El Ojo En El Cielo

Blog de arte. Reflexiones sobre arte, diseño y comunicación.

A los pies de la montaña

 

Enero se alumbra con nieve silvestre.

¡Cuánto ardor! Y canta.

La nieve hasta el canto -la nieve, la nieve-

en vuelo arrebata.

Jorge Guillén – “La nieve” (1893-1984)

 

La montaña, y sobre todo su cima, es el símbolo del poder del hombre. Llegar a su cumbre es alcanzar la morada de los dioses, poner al límite la resistencia humana y coronar con una victoria el esfuerzo y la lucha contra una Naturaleza siempre abrumadora. Vencer a la montaña nos hace más poderosos porque doblegamos a golpe de piolet a aquello que se cierne sobre nuestros límites proyectando su sombra sobre nuestros sueños.

Pero quizá uno de los mayores errores del ser humano es pensar que la montaña sólo se conquista ascendiéndola.

Emile Allais (1912-2012) fue el mejor ejemplo, quizá sin proponérselo, de que los sueños se cumplen descendiendo en un vuelo vertiginoso para posarse al pie de las montañas.

Allais nació en pleno corazón de los Alpes, en Mègeve. Las montañas imponentes que había en los alrededores atraían a turistas y montañeros al lugar que no podía competir con otros resorts de moda como Saint-Moritz o el vecino Chamonix, desde donde partían las expediciones hacia el Mont Blanc. Aún así, abundaban los hoteles de montaña y el turismo era una constante en el lugar. De hecho, Emile Allais abandonó en colegio y  comenzó a trabajar a los 12 años en el hotel familiar. Compaginaba su labor en el establecimiento con la ayuda que prestaba a su tío, guía de montaña, al que llevaba las provisiones para sus expediciones. Allais se calzaba los esquíes y cruzaba los parajes  nevados, a veces en travesías de ocho horas. Ahí comenzó su relación de amor con el esquí.

El esquí no era un deporte para Emille Allais. Era una forma de vida, una especie de simbiosis con las montañas que le rodeaban. Su sueño era poder regentar un resort invernal donde ofrecer clases de esquí a los turistas y venderles provisiones y material para sus expediciones. Pero con 17 años participó en una prueba de esquí de fondo y la ganó. Allí comenzó a percibir el esquí como algo diferente. Y esa percepción se acrecentó con la llegada a Mègeve de un instructor que vio el potencial del joven Allais y le introdujo en el mundo del esquí alpino. Ese instructor introducía la técnica de esquí en paralelo desde una etapa temprana en la formación, en lugar de centrar el aprendizaje en la técnica de la angulación, que era la base de la escuela austríaca de esquí alpino. La espléndida forma física de Allais, su dominio del medio y, sobre todo, su tenacidad, le convirtieron en un excelente esquiador en poco tiempo. A mediados de los años 30 estaba compitiendo en los principales campeonatos y obteniendo para Francia medallas al mismo tiempo que los especialistas ensalzaban la belleza de su técnica.

La fotografía muestra el podio de la prueba. Los ganadores del oro y la plata van vestidos de negro y hacen el saludo nazi levantando el brazo derecho. Allais va con una chaqueta blanca y mantiene los brazos pegados al cuerpo. Pulse para ampliar.

Emile Allais, con chaqueta blanca, ganador de la medalla de bronce en la prueba combinada de slalom y descenso en los Juegos Olímpicos de Invierno de Garmisch (Alemania) en el año 1936.

Allais, convertido en una figura del esquí, tomó como referencia para su estilo al austriaco Toni Seelos, un esquiador autodidacta cuya técnica de esquí en paralelo le hacía imbatible. Y comenzó a desarrollar su propia técnica de esquí, ganando más y más medallas para Francia en este deporte.

La fotografía muestra la línea de llegada de la competición. Allais atraviesa la meta bajo la panx¡carta y hace el gesto de victoria elevando ambos brazos. Pulse para ampliar.

Emile Allais entra como vencedor en la meta del Campeonato del Mundo de Esquí de Chamonix en 1937. En esta competición ganó las tres medallas de oro en las categorías de slalom, descenso y combinada.

Allais volaba sobre la nieve. Arrebatado, pensando en el próximo giro que debía acometer, con la mirada perdida en el infinito y su cuerpo preparado para abordar la siguiente puerta. Para él la cima de la montaña estaba en su base, no en la cumbre. Y mientras el vertigo subía como un hilillo de electricidad desde el vientre hasta su boca, él descendía hasta la meta para poner la montaña a sus pies.

Portada de la revista LIFE donde se ve una fotografía de Allai tomada desde abajo. En primer plano están sus esquíes y él se ve agachado sobre ellos, como si estuviera preparado para saltar. Pulse para ampliar.

Portada de la revista norteamericana LIFE de enero de 1949 dedicada a Emile Allais.

Allais fue el primer hombre en ganar un campeonato del mundo en las categorías de slalom y descenso en la misma competición (un récord que se mantuvo imbatido durante 20 años). Pero también fue el entrenador de los equipos nacionales de esquí alpino de Francia, Canadá y Estados Unidos. Y además fue el encargado de planificar los resorts franceses de Corchevel, La Plagne y Flaine. Sus pequeños sueños de niñez se habían hecho realidad pero magnificados. No sólo eso: Allais también dedicó parte de su experiencia a intentar trasladar sus descubrimientos con el esquí a los demás. Estando en Estados Unidos, desarrolló unos esquíes metálicos, los Allais 60, que fueron los que llevaron al francés Jean Vuarnet a ganar el oro olímpico en descenso en 1960.

