y que alza la vista hacia el hombre con una expresión de tristeza. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac: “El príncipe le preguntó quién era y cómo había llegado hasta allí” – Ilustración para “La Sirenita” en “Cuentos de Andersen (1911)

La imagen muestra el interior de un lujoso dormitorio, decorado con un tapiz sobre la pared y con una lámpara de metal con velas. La mayor parte de la ilustración la ocupa una enorme cama con dosel, vista desde abajo, sobre la que se acumulan un montón de colchones forrados de telas de muchos  colores. En lo alto de la pila de colchones, una muchacha con gesto de cansancio hace además de incorporarse en la cama. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac: “¡Apenas he pegado ojo en toda la noche!” – Ilustración para “La princesa y el guisante” de los “Cuentos de Andersen” (1911)

La imagen muestra, en medio de un paisaje completamente cubierto de nieve del que sólo sobresalen algunos árboles, a una niña descalza que besa en la boca y acaricia la cara a un reno que está llorando. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac: “Entonces bajó a Gerda y la besó en los labios, mientras grandes lágrimas resplandecientes rodaban por su cara” – Ilustración para “La Reina de las Nieves” de los “Cuentos de Andersen” (1911)

No sólo ilustró con éxito ediciones de cuentos infantiles. Uno de sus mejores trabajos es el conjunto de ilustraciones para Las Campanas y otros poemas de Edgar Allan Poe, donde sus dibujos muestran una gran influencia de los pintores románticos y simbolistas.

La imagen muestra un plano general de un hombre de espaldas al espectador que está en lo alto de una montaña observando el cielo. Sólo se aprecia su silueta y el viento parece agitar sus ropas mientras el cielo adquiere tonos malvas y rosados. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac – Ilustración para el poema “Solo” de “Las Campanas y otros poemas” de Edgard Allan Poe (1912)

La imagen muestra a una muchacha en primer plano, con un vestido en tonos morados y dorados. Tiene una pose lánguida y baja un poco la cabeza, como si estuviera pensativa. Detrás de ella se ve el mar, el perfil de una costa, y al fondo, parte de una ciudad amurallada. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac – Ilustración para el poema “Annabelle Lee” de “Las Campanas y otros poemas” de Edgard Allan Poe (1912)

Dulac seguía investigando sobre otros lenguajes expresivos, atraído por la contundencia expresiva de los grabados japoneses y las ilustraciones persas, donde la representación del espacio rompía todos los esquemas de la tradición pictórica occidental. Y esta vez sí los aplicó a las ilustraciones que realizó para Sinbad el marino (1914).

La imagen muestra a un hombre subido a un caballo negro alado que se eleva sobre los tejados de una ciudad de casas de adobe de color tierra. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac – Ilustración para “Sinbad el marino” (1914)

Las ilustraciones para Sinbad fueron las últimas que hizo para el floreciente mundo del libro ilustrado de lujo. Hodder & Stroughton rescindió su contrato con él: la I Guerra Mundial hizo que ese mercado especializado decayera y Dulac, necesitado de trabajo, se dedicó a diseñar sellos, panfletos y libros cuya venta estaba destinada a recaudar fondos para organizaciones benéficas, a veces a cambio de muy poco dinero, otras veces gratis, concienciado como estaba de que debía ayudar a su país de adopción (se había nacionalizado inglés en 1912) en esos momentos tan difíciles. Se dedicó más a la pintura y realizó retratos, con acuarelas por lo general, una técnica bastante inusual para este tipo de obras.

La imagen muestra a una mujer joven, sentada sobre un diván y que apoya su brazo izquierdo sobre un montón de cojines. Está vestida con un traje rosa y lleva sombrero, estola y manguitos de piel de color negro. Tiene la pìel muy blanca y sus ojos azules son grandes y tienen una expresión sosegada y risueña. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac – Retrato de Lady Cynthia Asquith, ayudante del escritor J. M. Barrie (1914). Acuarela sobre papel.

El fin de la guerra le obligó a diversificar su trabajo para poder sobrevivir. Ya había realizado caricaturas con anterioridad, pero ahora se dedicó a ello de manera periódica para la revista The Outlook.

