Describiendo nuevos y extraños mundos (I): Los orígenes de la ciencia ficción

por MaríaVázquez

¿Qué es la ciencia ficción?

No es fácil hacer una definición de la ciencia ficción como género narrativo. Si se califica así a aquellas obras en las que el aspecto tecnológico o científico sea protagonista, muchas otras quedarían fuera de catalogación. Si nos circunscribimos al marco espacial en el que se desarrolla la acción –y por espacial entendemos “el espacio”-, otras tantas quedarían al margen. ¿Cómo podemos, pues, definir la ciencia ficción?

En su libro El cine de ciencia ficción: una aproximación Joan Bassa y Ramón Freixas hacen un recorrido por las diferentes definiciones que diversos autores han realizado para este género. Entre todas, los autores destacan la del escritor norteamericano Robert A. Heinlein y la del estudioso francés Jacques Goimard. Para Heinlein la ciencia ficción es “una especulación realista sobre acontecimientos posibles, sólidamente basados en un conocimiento adecuado del mundo real, presente y pasado, y en una absoluta comprensión de la naturaleza y significado del método científico”. En el caso de Goimard, escritor, ensayista y profesor, “la ciencia ficción es un género que comporta un cambio de verosímil y desempeña una función mítica”. Bassa y Freixas combinan ambas definiciones para crear la suya, basada en una realidad en la que lo verosímil ha cambiado, de modo que se convierte en el componente mítico de las sociedades futuras y en la que la ciencia y la tecnología son los motores del cambio.

Una vez establecido el marco de acción del género de ciencia ficción deberíamos preguntarnos cuándo comenzaron a aparecer obras que pudieran ser catalogadas como pertenecientes a él. Ya en la Antigüedad clásica algunos autores se plantearon la existencia de otro tipo de sociedades. Lo hizo el propio Platón en La República, exponiendo sus teorías sobre la sociedad ideal y su gobierno, algo que sería retomado a partir del Renacimiento en obras como Utopía de Thomas More. Pero quien abrió el fuego de la imaginación de otros mundos fue el satírico del siglo II Luciano de Samósata, quien en su Historia Verdadera ideó un viaje a la Luna y describió minuciosamente las características físicas de los selenitas así como su extraño sistema social.  Muchos siglos antes de Jules Verne o de las aventuras de Flash Gordon, el imaginario colectivo supo de viajes a la Luna y de hombres buitres que formaban un fantástico ejército. La intención de Luciano era fundamentalmente satírica. En su obra quería exponer determinados comportamientos o ideas para criticarlas a través de la ironía, escudándose en mundos fantásticos que ni existían ni podrían existir, como él mismo dice, en un claro disclaimer: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Y ese sentido satírico fue el que autores como Jonathan Swift, Francisco de Quevedo o François Rabelais utilizaron para sus obras. Tanto Los Viajes de Gulliver como Los Sueños o Gargantúa y Pantragruel son obras herederas del espíritu satírico de Luciano y si transcurren en mundos que no parecen ser el nuestro es porque así lo exigía el decoro.

La ciencia ficción tal y como la entendemos en la actualidad se desarrolló a partir del siglo XVII, en el momento en que el método científico comenzó a generalizarse y reemplazó los modos de pensamiento más autoritarios y dogmáticos, con lo que puede considerarse como un género literario genuinamente moderno. A partir de este momento la evolución de la literatura de ciencia ficción irá pareja a la de los adelantos científicos y de la sociedad en sí misma. Por ello, para esta introducción al género, las etapas sucesivas en las que se puede dividir esta narrativa suelen coincidir con la división cronológica en décadas propia también de la evolución de la moda, el diseño o la tecnología. Así, mientras el siglo XIX es bastante homogéneo en su planteamiento literario, el siglo XX se caracterizará por cambios muchos más notables y rápidos marcados no solo por los acontecimientos históricos sino también por la interacción de la literatura con otros medios de expresión como el cine, el cómic, la televisión o los videojuegos.

Por regla general se suele considerar que la primera gran obra de ciencia ficción es la escrita por Mary Wollstonecraft Goodwin, más conocida como Mary Shelley: Frankenstein o el Moderno Prometeo (1818). En ella, además de recoger la tradición de los mitos clásicos, Mary Shelley aborda una serie de temas que, a partir de ese momento, no dejarán de estar presentes en la literatura de ciencia ficción: las posibilidades de modificar el mundo conocido a través de la ciencia y el avance tecnológico y la angustia existencial derivada de la utilización (apropiada o no) de los susodichos avances. Por primera vez en la historia de la literatura se introduce en el relato de la sociedad de la época un futuro posible.