La fotografía muestra al esquiador en pleno descenso, agachado sobre los esquíes y con los bastones recogidos bajo los brazos. Pulse para ampliar.

Jean Vuarnet, ganador de la medalla de oro en descenso en los Juegos Olimpicos de Invierno de 1960 celebrados en Squaw Valley (EE.UU). Fue la primera vez que se utilizaban los esquíes metálicos diseñados por Emile Allais. Junto con la innovadora y aerodinámica postura del cuerpo, Vuarnet alcanzó los 115 km/h y la victoria final.

Pero la gran contribución de Allais al diseño es, curiosamente, visual. Deseoso de explicar y difundir el nuevo método de esquí en paralelo, escribió un manual técnico que revolucionó el mundo del deporte alpino. El método Arlberg, basado en los virajes angulados, dejaba la técnica del esquí en paralelo  y los virajes llamados “evasión” sólo para niveles muy avanzados. Allais se propuso diseñar un método en el que se explicara el esquí en paralelo desde los niveles más básicos. Y así nació uno de los manuales más hermosos del siglo XX: el Método francés de esquí de Emile Allais.

Allais recurrió al fotógrafo Pierre Boucher, cuya técnica depuradísima estaba muy influída por el Cubismo, el Surrealimo y el Constructivismo ruso. Allais diseñó un tratado de esquí en el que página a página se desgranaban los secretos de la nueva técnica. Y Boucher realizó una serie de fotografías tomadas desde el ángulo preciso que mejor podía reflejar el movimiento en cuestión bajo las indicaciones de Allais. Muchas de ellas están hechas en ángulos picados, casi cenitales, para que pudiera apreciarse en un solo golpe de vista la inclinación del tronco y la dirección de los esquíes. Y si la posición de los brazos resultaba confusa, se aclaraba a través de la proyección de la sombra del esquiador en la nieve.

La imagen muestra una doble página del manual de esquí. En cada página aparece diversas fotografías en las que Allais ejecuta un giro. Están tomadas desde un punto de vista muy elevado, dejando ver la postura del cuerpo, la posición de los esquíes. Pulse para ampliar.

Pierre Boucher (fotografía y diseño) y Emile Allais – “Método francés de esquí” (1947)

La influencia del Constructivismo ruso y de la Nueva Tipografía de Jan Tschichold están presentes en el diseño del manual en cada una de las páginas. Desde la utilización de los colores (blanco y negro para las fotografías y rojo para signos, indicaciones y textos de relevancia) a la disposición de los elementos en la página: diagonales y curvas que reproducen la sección aúrea conforman gran parte de la maquetación editorial del manual. Además, el tamaño de las ilustraciones fotográficas y su disposición en páginas enfrentadas clarificaba los contenidos de una manera casi exclusivamente visual. Boucher  incluso no dudó en utilizar incluso imágenes en negativo para la explicación de los movimientos.

La imagen muestra una doble página en la que se explica el modo de girar con los esquíes en paralelo a través de cuatro fotografías. Una en la página izquierda y tres en la derecha. Pulse para ampliar.

Pierre Boucher (fotografía y diseño) y Emile Allais – “Método francés de esquí” (1947)

Página a página, el extraordinario diseño del Método francés de esquí explica de un modo didáctico, claro, sin apenas interferencias visuales, la posición correcta del cuerpo, su inclinación, la posición de los esquíes, dejando claro la necesidad de proyectar el cuerpo en la dirección de la nueva curva para vencer las fuerzas externas. Todas los detalles aprendidos por Allais en décadas de trabajo y competición se reflejaron en forma de líneas, diagramas y fotografías dispuestas sobre un fondo blanco como la nieve. Y nunca mejor dicho.

La imagen muestra una fotografía de Emile Allais tomada de perfil para explicar cuál debe ser la correcta inclinación del cuerpo en el descenso. Pulse para ampliar.

Pierre Boucher (fotografía y diseño) y Emile Allais – “Método francés de esquí” (1947)

La imagen muestra una doble página en la que se secuencia a base de varias fotografías seguidas, la correcta posición del cuerpo en el descenso. La dirección y la fuerza de los movimientos está señalado con flechas rojas sobre el cuerpo. Pulse para ampliar.

Pierre Boucher (fotografía y diseño) y Emile Allais – “Método francés de esquí” (1947)

El texto que acompaña a las fotografías en el manual de Allais jamás estorba en el conjunto visual. Es más, se adapta a la forma y a la dirección de los movimientos y a la inclinación de la superficie sobre la que Allais esquía. Su tamaño deja el protagonismo a la imagen, que ocupa casi todo la página.

La imagen muestra una página donde se muestra un ejemplo de giro con los esquíes en cuña. Pulse para ampliar.