La imagen muestra a un hombre alto y desgarbado, vestido con traje de tonos azulados. Lleva en las manos un mazo de croquet con el que intenta dar a la bola amarilla que tiene ante él. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac – Caricatura de personaje anónimo (c. 1919)

Diseñó barajas de cartas y sellos e ilustró algún libro como El reino de la perla (1920), un pequeño panfleto escrito por el joyero parisino Leonard Rosenthal. En este trabajo Dulac utilizó un estilo de colores planos y brillantes que recordaba las miniaturas medievales persas e indias.

La imagen muestra u paisaje con un río, rocas, un prado y algunos árboles, donde pacen un par de cervatillos. Al lado del río, y apoyados en una de las rocas, están un hombre y una mujer, Él vestido sólo con unos amplios pantalones a rayas y un turbante. Ella, completamente desnuda. Se abrazan y sus rostros se acercan como para besarse. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac: “La perla del amor” – Ilustración para “El Reino de la Perla” de Leonard Rosenthal (1920)

Pero la colaboración más fructífera la tuvo con su amigo W. B. Yeats, con el que emprendió una serie de proyectos artísticos. Dulac diseñó los decorados y el vestuario, e incluso compuso la música incidental y actuó, para la obra de teatro de Yeats At the Hawk´s Well (1916). Al finalizar la guerra, Dulac se dedicó con más intensidad a la dirección artística teatral, colaborando con el músico y director de orquesta Sir Thomas Beecham. Aficionado como era al arte y la cultura japonesa, Dulac también colaboró en la puesta en escena de algunas obras de teatro Nõ junto con Yeats y el poeta americano Ezra Pound.

El año 1923 fue muy importante para Edmund Dulac. Su amigo Yeats recibió nada más y nada menos que el Premio Nobel de Literatura y él se divorció de Elsa alegando incompatibilidad intelectual. Quizá el haber conocido a la escritora Helen Beauclerk, de quien había ilustrado algunos de sus libros, le decidió a tomar ese paso, ya que al poco de separarse de Elsa el ilustrador estaba conviviendo con la escritora.

La imagen muestra una ilustración hecha a base de líneas, en blanco y negro donde se aprecia a una joven sentada sobre un montículo de tierra, llevándose la mano izquierda al corazón, con gesto humilde mientras a su lado y tras un árbol, surge la figura de un ángel de grandes alas negras. El conjunto tiene un aspecto arcaico, como si fuera un dibujo medieval. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac – Ilustracion para “Love of the Foolish Angel” de Helen Beauclerk (1929)

Dulac siguió colaborando con Yeats a los largo de los años. De hecho, el poeta le dedicó uno de sus más importantes libros de poemas, La escalera de caracol (1933). Uno de esos proyectos, que consistía en una serie de espacios radiofónicos donde el poeta recitaba sus obras mientras que Dulac acompañaba algunos de los versos con música compuesta por él, supuso el enfriamiento de su relación, ya que no tuvo el éxito que ninguno de los dos esperaba. A pesar del distanciamiento, tras la muerte de Yeats en Francia en 1939 y el posterior traslado de sus restos a Sligo (Irlanda), Dulac diseñó una inscripción en su memoria para que fuera puesta en el cementerio de Roquebrune, donde el poeta había sido enterrado en un principio.

La imagen muestra la fotografía de una lápida de piedra que en la parte superior está decorada con un bajorrelieve que muestra a un unicornio alado sobre el que luce una estrella. Bajo él, la inscripción:

Inscripción en memoria de W. B. Yeats en el cementerio de Roquebrune (Francia)

La II Guerra Mundial volvió a poner a Dulac contra las cuerdas, laboralmente hablando. No abundaban los encargos pero, al igual que en el conflicto anterior, trabajó de forma altruista esta vez para su antigua patria: diseñó billetes de banco y sellos para la Francia libre, encargados por el mismísimo Charles de Gaulle. Fue la única vez que volvió a firmar su trabajo con su nombre escrito en la grafía francesa.

