El discreto encanto de la burguesía

por MaríaVázquez

Las horas pasan lentamente
Como el desfile de un entierro
Llorarás la hora en que lloras
Que huirá también rápidamente
Como pasan todas las horas

Guillaume Apollinaire – En la prisión de la Santé, V (1911)

A veces cuanto más fácil y trillado es el camino, más apetece apartarse de él.

Que se lo digan, si no, a Marcel Duchamp (1887-1968), el tercero de los siete hijos del matrimonio entre un amable notario y la fría y distante hija de un agente marítimo y pintor aficionado. Con los cuadros y grabados de su abuelo colgados por toda la casa, con sus dos hermanos mayores ejerciendo de artistas de vanguardia en París y viviendo una apacible y muelle vida burguesa en la casa familiar, todo parecía orientado a que Marcel desarrollara sus capacidades artísticas e intelectuales. Su infancia transcurrió entre lecturas, lecciones de música y partidas de ajedrez hasta que con 15 años comenzó a pintar. Su objetivo era ir a vivir a París como sus hermanos mayores, que tenían ya cierto nombre dentro de los círculos artísticos. El mayor, Gaston Emile, había abandonado los estudios de Derecho para dedicarse a la pintura y había adquirido cierta fama realizando caricaturas e ilustraciones para varias publicaciones parisinas con el seudónimo de Jacques Villon. Su otro hermano, Raymond, también había abandonado los estudios debido a una enfermedad, durante la cual había comenzado a hacer pequeñas esculturas. Y tras su marcha a París, logró el reconocimiento de los artistas cubistas que en aquel momento constituían la vanguardia más rabiosa de la ciudad. Así que Marcel estaba decidido a hacer lo mismo, aunque tuvo que esperar a cumplir 17 años y terminar sus estudios en el Liceo. Una vez en París fue directo a una escuela de arte para matricularse, pero los innegables atractivos de la ciudad lograron que acabaran licenciándose en billar, como él diría con sorna tiempo después. Aún así, rodeado de lo más granado del arte parisino gracias a los contactos de sus hermanos, comenzó a trabajar en diversos periódicos realizando caricaturas.

La imagen muestra un dibujo con trazo grueso en el que se ven a un hombre y una mujer paseando por una calle. El hombre empuja un cochecito de bebé y la mujer camina a su lado. Aunque el cochecito tapa la mitad de su cuerpo puede apreciarse que está en avanzado estado de gestación. Ambos tienen una expresión bastante malhumorada. Pulse para ampliar.

Marcel Duchamp – “El encanto de la vida matrimonial”. Caricatura (c. 1905)

La vida de placeres y descubrimientos que París proporcionaba a Duchamp quedó momentáneamente interrumpida por la obligatoriedad de incorporarse al servicio militar. Esta pausa forzosa quizá le ayudó a centrarse más en su objetivo de convertirse en artista. Comenzó a observar con minuciosidad la obra de pintores anteriores como Edouard Manet, analizó la forma y el volumen tal y como lo entendía Cezanne y absorbió la fuerza expresiva de los colores fauvistas. Resumiendo: comenzó a pintar en serio.

La imagen muestra un cuadro en el que se ve, casi de cuerpo entero (a falta de la pierna derecha y el pie izquierdo) a un hombre vestido con traje sentado en una butaca tapizada con una tela a rayas azul celeste y amarillas. El hombre se recuesta sobre su lado derecho, apoyando el rostro en la mano. Es calvo y luce barba y bigote blancos y abundantes. Viste un traje de color pardo que parece tener reflejos verdes. El hombre lleva gafas y aún así se puede apreciar una expresión en su rostro entre melancólica y risueña. Pulse para ampliar.