Pierre Boucher (fotografía y diseño) y Emile Allais – “Método francés de esquí” (1947)

El diseño como disciplina tiene el difícil papel de situarse a medio camino entre la expresión artística y la disciplina técnica. Toma de la primera la sensibilidad y la sensorialidad y de la segunda el dominio del medio y utiliza ambos préstamos para realizar creaciones que lleguen y sean comprendidas por la mayoría de las personas. Los trabajos de diseño permanecen ocultos bajo la cotidianidad y llenan nuestra vida en forma de periódicos, letreros comerciales, libros, tenedores, exprimidores, coches, pantalones o guantes. Nos sumergimos en el diseño sin ser conscientes de ellos. Simplemente disfrutamos de la textura de un material, de la suavidad de un engranaje, de la disposición del texto y de las imágenes en una publicación, de la ingeniosidad de un envoltorio, de la ligereza de un tejido. Y la vida parece un poco mejor por el simple hecho de que alguien haya decidido introducir un poco de belleza en nuestra existencia. Eso es lo que hizo Emile Allais con la ayuda de Pierre Boucher en su manual de esquí: llevar a la vida cotidiana un lenguaje originario de la vanguardia artística, tamizándolo, suavizándolo de modo que el impacto visual de los conceptos contenidos en él sirviera tanto a la comunicación como a la estética. Muchos años antes de que se sistematizara el aprendizaje técnico de los deportes, Allais diseñó un método exhaustivo, lleno de detalles, que contribuyó a la difusión del esquí alpino. Y todo ello fue posible gracias al impresionante trabajo de reflexión sobre la interacción del cuerpo humano y la nieve a través de los esquíes. El concepto visual del Método francés de esquí se adelantó a su tiempo al fragmentar el movimiento y diseccionarlo para su perfecta comprensión. Acompañándose, y esto es su gran valor, de un aspecto visual que facilitaba el proceso y que recogía la mejor tradición del diseño europeo de la primera mitad del siglo XX.

Quizá como hombre criado a la sombra de las enormes moles alpinas, Allais no fue consciente de la magnitud de su aportación al diseño editorial, como no se es consciente de  la escala de las cumbres hasta que uno se aleja de ellas. El paso de los años no ha hecho más que demostrar el gran trabajo de diseño realizado por el tandem Allais-Boucher. Un diseño que demuestra que a veces la cima se conquista descendiendo hasta los pies de la montaña.

La mirada luminosa

La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase.  Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas.

Frederic Engels y Karl Marx: Manifiesto Comunista (1848)

Los antiguos romanos llamaban “proletarios” a los miembros más bajos de la sociedad, aquellos que sólo poseían a su persona y cuya única aportación al Estado era la de sus hijos, es decir, su prole, que contribuiría a engrosar las filas del ejército. A mediados del siglo XIX, dos pensadores y filósofos alemanes emigrados a Bélgica llamados Frederic Engels y Karl Marx retomaron el término para denominar a los componentes de la nueva clase social surgida de la Revolución Industrial. El proletariado industrial, al igual que el romano, no poseía nada más que su propia fuerza de trabajo…y a sus hijos. Los sueldos de los obreros eran tan bajos que no podían sobrevivir con ellos, a pesar de las jornadas extenuantes de más de 14 horas. Por ello los niños se veían obligados a trabajar en las fábricas, en las calles o en las minas desde que podían valerse por si mismos. De ese modo ayudaban a llevar a sus casas un poco más de ayuda económica. Muy poca, en realidad, porque los sueldos de mujeres y niños era muy inferiores a los que cobraban los hombres a pesar de trabajar el mismo número de horas y en las mismas condiciones.

En 1910 se calculaba que dos millones de niños menores de 15 años trabajaban en las fábricas de Estados Unidos. Niños que, obligados a cumplir con un horario laboral, veían coartadas sus posibilidades de acceder a un futuro mejor porque no podían asistir a la escuela. Niños que, en muchos casos, no tendrían ni siquiera un futuro por delante debido a las enfermedades y a las secuelas ocasionadas por las condiciones en las que realizaban su trabajo. Y para intentar denunciar esta situación en Estados Unidos se creó en 1904 el Comité Nacional para el Trabajo Infantil con el objetivo de lograr su abolición. Entre las muchas actividades de este grupo de presión estuvo la de documentar las condiciones de vida y de trabajo de los niños a lo largo y ancho de todo el país, contratando investigadores,  sociólogos o fotógrafos que aportaran datos con los que respaldar sus informes. Uno de estas personas que contribuyeron con su trabajo al éxito de las acciones del Comité fue un profesor reconvertido a fotógrafo llamado Lewis Wickes Hine.

Hine (1874-1940) había nacido en Oshkosh, Wisconsin y su deseo de estudiar una carrera universitaria se había dado de bruces con la necesidad de mantener a su familia tras la muerte de su padre en un accidente. Aún así, Hine trabajó duramente para aportar dinero al hogar familiar y ahorrar para sus estudios universitarios. Trabajó como transportista en una fábrica de muebles y como chico de los recados en un banco, pero sus ganas de trabajar y de aprender le facilitaron un ascenso a secretario de la entidad. Fue allí, mientras trabajaba en el banco, cuando conoció a Frank Manny quien se convirtió en una especie de mentor suyo. Manny le animó a matricularse en la escuela de Magisterio de Oshkosh y después a realizar un curso en la Universidad de Chicago. Cuando Manny se convirtió en uno de los directivos de la Ethical Culture School de Nueva York llamó a Hine para invitarle a ser profesor en la escuela, trabajo que desempeño desde 1904 a 1908. La visión humanística y el espíritu de la enseñanza del centro hacían hincapié en la concienciación sobre las condiciones sociales. Animado de nuevo por Manny, Lewis Hine comenzó a interesarse por la fotografía y a utilizarla como herramienta de estudio para sus clases. Uno de sus primeros trabajos fue una serie de fotografías de los inmigrantes que desembarcaban en la isla de Ellis. Allí llevó a sus alumnos para contrarrestar el sentimiento creciente de los norteamericanos contra la llegada de europeos empobrecidos buscando un mejor futuro.