Mary Shelley. Retrato pintado por Richard Rothwell (1840) - La imagen muestra un retrato en plano medio (cortado a la altura de la cintura) de una mujer de mediana edad, vestida de negro con un traje que deja los hombros al descubierto y de rasgos lánguidos y melancólicos. Pulse para ampliar.

Mary Shelley. Retrato pintado por Richard Rothwell (1840)

Con Mary Shelley el siglo XIX entra de la mano de los avances científicos y del cuestionamiento de las nuevas estructuras sociales. Unos cuantos escritores conjugan estos temas en obras que no se pueden clasificar como realistas, fantásticas o filosóficas. Ese sería el caso del norteamericano Edgar Allan Poe, que no dudó en incluir en sus relatos los últimos adelantos científicos pero que también ideó mundos extraños como en La conversación de Eiros y Charmion (1839). Pero también es el caso del francés Jules Verne. Verne encarna a la perfección el ideal del hombre decimonónico: burgués, político, culto, interesado por los avances científicos y hombre de mundo. Se le considera el maestro de la anticipación científica o como mucho, un gran autor de libros juveniles, que se caracteriza por su realismo y por su meticulosidad a la hora de describir los avances tecnológicos. Sus obras no entran dentro de la clasificación de “fantásticas” pero sí merecen el adjetivo de “extraordinarias” o, lo que es lo mismo, inusuales pero posibles. Si los argumentos de las obras de Verne se repitieran en la actualidad, nadie dudaría en calificar el resultado de ciencia ficción: bombas atómicas, faxes, vehículos capaces de moverse con total libertad por los parajes más accidentados, por el fondo del mar o de llegar a la luna e, incluso, hombres invisibles.

Julio Verne fotografiado por Felix Marie Tournachon (Nadar) en 1878 - La imagen muestra una fotografía en blanco y negro en la que el escritor Julio Verne aparece en un primer plano largo (es decir, cortado un poco más abajo de los hombros), con el pelo y la barba entrecanos y mirada sonriente. Pulse para ampliar.

Julio Verne fotografiado por Felix Marie Tournachon (Nadar) en 1878

En estos primeros años del desarrollo de la ciencia ficción literaria varios autores profundizarán en el género realizando sus aportaciones: es el caso del norteamericano Edward Bellamy , que introduce la alteración del tiempo en su novela Looking backward (1888) y que deja la puerta abierta a los viajes en el tiempo; y también el de otro estadounidense, Edgard Rice Borroughs (el autor de Tarzán de los Monos pero también de Una Princesa de Marte y creador del aventurero espacial John Carter) que, a pesar de limitarse a trasladar los clásicos argumentos de la novela bizantina a escenarios más o menos exóticos, es el responsable de crear mundos distantes pero coherentes habitados por especies nuevas esencialmente diferentes del ser humano. Pero el más destacado de todos los autores que marcan el inicio de la ciencia ficción en el siglo XIX es el escritor británico Herbert George Wells. Además de ser el creador de iconos del género como el hombre invisible, la máquina del tiempo, los mutantes o las invasiones extraterrestres, introdujo el concepto de un tiempo futuro muy lejano, estableciendo la pauta evolutiva (hacia peor) de la humanidad en obras como El Hombre Invisible, La Máquina del Tiempo o La Guerra de los Mundos, versionadas hasta la saciedad en el cine y en la televisión. 

Herbert George Wells (c.1890) - La imagen muestra un retrato fotográfico del escritor inglés en la veintena. aparece en primero plano, con el rostro girado hacia la izquierda. va vestido con terno y luce un gran bigote. Pulse para ampliar.

Herbert George Wells (c.1890)

Paralelamente a las aportaciones literarias de Verne y Wells, el mundo asiste al nacimiento del cinematógrafo de la mano de los hermanos Auguste y Louis Lumière. En sus orígenes el cine era un avance científico en sí mismo que ponía al alcance de los espectadores imágenes en movimiento, algo impensable anteriormente. Como espectáculo de masas enseguida tuvo éxito y sus contenidos estaban acordes con su función y público, despertando cada vez una mayor fascinación. Los mundos extraños y las aventuras espaciales de la literatura encontraron un hueco en el cine en una fecha tan temprana como 1902 con Le voyage dans la Lune del francés Georges Mèlies. El cine y sus trucos visuales fueron la herramienta perfecta para los mundos de la ciencia ficción, ya estuvieran éstos protagonizados por los astronautas marineritos de Mèlies o por los turistas asombrados de El hotel eléctrico (1908) de Segundo de Chomón.

El siglo XX supuso el desarrollo de la ciencia ficción como género narrativo, ya fuera en literatura o en imágenes. La evolución de los acontecimientos históricos, de las estructuras sociales y de los sistemas económicos así como el desarrollo imparable de los adelantos tecnológicos fueron factores que influyeron decisivamente en la creación de esos mundos imaginarios.

O no tan imaginarios.