Marcel Duchamp – Retrato del padre del artista (1910)

La imagen muestra una escena que parece transcurrir en un jardín ya que todo el suelo y el fondo del cuadro son de un color verde intenso. Hay cuatro personajes: dos hombres en segundo término que están ensimismados inclinandose sobre una pequeña mesa en la que hay un tablero de ajedrez. Delante de ellos hay otra pequeña mesita sobre la que se dispone una tetera y varias tazas de cerámica. Y en primer plano están dos mujeres. A la derecha, una de ellas está sentada en una silla sencilla, de barrotes de madera y asiento de enea, que mira hacia la izquierda y apoya su mano en la mesita donde está servido el te. En la parte izquierda, una muchacha está tumbada sobre la hierba, apoyada sobre su brazo derecho y mirando hacia abajo. Pulse para ampliar.

Marcel Duchamp – La partida de ajedrez (1910)

A pesar de estos comienzos coloristas, Duchamp se sintió contagiado por el análisis cubista de la forma y de la perspectiva. Cuando su hermano Raymond pidió a unos cuantos amigos artistas que le hicieran algunos cuadros para su cocina, Marcel pintó su primer cuadro maquinista, una suerte de estilo basado en el futurismo italiano, una vanguardia inspirada en la fascinación por la máquina y su movimiento.

La imagen muestra un cuadro rectangular y vertical en el que se puede ver una especie de máquina indefinida. Es como un molinillo de café manual pero está como desplegado en sus partes, de modo que se aprecia la parte inferior redondeada, la parte superior con forma de tronco de cono invertido y la manivela para hacer girar el molino. Esta última pieza aparece como si de varias manivelas se tratasen organizadas en torno a un eje único, dando la sensación de que está girando. La máquina es comprensible si se ve ve cada una de sus partes por separado, porque el conjunto podría significar un molinillo de café o una imprenta, indistintamente. Pulse para ampliar.

Marcel Duchamp – Molino de café (1911)

Esa atracción por la máquina, el movimiento y su secuenciación y la sensación de avance acercaron a Duchamp a la estética del futurismo italiano de Balla, Marinetti, Depero, Severini o Boccioni.

La imagen muestra un cuadro, realizado a base de grandes pinceladas sueltas de forma cuadrangular, en el que parece verse (no hay una línea que enmarque los contornos, así que todo es impresión) la secuencia de una niña con un vestido azul y botines negros corriendo tras los barrotes de un balcón. En realidad el artista ha pintado varias niñas superpuestas en sus perfiles que dan la sensación de que es una sola muchacha dejando tras de sí la estela de su carrera, como si se tratase del aire que mueve con su carrera. Pulse para ampliar.

Giacomo Balla – Niña corriendo en un balcón (1912)

Duchamp sentía afinidad por esa visión del arte en  constante movimiento. Y eso le hizo trabar amistad con el artista Francis Picabia, también apasionado de maquinismos varios. Con él y con el poeta Guillaume Apollinaire, Duchamp emprendió un viaje en tren por Europa en 1912. Las impresiones de ese viaje, las conversaciones y discusiones sobre qué era el arte y cómo debía entenderse influyeron en Duchamp de modo decisivo.

La imagen muestra un cuadro en el que se aprecia lo que parece ser el rostro de un hombre bastante geometrizado. Parece estar representado como si de una vibración se tratase, ya que el perfil de los lados de la cabeza se reproduce a ambos lados como intentando reflejar el espacio que hubiera ocupado la cabeza del hombre en cada uno de los bamboleos del vagón. Pulse para ampliar.

Marcel Duchamp- Joven triste en un tren (1911)

Como pintor, Duchamp estaba ansioso por ser reconocido en el grupo de artistas cubistas al que pertenecía su hermano Raymond, entre los que se encontraban Archipenko, Juan Gris o Fernand Léger. Así que la oportunidad de exponer su Desnudo bajando una escalera en el Salón de los Independientes de 1912 le llenó de orgullo ante la posibilidad de compartir espacio con sus referentes.

La imagen muestra a una persona vista de perfil y representada de modo bastante geometrizado (a base de cilindros, troncos de cono, cubos, etc...) en el momento de descender por una escalera. Al igual que el cuadro del joven en el tren, podemos ver la estela que deja la persona al ir descendiendo por la escalera, de modo que parecen en realidad varias. Pulse para ampliar.