La imagen muestra una fotografía en blanco y negro de una mujer sentada con una nicho en brazos. Ambas están situadas delante de una reja, sentadas en un banco de madera. Están captadas en plano medio, es decir, a la altura de la cintura. La madre rodea con los brazos a la niña que se acurruca en su seno. Ambas se están mirando. Pulse para ampliar.

Lewis W. Hine – Madonna italiana (1905). Hine procuraba dotar a los protagonistas de sus fotografías de dignidad a pesar del entorno en el que se hallaran, algo que se plasmaba también en los títulos que ponía a sus fotografías. Al llevar a sus alumnos a la isla de Ellis pretendía concienciarles sobre la situación de los inmigrantes como parte del programa académico de la Ethical Cultural School.

A medida que iba utilizando más la fotografía, Hine se dio cuenta de que esta técnica podía ser una herramienta valiosa para ser utilizada por los movimientos reformistas que pretendían el cambio social. Por ello no dudó en abandonar la Ethical Cultural School cuando el Comité Nacional para el Trabajo Infantil le llamó en 1908 para que formara parte de su equipo investigador. Lewis Hine viajó por todo Estados Unidos fotografiando las condiciones en las que los niños realizaban trabajos en minas, fábricas, en las calles o como vendedores ambulantes.

La imagen muestra una fotografía de un plano medio de un niño delante de una vía de tren. Lleva una chaqueta muy grande para él y una gorra cubierta por lo que parece un sombrero de punto. Tiene la parte inferior del rostro lleno de hollín y mira al fotógrafo con cansancio. Pulse para ampliar.

Lewis W. Hine – Las anotaciones de Hine para esta fotografía dicen: “Harley Bruce, minero en Indian Mine. Parece tener entre 12 y 14 años y dice que lleva trabajando allí un añ. Es un trabajo duro y peligroso. Cerca de Jellico (Tennesse)”.

Era muy importante que nadie supiera que Hine estaba investigando para el Comité Nacional. Así que adoptaba diversos disfraces para colarse en el interior de las fábricas: inspector de incendios, vendedor de postales o de biblias, fotógrafo industrial… Cualquier excusa valía con tal de documentar la realidad de la explotación infantil que muchos, sobre todo los empresarios, se esforzaban en ocultar.

La imagen muestra a un niño en medio de una sala en una fábrica, rodeado de cubos y herramientas. Está de pie, de perfil pero ha girado la cabeza y mira hacia el fotógrafo. Pulse para ampliar.

Lewis W. Hine – “Rob Kidd, uno de los jóvenes trabajadores de la fábrica de vidrio de Alexandria (Virginia). Trabaja una semana en el turno de día la siguiente en turno de noche. Junio 1911”

En todas sus fotografías, Hine intentaba que los niños apareciesen no sólo como víctimas sino también como personas cuyo futuro estaba siendo negado por las condiciones de vida que llevaban.

La imagen muestra una vista general de una sala de una fábrica textil. A la derecha y ocupando todo el alto del encuadre, una máquina con bobinas de hilo. A la derecha, una pred con una ventaba. Una niña pequeña, que llega hasta la mitad de altura de la máquina, mira hacia fuera por la ventana mientras la luz exterior le baña el rostro. Pulse para ampliar.

Lewis W. Hine – Hine anotó: “Esta niña, que trabajaba en unos telares de Lincolnton (Carolina del Norte) dijo que tenía 10 años.”

En muchas ocasiones le prohibieron el paso al interior de fábricas y minas. Entonces Hine esperaba pacientemente a que los obreros llegaran a las fábricas o salieran de ellas para realizar sus fotografías. Hine no escondía sus intenciones de fotografíar y aun así no causaba resquemor entre los obreros, que probablemente estaban bien avisados de su trabajo por parte de los responsables de las fábricas. Y aunque pedía a los niños que mirasen a la cámara, el resultado no era nunca artificial. No le gustaban los retoques fotográficos y tenía mucho cuidado de que nadie supiera que formaba parte del Comité Nacional. De hecho, anotaba los detalles de las fotos con la mano metida en el bolsillo para no levantar sospechas.

La imagen muestra un callejón sucio en donde, a la derecha del encuadre, aparece Lewis Hine con su cámara, enfocando a un grupo de niños que están mirando hacia él, situados en el lado izquierdo del encuadre. Pulse para ampliar.

Lewis Hine fotografíando a los niños en el exterior de una fábrica (autor desconocido). La cámara utilizada por Hine era una Graflex que permitía encuadrar la composición a través del visor.

 

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Lewis W. Hine – “Julia cuidando del bebé en casa. Todos los mayores están en la fábrica. Compañía Conservera de Alabama. Bayou La Batre (Alabama). Febrero de 1911.”