La imagen muestra un sello de correos, de forma cuadrada, en el que se ve el perfil de la personificación femenina de Francia (llamada Marianne) tocada con el gorro frigio revolucionario. Los bordes están decorados con una orla vegetal y con espirales. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac – Sello de la Francia Libre (1942)

Tras la guerra volvió a su labor como ilustrador, aunque sin tanta actividad como antes. Hizo algún diseño filatélico, como los sellos de la coronación de Isabel II pero también realizó trabajos realmente interesantes, como las ilustraciones para The Masque of Comus de John Milton, publicadas en 1955 (dos años después de su muerte).

La imagen muestra una escena en un jardín en el que al fondo se ven una serie de árboles. En primer plano, y sobre un campo lleno de flores, se ve a una mujer desnuda y, delante de ella, un dragón rojo postrado a sus pies. Pulse para ampliar.

Edmund Dulac – Ilustración para “The Masque of Comus” de John Milton (publicada en 1955)

Edmund Dulac murió en 1953 víctima de un ataque al corazón provocado por el entusiasmo y el esfuerzo que le produjo el arrancarse a bailar flamenco una noche de fiesta. Dejó tras de sí un legado de obras espléndidas, muchas de ellas tan invisibles como un humilde sello de correos. Otras tan llenas de color y de exotismo que no pueden pasar desapercibidas. Fue un hombre lleno de curiosidad por todo aquello que significara “arte”, comprometido con su patria (con sus dos patrias, para ser exactos), lleno de alegría de vivir y que con sus imágenes trazó el atlas imaginario de ese país que no es para viejos. Porque, al igual que el Bizancio del poema de su amigo Yeats, el mundo de los cuentos está lleno de bellezas y riquezas incontables que detienen el tiempo cuando las contemplamos.

Y si el tiempo se detiene, ya no podemos envejecer.

La imagen muestra un plano general de una habitación. al fondo se aprecia un gran ventanal. En primer plano, y de perfil a nosotros aparece el artista, sentado en una silla acolchada de armazón metálico. ante él, está una mesa de trabajo sobre la que se dispone un atril de madera. En ese atril hay una lámina de papel. Dulac está mojando el pincel en las acuarelas que se pueden adivinar sobre la mesa a su lado mientras que con la mano izquierda sostiene la lámina de papel para que no se mueva. Pulse para ampliar.

Fotografía de Edmund Dulac trabajando en su estudio (sin fecha)

No digas que era un sueño

A veces la vida te da sorpresas. Pero de las buenas. Eso le pasó a Laurens Tadema, un jovencito holandés, hijo de un notario, que enfermó de tuberculosis a los 15 años. La enfermedad no era, obviamente, la buena noticia. Ni tampoco que los médicos le concedieran apenas esperanza de vida. La sorpresa fue que la familia le permitió abandonar sus estudios de abogacía (que cursaba con intención de seguir el oficio familiar) para dedicarse al dibujo y la pintura y así alegrar sus días de convalecencia.

Y he aquí que Laurens se recuperó de la tuberculosis, aunque no para los estudios de derecho. Continuó dedicandose a la pintura y comenzó a estudiar en la Real Academia de Arte de Amberes, donde se empapó de academicismo pero también del dominio prodigioso de la luz y del detalle que caracterizaba a los maestros flamencos del siglo XV y a los holandeses del XVII:

Lawrence Alma-Tadema - Paisaje helado con molino de viento

Laurens comenzó a trabajar en el taller de diversos pintores donde fue consolidando su estilo poco a poco. Sus obras se caracterizaban por un tratamiento académico de las figuras y de los espacios, pero sobre todo ello destacaba la minuciosidad de los detalles (cuidadosamente estudiados) que aportaban al cuadro una verosimilitud en absoluto forzada:

 

 

Lawrence Alma- Tadema - La educación de los hijos de Clodoveo (1861)

Laurens se centró en la pintura histórica (aunque también realizaba escenas cotidianas -muy en la línea de Vermeer- o paisajes): le fascinaba la historia de la antigua Grecia y Roma y de Egipto e intentaba recrearla en sus cuadros:

Lawrence Alma-Tadema - Fidias mostrando a sus amigos los relieves del friso del Partenón (1868)

En 1864 Laurens conoció a uno de los marchantes de arte más importantes de Europa, Ernst Gambart, que comenzó a introducir su obra en otros mercados, sobre todo el inglés, donde su estilo fue pronto aceptado y admirado por la sociedad victoriana, pero también por artistas vinculados al simbolismo como Ford Madox Brown, pintor de la corriente prerrafaelita, con el que pronto entabló amistad.