Marcel Duchamp – Desnudo bajando una escalera nº 2 (1912)

Lo que no esperaba Duchamp fue el rechazo hacia su obra de los propios cubistas. Podía entender que el público no apreciara su estudio de la dinámica del movimiento pero… ¿los propios pintores? En un momento en que los múltiples movimientos de vanguardia pugnaban por diferenciarse unos de otros para definirse ante el contrario, el cuadro de Duchamp fue calificado de “excesivamente futurista” para ser cubista. Así que le pidieron a Raymond que transmitiese la noticia a su hermano de que debía retirar el cuadro. Duchamp lo retiró sin rechistar pero dolido. A partir de ahí desarrollaría su obra convencido de que no merecía la pena entrar a formar parte de ningún grupo artístico que coartara la libertad creativa.

El rechazo del grupo cubista le llevó a reflexionar sobre cuál debía ser la actitud del artista ante su obra: ¿debía sacrificar sus búsquedas y su visión personal para pertenecer a un grupo que respaldara sus presupuestos? Y ese respaldo ¿a qué se debería? ¿Al convencimiento de que esa visión del arte era la correcta o a una simple cuestión de número? Duchamp decidió que si no debía contar más que consigo mismo, seguiría su carrera solo. Mientras ejercía como bibliotecario en Sainte-Genevieve de París comenzó a realizar diseños mecánicos en los que intentaba demostrar su fascinación por el movimiento continuo.

La imagen muestra una fotografía en la que aparece un taburete alto de cuatro patas sobre el que hay clavada una rueda de bicicleta. En realidad, la rueda, con sus radios, está sostenida por la pieza metálica que la une al cuadro de la bicicleta y esa pieza es la que está clavada en el taburete de modo que, si queremos, podemos hacer girar la rueda. Pulse para ampliar.

Marcel Duchamp – Rueda de bicicleta (1913)

Ese trabajo le permitió ahondar en el estudio de la mecánica, la óptica, las matemáticas y la perspectiva. Estaba convencido de la relación entre el cuerpo humano y la mecánica (antes de que el término biomecánica se conociese como tal) y de que el propio juego del ajedrez (su otra pasión, aparte de la pintura) era un mecanismo en si. Pero también llegó a otra conclusión, una que haría cambiar la historia del arte. Contestó de un modo completamente nuevo a la eterna pregunta de “¿qué es una obra de arte?” y lo hizo a través del object trouvé (es decir, del “objeto hallado”). La respuesta a qué significaba el arte era muy sencilla: todo lo era. Sólo había que saber mirarlo. El objeto más simple, más humilde, estaba lleno de un valor estético en sí. El arte ya no se hacía: el arte estaba ya hecho.  Acababa de nacer el ready made (aunque el propio Duchamp no lo llamaría así hasta 1916).

Es fácil imaginar el estupor de los asistentes a la exposición en la que Duchamp presentó su escurridor de botellas en 1914 firmado con su nombre como si fuera una obra de arte. El ready made acababa de hacer su entrada gloriosa, en medio del escándalo, en la historia. ¿Era aquello una tomadura de pelo? Por muchos valores estéticos y geométricos que alguien quisiera atribuir a aquel objeto ¿podría considerarse jamás una obra de arte? Quizá sólo era la respuesta de Duchamp al rechazo que le produjo no ser aceptado en el grupo cubista por no cumplir determinados presupuestos. Quizá era una reflexión ácida y mordaz sobre el papel que el arte estaba tomando en la sociedad de la época, que empezaba a considerarlo como un elemento más de la idiosincrasia burguesa. Quizá también era una burla hacia quienes aceptaban todo aquello que se decía que era arte sin detenerse a reflexionar por qué lo era. De lo que no hay duda es de que la mente de ajedrecista de Duchamp planeó una jugada que muy pocos pudieron comprender en su momento.