La entrada de los Estados Unidos en la I Guerra Mundial llevó a Hine a Europa como fotógrafo de la Cruz Roja Americana, encargado de documentar las acciones de ayuda de la organización en diversos países europeos.

La imagen muestra a Hine subido a una balaustrada de piedra al lado de un mástil de bandera. Enfoca con la cámara hacia abajo -parece estar en una terraza a varios pisos de altura- mientras dos compañeros le sujetan de las piernas. Pulse para ampliar.

Lewis Hine fotografiando las actividades de la Cruz Roja Americana en París, 1918 (fotógrafo desconocido). Hine comenzó a buscar encuadres novedosos para sus fotos tal y como se puede ver por la arriesgada posición que tiene aquí.

Pero además de reflejar las acciones de la Cruz Roja, en Europa Hine no olvidó plasmar la cruda realidad de los más desfavorecidos, sobre todo de los niños que vagaban huérfanos tras el final del conflicto.

La imagen muestra un plano medio de un niño pequeño, de unos once años. Va vestido con una guerrera militar muy grande para él y un casco metálico de soldado. Tiene la cara manchada. En su mano izquierda sujeta un violín que es también demasiado grande para él y con la derecha un arco con el que intenta tocar el instrumento. No mira a la cámara sino que baja un poco la mirada. Pulse para ampliar.

Lewis H. Hine – El pequeño violinista de Belgrado (c. 1918)

De regreso a Estados Unidos, Hine comenzó una serie de fotografías para honrar a la clase trabajadora americana. Sus modelos volvían a ser obreros, pero en este caso adultos, y sus fotografías muestran una clara evolución de sus esquemas competitivos, mucho más volcados en el aspecto estético y no sólo en el de denuncia.

La imagen muestra a un hombre que lleva una enorme llave inglesa en las manos, girando uno de los tornillos de una gran rueda metálica perteneciente a una maquina aún mayor. Pulse para ampliar.

Lewis W. Hine – Mecánico de una central eléctrica trabajando en la bomba de vapor (1920). El objetivo de Hine seguía siendo engrandecer el trabajo del obrero a través de la fotografía. Sus trabajos en los años 20 y 30 muestran influencia de la fotografía de vanguardia europea.

Sus fotografías de la construcción del Empire State Building en Nueva York en los años 30 se hicieron famosas por sus puntos de vista arriesgados y por las panorámicas vertiginosas de la ciudad.

La imagen muestra un plano picado - es decir, visto desde arriba- de un obrero subido a unas vigas de acero que forman la estructura del rascacielos. Está sentado sobre una viga y con las manos manipula otra viga perpendicular. Abajo, a muchos metros, se ve la ciudad de Nueva York y sus edificios más altos, que quedan por debajo de la altura a la que trabaja el obrero. Pulse para ampliar.

Lewis W. Hines – Obrero sobre vigas. Empire State Building (c. 1930)

La Gran Depresión que sacudió Estados Unidos en los años 30 hizo tambalear la frágil posición de las clases bajas norteamericanas. Hine volvió a coger su cámara a petición de la Cruz Roja americana para documentar los programas de ayuda que esta organización ponía en marcha para mejorar la situación de la población pobre de lugares afectados por catástrofes, como las que sufrieron con las inundaciones de 1931.

La imagen muestra a un niño pequeño, de unos 7 años, vestido muy pobremente, con un jersey deshilachado y un pantalón de peto sucio y roto. Está sentado en una silla y en su mano derecha sostiene una botella pequeña de cristal vacía de la que asoma una cuchara. Mira hacia el fotógrafo con rostro serio pero mirada risueña. Pulse para ampliar.

Lewis W. Hines – Niño no identificado víctima de las inundaciones en Paintsville, Kentucky (c. 1930). Hine documentaba la labor de la Cruz Roja pero sobre todo en cuanto a su acción sobre la población infantil

Durante los años 30 la administración Roosevelt lanzó su programa de reconstrucción nacional llamado New Deal. De él formaron parte muy importante diseñadores, cineastas y fotógrafos que lanzaron la imagen de una América pobre y sufridora pero valiente y resistente que sería el motor de recuperación del país. En ese lenguaje visual no entraron las imágenes de Lewis Hine, cuya obra se consideró anticuada y manida por los nuevos adalides del realismo social. Los patrocinadores privados y los encargos gubernamentales que habían asegurado trabajo a Hine durante 30 años comenzaron a escasear hasta desaparecer. Y su obra fue arrinconada y olvidada hasta que a finales de siglo XX volvió a ser reivindicada como la de un pionero de la fotografía social.

Lewis Hine dijo una vez: “Hay dos cosas que quería hacer. Quería mostrar aquello que debía corregirse y quería enseñar aquello que debía ser apreciado”. Ese es precisamente el doble valor de su fotografía, porque muestra la miseria y lo que debe ser erradicado y, al mismo tiempo, la belleza y dignidad de quien merece una oportunidad de un futuro mejor. Y lo consiguió porque supo convertir su cámara fotográfica en una mirada luminosa con la que luchar contra la oscuridad y la ignorancia que se cernían sobre las clases más desfavorecidas.

La imagen muestra un retrato del fotógrafo. Está en plano medio y lleva puesto un traje de color claro con chaleco, corbata y camisa blanca de cuello duro.  Tiene el pelo muy claro y sus rasgos son suaves y amables, con una nariz y orejas grandes y gafas redondas de montura metálica. Mira hacia la derecha con aire pensativo. Pulse para ampliar.