La relación con Inglaterra se fue estrechando tras la muerte de su mujer en 1869: una depresión y la mala salud le llevaron a ese país a buscar una segunda opinión médica. La guerra franco-prusiana de 1870 y una joven de 17 años llamada Laura Theresa Epps que había conocido en un viaje anterior le animaron a establecerse definitivamente en Londres.

La etapa inglesa de Laurens sólo puede calificarse como un éxito rotundo: su estilo evolucionó hacia una paleta más luminosa y una pincelada más suelta, sin abandonar el perfeccionismo academicista que le caracterizaba. Su cotización también subió como la espuma: consciente de las nuevas características del mercado de arte cambió su nombre holandés y, en una hábil maniobra, añadió a su apellido el de su padrino para figurar al principio de los catálogos -que presentaban la obra de los pintores por orden alfabético-: Laurens Tadema se convirtió en Lawrence Alma-Tadema.

Lawrence Alma-Tadema - Mascotas acuáticas (1875)No le faltaron críticos tampoco: su investigación exhaustiva sobre los entornos cotidianos de la Antigua Roma, Grecia o Egipto llevó a muchos a burlarse de su estilo calificándolo de marblelous (juego de palabra, suma de marble y marvellous, que equivaldría a algo similar a “marmolilloso”):

Lawrence Alma-Tadema - Esperanzas (1885)

A Alma-Tadema no le importaron nunca las críticas: era uno de los artistas más cotizados de su época, lo que le permitió obtener una posición económica y social muy acomodada. Y en 1899 fue nombrado caballero por la reina Victoria. Aquel muchacho tísico que estudiaba leyes y al que, según los médicos, apenas le quedaba esperanza de vida, se convirtió en uno de los primeros artistas en ser nombrado caballero del Imperio Británico. A partir de entonces añadió un elemento más a su nombre: Sir Lawrence Alma-Tadema.

Sir Lawrence Alma-Tadema - El hallazgo de Moisés (1904)

Tras su muerte los criticos comenzaron a menospreciar su obra: excesivamente académica, historicista, minuciosa y realista para un mundo convulso que reventaría en 1914 con la I Guerra Mundial y que daría luz a las vanguardias artísticas. Sólo a partir de la década de los años 60 del siglo XX su figura se vería de nuevo recuperada para el arte.

Contemplar sus cuadros es caer rendido ante la luminosidad, el color, el detalle, la suavidad, la belleza y la fuerza de una pintura totalmente particular e inclasificable. Sus cuadros poseen la exactitud de la prosa de Flaubert, el lirismo melancólico de la música de Massenet y el sentimiento de decadencia elegante y contenida de los poemas de Cavafis. ¿Cómo resistirse a tanta belleza?

Cuando de pronto, a medianoche, oigas
pasar el tropel invisible, las voces cristalinas,
la música embriagadora de sus coros,
sabrás que la Fortuna te abandona, que la Esperanza
cae, que toda una vida de deseos
se deshace en humo. ¡Ah, no sufras
por algo que ya excede el desengaño!
Como un hombre desde hace tiempo preparado,
saluda con valor a Alejandría que se marcha.
Y no te engañes, no digas
que era un sueño, que tus oídos te confunden,
quedan las súplicas y las lamentaciones para los cobardes,
deja volar las vanas esperanzas,
y como un hombre desde hace tiempo preparado,
deliberadamente, con un orgullo y una resignación
dignos de ti y de la ciudad
asómate a la ventana abierta
para beber, más allá del desengaño,
la última embriaguez de ese tropel divino,
y saluda, saluda a Alejandría que se marcha.

Konstantin Kavafis – El dios abandona a Antonio (“Poemas canónicos” -1895-1915)

Sir Lawrence Alma-Tadema - Retrato fotográfico (1870)