La imagen muestra un objeto consistente en un armazón hecho de seis aros de metal de tamaño decreciente superpuestos y unidos entre si por tiras de metal de modo que forman una especie de armazón troncocónico. De cada uno de los aros sobresalen diez elementos metálicos a modo de ganchos que serían el lugar donde se colocarían las botellas de vidrio de modo que pudiesen escurrir el agua después de haber sido lavadas para poder reutilizarlas. En el aro inferior aparece la firma del pintor con pintura negra y la fecha (1914). Pulse para ampliar

Marcel Duchamp – Escurridor de botellas (1914)

La I Guerra Mundial convirtió París en un lugar desagradable para Duchamp. Sus hermanos y todos sus conocidos habían sido movilizados. Él fue descartado para el servicio militar por motivos de salud. Así que decidió salir de Francia y dirigirse a los Estados Unidos, que aún se mantenía neutral en el conflicto. Lo que no esperaba Duchamp al desembarcar en Nueva York fue el recibimiento caluroso: allí se había convertido en un artista famoso, sobre todo después de que su Desnudo bajando una escalera hubiera sido expuesto. Conoció al matrimonio Arensberg, que se convertirían en sus mecenas y a los que ayudó a formar una valiosa colección de arte contemporáneo. Por primera vez en mucho tiempo, Duchamp se sintió como en casa: Estados Unidos era el país de la industria, de la tecnología y de la mecánica que tanto le atraían. Era, además, la tierra del cine, una de sus debilidades – sobre todo del cine cómico (era un gran admirador del humor un tanto surrealista de Buster Keaton)-. Y era también el lugar donde había encontrado una mirada atenta y curiosa hacia su obra, una admiración sincera y casi ingenua ante su visión del arte por parte de una élite adinerada que estaba desprovista de los rancios corsés de comportamiento de la burguesía europea. En Nueva York abandonó su aislamiento y se entregó a una vida frenética donde él era el centro de atención de fiestas y reuniones. Y consagró su tiempo en realizar una obra que denominó El gran cristal. En ella, Duchamp intentaba resumir todas sus ideas acerca del arte, los materiales y la pintura. Eligiendo el cristal como superficie se aseguraba de que la pintura no se vería alterada por el contacto con el aire. Sobre él fue dibujando parte de sus composiciones mecánicas (como los molinillos) a los que poco a poco añadía elementos de conexión basados en estructuras de poleas.

La imagen muestra un gran bastidor metálico que sostiene un gran vidrio dividido en dos partes por tres lineas de plomo. En la parte superior aparece una forma alargada e irregular que presenta tres huecos en forma de cuadrados. Por su parte izquierda el color - grisáceo- parece desparramarse hacia abajo en forma de líneas y manchas. En la parte inferior vemos una serie de elementos que recuerdan más a la mecánica: el el centro un molinillo para cacao, rodeado por una serie de piezas más o menos geométricas (triángulos, armazones metálicos cuadrangulares, piezas en forma de obelisco, círculos, etc.) Pulse para ampliar.

Marcel Duchamp – El Gran Cristal o La novia desnudada por sus pretendientes (1915-1923)

Estados Unidos supuso también el encuentro de Duchamp con el fotógrafo estadounidense, pero residente en París, Man Ray con quien mantendría una estrecha amistad el resto de su vida. Y en ese país expuso sus grandes obras, esas que llevarían el nombre de ready-made, como la Fuente. La Fuente es, sin duda, su obra más famosa -y polémica- junto con L.H.O.O.Q, un ready made que consistía en una reproducción comercial del cuadro de La Gioconda de Leonardo Da Vinci a la que Duchamp pintó a lápiz un bigote y una perilla.

La imagen muestra la taza de un urinario masculino apoyado sobre la superficie que iría pegada a la pared. En la parte inferior aparece firmado con pintura negra "R. Mutt" (pseudónimo que utilizó Duchamp) y la fecha (1917). Pulse para ampliar.