Retrato de Lewis W. Hine (Colección George Eastman)

 

El hijo del sastre y la niña del cementerio

Los que están despiertos tienen un mundo común, pero los que duermen se vuelven cada uno a su mundo particular.

Heráclito de Éfeso (Filósofo griego, 535-475 a.C.)

Imágenes de luz fragmentada que bailan ante mi como un millón de ojos me llaman sin cesar desde el otro lado del universo.

John Lennon y Paul MacCartney – “Across the Universe” (1968)

La imágenes de los sueños son las únicas que “vemos” pero no son captadas por ninguno de nuestros sentidos. El cerebro las crea y a través de ellas conocemos universos propios que, muchas veces, no entendemos aunque estén repletos de objetos y escenarios familiares. La materia de la que están hechos nuestros sueños, a veces tan vívidos que son más reales que nuestro despertar, ha sido desde siempre uno de los objetos de reflexión del ser humano en la filosofía, la literatura, el arte y la medicina. Filósofos como Heráclito de Éfeso sostenían que los sueños constituían un universo aparte, un mundo particular cuya puerta se abría cuando los ojos se cerraban y que no podía ser compartido con nadie más. A eso le llamó “idios kosmos”, el universo propio. Cuando abrímos los ojos el mundo que se ofrece ante ellos es el compartido con el resto de los seres humanos. Ése era el “koinos cosmos” o universo común.

El arte y la literatura son artes privilegiadas que pueden escoger en qué universo vivir y moverse. Pueden optar por representar y describir el mundo que nos rodea y que percibimos a través de los sentidos o plasmar esa dimensión propia a la que nadie puede acceder. Este concepto de realidad que se superpone a la realidad ya existente es la base de vanguardias pictóricas como el Simbolismo, la Scuola Metafisica italiana o el Surrealismo. Estos movimientos artísticos, sobre todo los dos últimos, exploraban las reflexiones que producían la yuxtaposición de objetos cotidianos fuera de su entorno habitual, tal y como aparecen en los sueños. Si esos elementos perdían su esencia al ser arrebatados del marco en el que existían normalmente o si, por el contrario, generaban mundos nuevos y posibles en los que sumergir nuestros ojos y nuestra mente.

René-François-Ghislain Magritte (1898-1967) fue uno de esos artistas que exploró el mundo de las apariencias para dejarnos pensativos ante cada una de sus obras. Nacido en la localidad belga de Lessines, hijo de un sastre y una modista y el mayor de tres hermanos, su infancia transcurrió tranquila y sin más sobresaltos hasta que en 1912 su madre se suicidó arrojándose al río Sambre. A partir de ese momento, la vida de los hermanos Magritte se caracterizó por el alejamiento de su padre y la educación de los niños por parte de criadas y gobernantas que debían aguantar las bromas pesadas de René. A veces su padre les enviaba a Soignes, a casa de su abuela, a pasar el verano. Allí fue donde René descubrió que la pintura le producía una emoción especial. Había empezado a pintar y a hacer manualidades con apenas 12 años, pero nunca se lo había tomado en serio. Mientras veraneaba en casa de su abuela conoció a una niña con la que se pasaba los días jugando y explorando el hermoso bosque de los alrededores del pueblo y las criptas del cementerio. En la alameda del lugar se cruzaban siempre con un pintor que se pasaba horas sentado ante su caballete. Muchos años después René Magritte explicaba que la emoción que sentía al caminar por las criptas la asoció a la figura de aquel hombre pintando. Como si la pintura pudiera provocar la misma excitación que el misterio oscuro de las cámaras de los muertos.

René Magritte se matriculó en la Academia de Bellas Artes de Bruselas en 1916, ciudad a la que se había trasladado a vivir. Comenzó a explorar la pintura inspirándose primero en los impresionistas, luego en los fauvistas y después en el cubismo. Buscaba modos de expresar la realidad aunque los resultados no le satisfacían especialmente.

La imagen muestra un cuadro que representa a una mujer vista en plano medio (cortada a la altura de la cintura). Está pintada con trazos gruesos y colores vivos. Pulse para ampliar.

René Magritte – “Desnudo”. Óleo sobre lienzo (1919)

 

René Magritte buscaba la emoción en la pintura y gracias a ella encontró una que iba a durar el resto de su vida. Un día, paseando por el Jardín Botánico, conoció por casualidad a Georgette, una joven dependienta de un establecimiento dedicado a suministros para artistas. Se casaron en 1922 y Magritte se afanó en construir y decorar los muebles y objetos que iban a dar forma a su hogar conyugal. Esta faceta de diseñador había comenzado un poco antes, al entrar a trabajar en la empresa Peters-Lacroix, donde se dedicaba a diseñar patrones decorativos para papel pintado.

La imagen muestra un fragmento rectangular de papel con un diseño que parece floral -sólo se aprecia una parte- con lo que parecen unos tallos curvilíneos y unos pétalos u hojas verdes. Pulse para ampliar.

René Magritte y Victor Servranckx – Diseño de papel pintado para Peters-Lacroix (entre 1920-1925)

Quizá el trabajo en Peters-Lacroix no le llenaba lo suficiente porque poco después de casarse Magritte abandonó la empresa y se dedicó a realizar carteles y anuncios publicitarios que le permitían tener ingresos regulares. La pintura seguía siendo su objetivo aunque encontraba un buen sustituto en el diseño gráfico y la ilustración.

La imagen muestra un cartel en el que destaca, a la derecha, la figura de una mujer, realizada de modo bastante geométrico, vestida con un traje rojo y tocada con un sombrerito del mismo color. Tras ella se aprecia un paisaje también muy geométrico y fragmentado, como visto desde diferentes puntos de vista. Y en la parte inferior derecha un texto con los datos del modelo (Petrouchka) y de la casa de confección (Norine)

René Magritte – Anuncio para la marca de ropa “Norine” (1925)

La búsqueda de un lenguaje expresivo en pintura que le llenara llevó a Magritte a investigar en diferentes técnicas. En sus primeros cuadros se aprecia la influencia del impresionismo y del fauvismo para pasar  posteriormente al cubismo analítico o al purismo.

La imagen muestra a la esposa del pintor sentada ante el piano tocándolo. El tratamiento de la figura y del espacio son similares a los de los cuadros cubistas de Juan Gris o Pablo Picasso, donde los objetos parecen estar fragmentados mostrando un aspecto muy geométrico, como piezas de un puzzle repartidas por el lienzo que la vista debe recomponer para comprender qué representa. Pulse para ampliar

René Magritte – Georgette al piano (1923)

La imagen muestra a una mujer tumbada sobre una especie de divan. Lleva un bañador blanco que le cubre parte de los muslos. Está en un interior porque se aprecian pare de unos cortinajes y sin embargo, al fondo del encuadre se aprecia una abertura, como si esa casa no tuviera pared, a través de la cual se ve el mar. Pulse para ampliar.

René Magritte – Bañista (1925)

Esa búsqueda terminó en 1925 cuando Magritte descubrió la obra de Giorgio de Chirico, uno de los principales representantes de la llamada Scuola Metafisica o Pittura Metafisica, movimiento artístico italiano que indagaba sobre el significado de objetos y escenas sin aparente sentido. La pintura de Chirico se basaba en paisajes urbanos desiertos donde se disponían elementos que solían conjugar el pasado y el presente en una especie de juego de recuerdos, verdaderos o inventados, que acababan conformando un presente inquietante en su quietud.

La imagen muestra lo que parece ser la azotea de un edificio. Sobre una pared en el medio del encuadre está pegada la cabeza de escayola de una escultura clásica. A su lado, y del mismo tamaño que la cabeza, aparece clavado un guante de piel. Y en primer plano, una pelota de cuero cosido de color verde. Pulse para ampliar.

Giorgio de Chirico – “Canción de amor” (1919). Este cuadro de De Chirico impresionó especialmente a Magritte por su atmósfera de tiempo paralizado y por la utilización de elementos comunes (una escultura clásica, un guante y una pelota) que forman una realidad nueva y misteriosa al estar situados juntos.

La pintura de Magritte se transformó en imágenes que parecían una pregunta sin respuesta o la respuesta a una pregunta desconocida. Siguiendo el estilo de los metafísicos italianos creó escenarios cotidianos en los que aparecían objetos reconocibles pero cuyo significado primero se escapaba al observador y después regresaba para ofrecerle un sinfín de incógnitas.

La imagen muestra un bosque en el que los troncos de los árboles han sido sustituidos por patas de muebles torneados. Dos hombres vestidos de blanco juegan al béisbol en ese bosque: uno con un bate y otro espera para recoger la pelota con un guante. En la parte superior izquierda sobre el jugador con el bate se ve una gran tortuga carey que flota en el aire como si estuviera en el agua. Y a la derecha aparece una pequeña construcción como una alacena que tiene una puerta abierta. A través de esa puerta puede verse la figura de una mujer con la parte inferior del rostro con una mancha oscura como si fuera barba. Pulse para ampliar.

René Magritte – “El jugador secreto” (1927)

La recompensa le llegó en 1926 en forma de contrato en exclusiva con la galería El Centauro para vender sus obras. Esto le permitió dedicarse en exclusiva a pintar. Y como hijo de un sastre que era, a partir de ese momento se dedicó a confeccionar pequeños mundos extraños que invitaban a reflexionar sobre la realidad, las imágenes, los sueños y los objetos materiales.

La imagen muestra una gran pipa pintada sobre un fondo ocre neutro. Bajo ella aparece escrito el título (en francés: Ceci n´est pas une pipe) Pulse para ampliar

René Magritte – “La traición de las imágenes” (1929). A Magritte le gustaba jugar con las palabras y los objetos. Al titular así el cuadro nos lleva a la primera conclusión de que lo que vemos no es una pipa, sino un cuadro que representa el objeto en sí. Solía decir que una palabra podía sustituir a una imagen: entonces, al introducir la palabra “pipa” dentro de la imagen vuelve a situar el objeto dentro de la representación, haciéndolo más real y provocando la contradicción en nuestro cerebro.