Marcel Duchamp – Fuente (1917) – Réplica de 1964

Ni que decir tiene que obras como la Fuente o la estampa pintarrajeada de la Gioconda provocaron un auténtico terremoto en el mundo del arte. Nadie había visto cosa tal antes. Nadie se había atrevido a considerar arte algo meramente “escogido” y no “manufacturado”. Duchamp intentaba ir un paso más allá en el concepto de obra de arte: ya no se valorara la destreza técnica en la ejecución sino el concepto. Y para ilustrar el concepto puso ante las narices de la gente un urinario público. Eso sí es jugar al ataque.

Todos sus esfuerzos artísticos acabaron por bloquearlo y decidió viajar a Argentina. Durante casi nueve meses vivió en Buenos Aires jugando exclusivamente al ajedrez. El “maníaco del ajedrez” se hacía llamar. Sólo el final de la I Guerra Mundial le convenció para volver a Francia, a ver a su familia. En París contactó con el grupo Dadá y, de algún modo, encontró en ellos esa libertad creativa que el resto de los movimientos de vanguardia le habían negado. Los dadaístas recogieron la idea del ready-made y la tradujeron a la técnica del collage, donde la pintura se convertía en una composición a base de recortes pegados. Para ellos, el arte no era un sistema elaborado, sino algo directo, esencial, ingenuo casi, y que podía hallarse en todo lo que rodeaba al individuo. Pero a pesar de la buena conexión con los dadaístas, Duchamp sintió que Francia ya no era su país y que, incluso, el arte ya no era su objetivo. Así que volvió a Nueva York y abandonó casi la pintura para dedicarse a participar en torneos profesionales de ajedrez. De hecho, no terminó El Gran Cristal, simplemente dejó de trabajar en él. Muy de vez en cuando realizaba alguna obra, como Estuche en maleta (1935-1941), donde realizó reproducciones en miniatura de sus obras más famosas y las dispuso en un maletín abatible similar al de los muestrarios de los viajantes de comercio. Duchamp reproducía sus propias obras y las ofrecía en una nueva vuelta de tuerca, cómoda y transportable.

La imagen muestra un maletín abierto en el que se ven reproducciones en miniatura de las obras tridimensionales de Duchamp, como la Fuente, dispuestas en pequeños compartimentos que se datan al tamaño de cada una de ellas. También hay una reproducción en miniatura de El Gran Vidrio. Desplegadas alrededor hay numerosas reproducciones de cuadros suyos de todas las épocas, también de pequeño tamaño para encajar en el maletín. Pulse para ampliar

Marcel Duchamp – Estuche en maleta (Paris 1936- New York 1941)

Marcel Duchamp fue un artista que cambió el arte quizá sin pretenderlo. Sus obras son producto del trabajo sobre la literatura, el cine, la industria o la ciencia, no necesariamente sobre la propia Historia del Arte. Su continuo preguntarse acerca de la condición de la pintura provocó que ésta adquiriera una nueva dimensión. Nunca llegó a pertenecer a ningún movimiento artístico a pesar de sus grandes afinidades con el Dadá. Su estilo fue el de un hombre aislado, el del artista rechazado porque nunca tuvo reparos en absorber conocimientos de todos los movimientos. Duchamp fue el jugador de ajedrez sentado ante el contrincante, concentrado en leer sus jugadas e ir diez pasos más adelante para poder dar jaque mate a todo aquello que la buena sociedad consideraba discreto, elegante y encantador y que había dado en llamar “arte”.

La imagen muestra una fotografía en blanco y negro donde se aprecia el plano medio de Duchamp vestido con una camisa blanca. Tiene casi toda la cara - salvo la nariz y los ojos- embadurnada con espuma de afeitar. También lleva el pelo lleno de espuma de afeitar y lo ha modelado de manera que dos mechones salen de cada uno de los lados de su cabeza. Eso le da aspecto de búho. Pulse para ampliar.

Man Ray – Retrato de Marcel Duchamp (1917)