En la pintura de Magritte hay una serie de elementos recurrentes: los árboles, compendio de vida para el pintor, que llenan el espacio, atrapan la luz, mecen a la luna entre sus ramas o aparecen transformados en objetos como balaústres o patas torneadas de muebles (quizá como las de aquellos que construyó cuando se casó con Georgette); mujeres y hombres con rostros velados que pueden ser el recuerdo de su madre, a quien encontraron ahogada en el río con la camisa vuelta sobre su cabeza; nubes de textura pétrea que flotan con facilidad en el cielo inmaculado o de blanco algodón cuya presencia rotunda parece conformar un muro de ladrillos blancos; individuos vestidos con traje y sombrero hongo, anónimos y anodinos, que caen como lluvia del cielo o contemplan el paisaje sin verlo. Y alrededor de todos estos elementos la eterna pregunta sobre qué es real y qué no lo es. ¿Pertenecen nuestros sueños exclusivamente a la imaginación? Pero si “imaginamos” (es decir, ponemos imagen a una idea) es porque otorgamos una forma conocida -luego, real- a un pensamiento… Entonces ¿los sueños son reales? ¿La reproducción de un objeto equivale a ese objeto o la esencia del mismo es inmarcesible? ¿La pintura es una mera reproducción de la realidad o es una realidad distinta en sí misma?

La imagen muestra a un hombre en plano medio de espaldas al espectador y frente a un espejo. En el espejo se ve reflejado el hombre pero tal y como lo vemos nosotros, es decir, de espaldas y no de frente como debería corresponder. pulse para ampliar.

René Magrite – “Prohibida la reproducción” (1937). El hombre se refleja en el espejo pero no podemos ver su rostro. Eso puede llevarnos a pensar que el ser humano no puede ser reproducido en esa otra realidad que es un cuadro, aunque sí lo pueden ser otros objetos como la repisa de la chimenea y el libro, que sí se reflejan en el espejo.

El particular universo de Magritte ha trascendido lo meramente pictórico para convertirse en un auténtico icono popular. Sus imágenes son sencillas, accesibles, comprensibles y evocadoras y, sin embargo, contienen misterios y preguntas eternas sobre qué somos y qué deseamos ser.

La imagen muestra un paisaje marino en un día tormentoso. En primer plano, y como flotando en el aire, aparece una tabla de madera sobre la que está la cabeza de una escultura antigua de una mujer con los ojos cerrados y en una de cuyas sienes aparece una mancha roja como si fuera de sangre. A ambos lados de la cabeza hay una rosa y una esfera con una hendidura horizontal en su perímetro central. Pulse para ampliar.

René Magritte – “Memoria” (1948)

 

La imagen muestra un paisaje urbano, una calle donde se ve la parte superior de unas casas adosadas. Por toda la parte superior del cuadro  y por delante de las casas aparecen figuritas de hombres vestidos con traje negro, abrigo y sombrero hongo que flotan en el aire y parece gotas de lluvia. Pulse para ampliar.

René Magritte – “Golconda” (1953). El pintor denominó así el cuadro por la ciudad india de Golconda famosa por sus minas de diamantes.

La imagen muestra una ventada desde el interior de una casa. Las cortinas rojas que la adornan están descorridas y vemos un paisaje de campo con árboles a trabé´s de los cristales, solo que el cristal de la parte inferior de la ventana está roto y los trozos caídos en el interior de la habitación. Esos trozos en lugar de ser transparentes, muestran el mismo paisaje que se ve a través de la ventana. Pulse para ampliar.

René Magritte – “La llave de los campos” (1933). Aquí Magritte presenta otra reflexión: una vista a través de un cristal (de un cuadro, de una fotografía) se convierte al instante en otra realidad en sí misma, con consistencia propia y separada de la imagen a reproducir. Los fragmentos de cristal con el paisaje nos dicen que estábamos viendo dos realidades diferentes superpuestas.

La obra de Magritte no deja indiferente a nadie. En un nivel superficial porque sus cuadros han acabado por convertirse en iconos reconocibles en diseño, fotografía o pintura. En una nivel de análisis más profundo porque son una continua búsqueda de qué es la realidad. Viendo su trabajo podemos deducir que existen tantas realidades como universos habitamos cuando abrimos o cerramos los ojos. Quizá el principal mérito de Magritte sea el de compartir con nosotros su mundo particular, el de sus sueños, miedos y emociones de modo que acabemos haciéndolo nuestro. Compartir su idios kosmos y transformarlo en nuestro koinos kosmos para hacernos pasar a otros universos con los ojos abiertos. Y el secreto para ello estaba en las emociones. Durante toda su vida Magritte confeccionó laboriosamente escenarios pincelada a pincelada para evocar un verano lejano de la infancia. En una conferencia que pronunció en el Museo Real de Bellas Artes de Amberes en 1938 y en el que repasaba su vida y su obra dijo: La niña que conocí en el viejo cementerio era el objeto de mis ensueños y se encontraba inmersa en agitados ambientes de estaciones, fiestas o ciudades que yo creaba para ella. Gracias a esta pintura mágica volví a encontrar las mismas sensaciones que había experimentado durante mi infancia.

Y gracias a que el hijo de un sastre y la niña del cementerio jugaron en oscuras criptas los sueños se hicieron materia en forma de óleo sobre lienzo.

La imagen muestra una fotografía en primer plano del pintor. Viste traje negro, camisa blanca y corbata a cuadros. Lleva un sombrero hongo y posa delante de su cuadro "Golconda" donde aparecen pintados muchos hombrecillos vestidos igual que el. Pulse para ampliar.

René Magritte fotografiado por Steve Schapiro